Plaza Viva

Que no quede sólo para los honores a la bandera

Aprender de ese gran proyecto de país que originó la Revolución puede ser un llamado a recordar que sigue vigente para luchar por quienes hoy son oprimidos.

Las conmemoraciones reconocidas en los calendarios oficiales tienen un gran reto: hacerle sentido a la población que las ‘celebran’. Al paso de los años, la vigencia de las causas por las que detenemos el día laboral se erosiona.

Aún peor, al vaciar estas fechas de su potencia política y convertirlas en simples consignas, se corre el riesgo de olvidar por qué hoy esas causas siguen teniendo sentido. Décadas de celebraciones usadas más como pretextos de los gobernantes para autocelebrarse, han dado como resultado un distanciamiento de conversaciones históricas que aún guardan completa relación con lo que hoy nos falta, duele y anhelamos.

La historia de logros hechos con total compromiso, grandes reformas y de personas que dieron todo de sí para cimbrar al país se permutan por la superficialidad de la pompa del desfile. La caricatura del héroe se sobrepone a las luchas.

Por eso, es vital traer a los ojos contemporáneos la Revolución mexicana. Uno de los mayores movimientos sociales que han moldeado al país no debe quedar solo en un puente vacacional. Al contrario, las causas que originaron la primera revolución del siglo XX permanecen en el espíritu de nuestra época.

Los retos del país, si bien con diferencias en las proporciones, tienen una buena cantidad de coincidencias con nuestros días. La desigualdad, la falta de certidumbre jurídica, la concentración de recursos para una élite política y económica, las asimetrías de poder en la sociedad, así como un Estado ausente en ciertos territorios o en ciertas tareas siguen siendo flagelos que a la fecha nos duelen.

En ese sentido, el aniversario de este movimiento transformador podría motivarnos a hacer, entre otras acciones, dos llamados: a exigir el cumplimiento de la Constitución, la consecuencia más importante de la Revolución mexicana, y a ampliar el horizonte de los derechos que garantiza.

Si bien tenemos una Constitución que rebasa el siglo, buena parte de su redacción podría hacer la vida de quienes hoy vivimos en México un proceso lleno de plenitud y justicia: horarios de trabajo aparejados con salarios dignos; vivienda suficiente, segura y cercana disponible para todas las personas; agua, tierras comunes y bosques cuidados por las autoridades; aulas y docentes disponibles para todas las infancias y juventudes; y que la salud de las personas no se defina por lo que dicte el balance bancario.

Los derechos reconocidos actualmente tienen el potencial de cambiar profundamente nuestra sociedad. No deben quedar tan solo en letra, sino en un verdadero mandato, en el acuerdo común que nos hace reconocernos como un mismo país.

Por otro lado, debemos continuar con la herencia de distintos colectivos sociales y grupos dentro de los partidos que le han apostado a la revisión e incluso, como el referente de izquierdas electorales, Cuauhtémoc Cárdenas, a la redacción de una nueva Constitución.

Particularmente a la luz de los derechos ausentes en nuestros tiempos. La lucha por medidas que mitiguen la crisis climática, que reconozcan todas las identidades y disidencias en los derechos sociales, la pugna por el acceso universal a la salud mental, por limitar el poder de las corporaciones tecnológicas sobre nuestra privacidad, entre muchas otras luchas, están listas para ser disputadas.

Hay tanto por aprender de ese gran proyecto de país que originó la Revolución, que no puede convertirse en un triste apartado más dentro de honores a la bandera de la escuela. Por el contrario, esta efeméride puede ser un llamado a romper con la inercia, a recordar que el origen de la Revolución sigue vigente para luchar por quienes hoy son oprimidos, desplazados, periferias, migrantes o violentados.

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