La Fiesta Está Viva

¿La necesitamos?

La tauromaquia mexicana busca mayor reconocimiento internacional, pero su futuro también depende de fortalecer la afición y llenar las plazas en México.

Ayer lunes, Día de la Hispanidad en España, Día de la Raza en México, -en 2020 le cambiaron el nombre por uno absurdo-, fue una cita imperdible para el mundo taurino. Las Ventas de Madrid agotó el boletaje semanas antes, cerca de 24 mil almas para vivir una corrida de toros que año con año gana en prestigio e importancia en el calendario taurino europeo.

Estoy convencido de que estamos en una época inigualable, con decenas de toreros importantísimos, de tauromaquias distintas y potentes; España tiene hoy el mejor toro de la historia, con casta y trapío, y la mejor noticia: la gente está yendo a las plazas en grandes cantidades.

Dentro de este entorno, el cartel de ayer colocó a la tauromaquia mexicana en el sitio que ocupa, en primera línea. Héctor Gutiérrez, torero hidrocálido, se ganó el puesto en esta importante cita, gracias a ser el triunfador indiscutible de la Copa Chenel, certamen que ha dado frutos y que año con año adquiere mayor relevancia por los toreros que la disputan, los toros que matan y la coherencia en su desarrollo.

En el ruedo sucedieron cosas muy importantes con los tres toreros ante una cuajada corrida con tres toros de Garcigrande y tres de Núñez del Cuvillo. Las Ventas de Madrid es la plaza más importante del mundo taurino, eso es cierto, pero también es cierto que puede ser la plaza más miope del planeta de los toros. No porque no haya buenos aficionados, que los hay de máxima categoría, sino porque también tiene muy malos aficionados, chuflones de los pies a la cabeza, protagonistas molestos, que pitan y gritan exigiendo su manera de entender el toreo, que precisamente no es la manera de entenderlo, ya que lo primero que se necesita no es pretender “saber” sino tener sensibilidad y criterio.

Abrió plaza Aarón Palacio, confirmó su alternativa ante el mejor toro del encierro y estuvo realmente bien; de no fallar con la espada, tenía la oreja cortada. Morante, cabeza de cartel y padrino de confirmación, con el segundo abrevió con razón. Héctor, ante el tercero, estuvo impecable, pulcro, templado y artista. Estructuró una faena pletórica de buen gusto, de muletazos limpios, sometiendo al toro que sacó virtudes gracias a las formas que Héctor le propuso en la lidia. Verdaderos carteles de toros, naturales de mano baja, trazo largo y profundidad, de muñecas suaves, poderosas y toreras. Trincherazos y trincherillas de absoluto lujo. Los tendidos, un témpano. Siempre me ha llamado la atención cómo siete idiotas consiguen manipular el ánimo en los tendidos. Estoconazo de ortodoxa ejecución y superior colocación. Faena y actuación de oreja indiscutible; leve petición: los de sol, ausentes salvo los molestos reventadores, y la sombra, apagada ante la sumisión a los chuflones antes mencionados.

Con el cuarto, Morante crujió el toreo. Nadie torea como este hombre: su compromiso con la verdad en la colocación —ojo, nada que ver con la colocación que exigen algunos asoleados— creó una obra de barroca belleza, pasándose al toro muy cerca, siempre sometido en los vuelos de su muleta de mano baja, con la naturalidad que el cielo le regaló a este genio y que él ha sabido llevar a lo más grande del toreo. La perfecta imperfección del toreo.

Con el quinto y con el sexto, tanto Héctor como Aarón estuvieron muy bien, con toros de menor transmisión en una tarde que ya estaba cantada.

Me pregunto: ¿qué tanto necesitamos que un mexicano abra la Puerta Grande para que nosotros mismos le demos a nuestra Fiesta el valor que tiene? ¿Necesitamos que nos la avalen allá? Sinceramente, creo que no: esta Puerta no se ha abierto por la espada o por presidentes ineptos, no por falta de capacidad de los nuestros. Necesitamos fortalecer la Fiesta desde aquí; de esa manera será más fácil que se nos reconozca la calidad y la trascendencia del otro lado del charco.

Comienza la época de mayor intensidad en nuestras plazas; nuestra tarea y obligación es atender a nuestra afición y a la convicción de defender nuestras tradiciones. Llenemos los tendidos, seamos buenos aficionados; el resto viene de la mano.

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