La semana pasada, en Instagram, vi una escena que no he podido sacarme de la cabeza: Madonna bailando en una discoteca para anunciar su nuevo disco, Confessions on the Dancefloor Part 2, veinte años después de la primera entrega, un álbum que significó un verdadero reset cultural en los años 2000. La fuerza que la convirtió en la estrella que es seguía ahí, intacta.
El tema estaba en los comentarios.
Miles de personas escribiendo que ya era hora de guardarse, jubilarse, dejar de verse sexy, dejar de bailar, dejar de ser la persona que ha sido desde los años 80s y que la convirtió probablemente en el ícono pop más importante de la historia moderna.
En el fondo, pidiéndole que deje de existir públicamente. O peor aún: que deje de existir y punto.
Pensé mucho en eso después de reunirme con la doctora María del Carmen García Peña y el equipo del Instituto Nacional de Geriatría (INGER), organismo público especializado en investigación, formación de profesionales y desarrollo de políticas sobre envejecimiento y salud de las personas mayores.
Porque, aunque Madonna tenga más privilegios que prácticamente cualquier persona, ni siquiera ella escapa al castigo social que implica envejecer, especialmente siendo mujer.
La sociedad trata la vejez como si fuera una falla personal. Como si envejecer implicara renunciar al deseo, a la creatividad, a la sexualidad y a la vida pública.
Yo entré a la política pensando en mi abuela.
Y aunque su vida estaba lejos, por razones obvias, de parecerse a la de la reina del pop, tenían similitudes: la sensación de que el mundo empieza a tratarlas como si fueran menos.
Desde que yo tenía 18 años y hasta poco antes de que muriera, vi cómo su salud se fue deteriorando lentamente: dolores, insuficiencias, dificultad para moverse, agotamiento. Pero lo que más me marcó no fue su deterioro físico, sino la sensación de que nadie estaba mirando el cuadro completo.
Había especialistas para cada órgano, pero no para la persona que estaba envejeciendo.
Recuerdo consultas fragmentadas, diagnósticos repetidos y traslados eternos mientras el desgaste seguía avanzando. Y recuerdo también cómo muchas personas empezaron a tratarla distinto.
Como si envejecer le hubiera quitado autoridad sobre sí misma, y la fragilidad física volviera aceptable hablarle con condescendencia, corregirla todo el tiempo o asumir que sus opiniones importaban menos.
Ahí entendí algo que después confirmé conversando con el equipo de INGER: el envejecimiento no puede seguir tratándose como un problema privado que cada familia resuelve como puede.
Porque envejecer dignamente no puede depender de tener dinero, hijos disponibles o una red capaz de sostenerlo todo.
El problema es que, en nuestra sociedad, el valor de una persona suele medirse según qué tan útil, productiva o rápida sigue siendo.
México está envejeciendo a pasos agigantados. Hoy, las personas mayores de 60 años representan alrededor del 14% de la población y, según proyecciones del Consejo Nacional de Población (CONAPO), para 2050 una de cada cuatro personas en el país tendrá más de 60 años.
En ese contexto, la pensión universal para adultos mayores impulsada por el presidente Andrés Manuel López Obrador y fortalecida posteriormente por la presidenta Claudia Sheinbaum, significó un cambio histórico para millones de personas que antes llegaban a la vejez abandonadas por el Estado.
No resuelve todo, pero defiende el valor de que, después de una vida de trabajo, nadie debería enfrentar su vejez en carencias, sino al contrario, se tendría que reconocer todo lo que estas personas le han dado al país.
También existen esfuerzos locales y comunitarios. En la Ciudad de México, las Casas de las 3R impulsadas por la jefa de gobierno, Clara Brugada, buscan construir espacios de descanso y acompañamiento para personas mayores y cuidadoras.
Porque envejecer no es una acumulación de diagnósticos. Es seguir siendo una persona completa, compleja y digna.
Pienso en todas las veces que el sistema le pidió a mi abuela adaptarse sola al dolor. Pienso también en Madonna bailando frente a millones de personas que le exigen desaparecer solo por tener más de 60 años.
Y pienso en algo obvio: si tenemos suerte, todos vamos hacia allá.
Porque nadie, ni mi abuela, ni Madonna, ni ninguna otra persona mayor, debería sentir que cumplir años significa perder valor.
Porque una sociedad se define también por cómo trata a quienes ya sostuvieron el mundo antes que nosotros.