Trópicos

Guerras cínicas

Vladímir Putin, Donald Trump y Benjamín Netanyahu están buscando acomodar su predominio a costa de mucha destrucción.

Vivimos un punto de quiebre rumbo a una nueva etapa de la decadencia humana que se expande poco a poco, como mar adentro, conforme avanza este siglo XXI.

A partir de la revolución tecnológica del internet primero, y después de la Inteligencia Artificial, nos dirigimos a parajes desconocidos.

Da la apariencia de que los “líderes” mundiales no saben qué hacer con tanto en sus manos, aunque todos sus objetivos se reducen, al final de cuentas, a lo que todos han buscado en los precedentes 20 siglos (y antes): poder, riqueza y destrucción.

Son anhelos inherentes del ser humano, y al parecer no hay nada que hacer; herramientas que evolucionan permiten concentrar más, destruir mejor y expandirse peligrosamente.

Algunos gobernantes siguen asumiendo que tienen derecho a atacar o a invadir territorios ajenos, pese a la existencia de múltiples tratados internacionales firmados, donde se asume que la soberanía es casi un mandamiento bíblico.

No obstante, la avaricia humana, en lugar de atenuarse, se ha exacerbado hacia dimensiones insensatas.

Uno hubiera imaginado que la humanidad, después de tanto camino recorrido y mucha tecnología y sofisticación, prosperara casi hasta llegar a un mundo de bien.

Que el conocimiento creado y accesible para prácticamente todas las sociedades nos hubiera llenado de sabiduría, donde lo material fuera secundario, poco valioso, mientras que los valores una rutina inalienable y prioritaria.

Pero ahora, las inteligencias tecnológicas nos están idiotizando, insensibilizando y eliminando la capacidad de discernir. Pareciera que estamos más cerca de crear sociedades zombis que libres y solidarias.

Hay tres “líderes” que destacan en estos momentos y que se entretienen haciendo guerras en nombre del poder y del dinero. Entre paradojas, argumentan atacar, expandirse e incluso, cínicamente, lograr la paz: Vladímir Putin, Donald Trump y Benjamín Netanyahu están buscando acomodar su predominio a costa de mucha destrucción.

El primero en Ucrania con tentáculos hacia el resto de Europa, y los otros dos en Oriente Medio.

No obstante, hay otros gobiernos a quienes les gusta patrocinar terroristas, como los de Irán y Afganistán, para expandir su influencia a costa de recursos bélicos entre sótanos clandestinos, escudos humanos, fanatismo y mucha muerte de inocentes.

Otros hacen vínculos con redes del crimen organizado para financiar sus objetivos políticos. Se alían para sobrevivir mientras las sociedades se desintegran; se les borran sus huellas para convertirse, inevitablemente, en células de esos grupos de narcopolíticos.

De esta forma, entre imperialistas, terroristas y crimen organizado, nuestro planeta fluye con diversos niveles de destrucción y caos; el cambio climático es cada vez más latente entre los fenómenos naturales que devastan costas y bosques, y todo porque no se puede detener la explotación de energías no renovables.

El petróleo sigue siendo el motivo principal de los poderosos para generar guerras y expandir sus bases militares.

El presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, dijo el fin de semana respecto a la invasión rusa: “No nos ataquen, no maten a nuestros niños. Dejaremos de atacar su diésel”.

Esta guerra desigual impulsada por un exagente de la KGB, Vladímir Putin, perpetrado en el poder, autoritario y represor, ha dado pasos hacia una etapa crítica, donde toda Europa se podría convertir en un territorio entre guerras, como ya lo es Oriente Medio, donde 17 países cohabitan en un territorio rico en materias primas, pero devastado en valores humanos.

Donald Trump, un auténtico impúdico, por un lado, hace explotar refinerías en Irán, generando aumentos en los precios de cientos de miles de productos en todo el mundo, y por el otro pide a Ucrania no atacar la industria petrolera rusa, justo porque se subirían los precios.

¿Qué hubiera pasado si Trump, Putin y Netanyahu no hubieran llegado al poder?

El gobierno de Israel, a pesar de que hay indicios de que fueron avisados de los traumáticos ataques terroristas que iba a perpetrar Hamás contra sus ciudadanos en kibutz y conciertos aquel triste 7 de octubre de 2023, no quiso o no pudo detenerlos.

No obstante, fue la puerta que desató la furia de odio y guerra para borrar del mapa a un pueblo, el de Gaza. Nuevamente las sociedades pierden y los gobernantes se sacian de poder.

Y todos nos preguntamos: ¿dormirán bien?

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