Innovación, Clima y Capital

El niño, la niña y el súper niño

El Niño podría intensificarse en 2026 y 2027. México debe usar ciencia, innovación y capital para anticiparse a sus efectos económicos y climáticos.

En una fría mañana de diciembre, hacia finales del siglo XIX, unos pescadores de la costa norte de Perú salieron al Pacífico como lo habían hecho tantas veces. Conocían ese mar de memoria, pero algo era distinto. El agua estaba inusualmente cálida y las redes regresaban con menos peces. No tenían satélites ni modelos climáticos, solo años de observar el océano. Esa observación, sencilla y poderosa, la base misma de la ciencia, terminaría dando nombre a uno de los fenómenos climáticos más influyentes del planeta.

Como solía aparecer cerca de Navidad, lo llamaron El Niño, por el Niño Jesús. Décadas después, la ciencia identificaría también su contraparte, La Niña, la fase fría del mismo ciclo. Hoy seguimos mirando hacia aquel Pacífico, aunque ya no desde una pequeña embarcación, sino desde satélites, boyas y centros meteorológicos capaces de seguir casi en tiempo real cómo se mueve el calor bajo la superficie del mar.

Este año hay razones para mirar con atención, a principios de 2026 las señales todavía eran inciertas. En abril, el Servicio Meteorológico Nacional estimaba una probabilidad de 61 por ciento de que El Niño apareciera entre mayo y julio. Con las primeras advertencias llegaron también los titulares sobre un supuesto “súper Niño”, una expresión llamativa, pero no una categoría científica. En agosto, la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA por sus siglas en inglés) elevó a más de 90 por ciento la probabilidad de un evento muy fuerte durante el otoño y el invierno de 2026 y 2027.

El Niño ocurre cuando una enorme extensión del Pacífico ecuatorial se calienta de manera anormal y altera vientos, lluvias y circulación atmosférica. Lo fascinante es que unos grados adicionales en el océano pueden reorganizar patrones climáticos a miles de kilómetros, modificando una temporada agrícola en México, las lluvias en Sudamérica, una pesquería frente a Perú o la producción de alimentos en Asia.

Pero la conversación de este año tiene otra dimensión. El Niño siempre ha existido, lo que está cambiando es el planeta sobre el cual ocurre. Una investigación reciente sobre corales de las islas Galápagos reconstruyó aproximadamente mil años de variabilidad del Pacífico. Los corales funcionan como archivos del océano y conservan información sobre las condiciones del agua que los rodeaba, son entidades bellísimas. El estudio encontró que la variabilidad asociada con El Niño se ha intensificado alrededor de 36 por ciento desde el periodo preindustrial. Esto no significa que el cambio climático haya creado a El Niño, pero sí aporta evidencia de que este viejo fenómeno natural interactúa ahora con un sistema climático diferente. La cancha, por decirlo coloquialmente, ya no es la misma.

¿Qué tiene que ver esto con nosotros? Pensemos en alguien que siembra maíz. Para esa persona no importa solamente cuánto llueva durante el año, sino cuándo cae el agua y en qué momento del cultivo. Una temporada puede terminar cerca de su promedio y aun así ser desastrosa si la lluvia llegó semanas después de cuando la semilla la necesitaba.

México es especialmente sensible porque una parte importante de su agricultura depende de la lluvia. El Banco de México, al estudiar veinte años de información sobre maíz blanco y frijol, encontró que los choques de temperatura y precipitación afectan la productividad y pueden trasladarse a los precios. Otro estudio sobre maíz en Sinaloa encontró reducciones de 25 por ciento en los rendimientos durante sequías extremas y pérdidas de hasta 44 por ciento cuando la sequía se combina con olas de calor.

Ahí El Niño deja de ser una historia del Pacífico y entra a nuestra cocina. Una cosecha menor reduce el ingreso del productor y la cantidad de alimentos disponibles, presiona precios y golpea con mayor fuerza a las familias que destinan buena parte de su ingreso a comer. Si algo parecido ocurre simultáneamente en distintas regiones productoras, el problema deja de ser agrícola y empieza a sentirse en toda la economía.

Los antecedentes permiten dimensionarlo. Una investigación publicada en Science estimó que los episodios de El Niño de 1982 y 1983 y de 1997 y 1998 estuvieron asociados con pérdidas globales de ingresos de 4.1 y 5.7 billones de dólares durante los años posteriores. Lo interesante no es solo el tamaño de las cifras, sino que el impacto puede permanecer. Una cosecha perdida, una carretera destruida, una empresa que cierra o una familia que se endeuda dejan consecuencias mucho después de que la temperatura del Pacífico vuelva a la normalidad.

Por eso quizá estamos demasiado pendientes de saber si este será un “súper Niño” y demasiado poco de preguntarnos qué haremos con los meses de anticipación que hoy tenemos. Un agricultor puede recibir información climática antes de sembrar y modificar fechas o variedades. Podemos invertir en riego eficiente, almacenamiento de agua y semillas resistentes. Los seguros paramétricos pueden responder ante pérdidas y las empresas pueden identificar los puntos más vulnerables de sus cadenas.

Prepararse tampoco significa solamente gastar para evitar una pérdida. Un análisis de 320 inversiones en adaptación en agricultura, agua, infraestructura y salud encontró que cada dólar invertido puede generar más de 10 dólares en beneficios durante diez años, con retornos económicos promedio cercanos a 27 por ciento. Parte de esos beneficios existe incluso cuando el desastre esperado no ocurre, porque mejores sistemas de agua, agricultura más productiva, infraestructura resiliente y sistemas de alerta generan valor todos los días.

Esa quizá sea la conversación que El Niño debería provocar. No solamente si lloverá más o menos este invierno, sino cómo hacemos que agricultores, pescadores, ciudades, empresas y familias vivan mejor en un clima menos predecible. Adaptarnos no es resignarnos a perder, sino usar información, tecnología, financiamiento e innovación para llegar mejor preparados al siguiente golpe.

Aquellos pescadores peruanos aprendieron a reconocer a El Niño mirando el mar. Más de un siglo de ciencia nos separa de ellos y, sin embargo, la decisión sigue siendo profundamente humana. Podemos observar cómo cambia el océano y esperar a ver qué sucede, o utilizar todo lo que hemos aprendido para prepararnos.

Quizá la noticia más importante no sea que El Niño está creciendo, sino que nosotros también deberíamos haber aprendido a crecer frente a él.

Nelly Ramírez Moncada

Nelly Ramírez Moncada

Especialista en desarrollo internacional con más de dos décadas de experiencia en América Latina y África.

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