Plaza Viva

El ‘diablo’ cuelga su propio abrigo

El abuso y la humillación eran, hace veinte años —cuando se estrenó el film “El Diablo viste a la moda—, retratados como parte del aprendizaje inevitable para alcanzar el éxito profesional.

Miranda Priestly, personaje protagónico de la película “El Diablo viste a la moda” (2006), entraba a la oficina y le aventaba su abrigo Hermès a su asistente en la cara, quien lo recogía y colgaba sin chistar.

El abuso y la humillación eran, hace veinte años —cuando se estrenó el film—, retratados como parte del aprendizaje inevitable para alcanzar el éxito profesional.

Era una lógica de triunfar: si querías llegar lejos, debías soportar todo.

Y aunque la película, al ser ficción, exageraba algunos rasgos del personaje, lo cierto es que esta cultura laboral era real. Así se asentó la idea de que los grandes líderes debían ser intimidantes y brutalmente exigentes. Que trabajar bajo presión extrema era una señal de “ponerte la camiseta”.

Miranda Priestly, de hecho, está inspirada en una persona real: Anna Wintour, editora de la revista VOGUE, y una de las mujeres más poderosas de la industria editorial.

Y ese poder, podemos cuantificarlo: un estudio de Oxfam muestra que los sueldos de las y los directores ejecutivos mejor pagados del mundo en 2025 rondan los 8.4 millones de dólares anuales, fortuna que una persona trabajadora promedio tardaría 490 años en lograr. Y entre ellos se encuentra Anna Wintour.

La distancia entre Miranda Priestly y sus asistentes no era solo de personalidad, sino que también económica y estructural.

El sociólogo Max Weber explica que la cultura capitalista heredó de la ética protestante la idea de que la disciplina extrema y el sufrimiento son señales de virtud y mérito personal.

Esa lógica alimenta la noción meritocrática de que “quien más se esfuerza llega más lejos”, ignorando que no todas las personas parten desde el mismo lugar ni cuentan con las mismas redes, oportunidades o márgenes de error.

Así, la meritocracia, entendida como explicación absoluta del éxito, termina muchas veces justificando abusos bajo la promesa de una recompensa futura que para la mayoría nunca llega.

La buena noticia es que 20 años después, vemos cambios tangibles.

En “El Diablo viste a la moda 2” (2026), Miranda entra a la oficina y ella misma, con cierta dificultad, cuelga su abrigo. Al cuestionarse dicha acción, una asistente responde que desde Recursos Humanos informaron que “ciertas cosas ya no podían hacerse igual”.

La misma idea se repite en otros momentos: cuando Miranda se abstiene de comentar el peso de una modelo o de insultar a alguien del equipo. Lo que antes representaba carácter fuerte, ahora aparece como una conducta inaceptable.

Y es que en estas dos décadas, distintos países comenzaron a reconocer que el maltrato laboral es una vulneración de derechos.

En México, la NOM-035, publicada en 2018, estableció la obligación de prevenir riesgos psicosociales en los centros laborales. En 2024, Chile promulgó la Ley Karin, para investigar y sancionar casos de acoso en el trabajo.

En Colombia, la Ley 1010 contra el acoso laboral estableció mecanismos para prevenir y sancionar conductas de hostigamiento en el trabajo, reconociendo que la violencia psicológica vulnera derechos laborales fundamentales.

Lo que en 2006 parecía normal, hoy puede constituir una infracción legal.

Además, estudios sobre salud laboral muestran que la productividad no mejora bajo condiciones de miedo o humillación, sino que, al contrario, las organizaciones más saludables son también las más eficientes.

Por supuesto, todavía existen desafíos importantes. El maltrato laboral no desapareció por completo; muchas veces solo cambió de forma, y ya no ocurre mediante gritos en una oficina. Hoy puede aparecer como mensajes fuera de horario o presión constante por disponibilidad mediante redes sociales.

Por eso, las discusiones actuales sobre salud mental y desconexión digital son tan relevantes. Porque el mundo del trabajo cambió, y las instituciones también tienen que cambiar con él.

Pero si hace veinte años la cultura popular nos enseñaba que soportar humillaciones era parte del éxito, hoy existe una conversación pública, legislación concreta y herramientas institucionales para cuestionar esa lógica.

Y una escena que antes evocaba poder y admiración, hoy es inaceptable.

Tirarle el saco en la cara a una persona trabajadora, exigir hasta el límite y hablarle fuera de horario no va más. Esa es la meta y el camino.

COLUMNAS ANTERIORES

La libertad en disputa
México no puede apagar el teléfono

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.