Innovación, Clima y Capital

David Konzevik y las preguntas que siguen abiertas

Una despedida a David Konzevik, pensador y maestro de las preguntas difíciles, cuya mirada sobre instituciones y tiempo dejó huella duradera.

En esta columna normalmente escribo sobre clima, innovación, y finanzas. Esta vez me desvío un poco del camino para rendir un homenaje. Hace unos días murió David Konzevik. Lamento profundamente no haber escrito estas líneas cuando todavía estaba vivo, aunque tuve la fortuna de decirle, en más de una ocasión, cuánto lo admiraba y cuánto había aprendido de él.

Coincidimos muchas veces cuando yo trabajaba en Nacional Financiera, donde él era asesor del director general, Jacques Rogozinski. Compartían una curiosidad intelectual inagotable, un sentido del humor finísimo y una fascinación por entender el mundo desde perspectivas poco convencionales. Los tres compartíamos además una sensibilidad especial hacia quienes, por distintas circunstancias, habíamos tenido que reconstruir nuestra vida lejos del lugar donde comenzó. Konzevik, obligado a dejar Argentina durante la dictadura; Jacques, apátrida durante más de tres décadas por la dificultad de obtener la naturalización mexicana; y yo en ese entonces, apátrida involuntaria. Tal vez por eso nuestras conversaciones sobre identidad, libertad, pertenencia y país tenían una profundidad especial.

La del Dr. Konzevik era la sabiduría que llega con la calma. La de quien escucha antes de responder. La de quien entiende que las mejores conversaciones no se ganan, se construyen. La de un extraordinario contador de historias que sabía que recordamos mejor una buena anécdota que una buena teoría.

Recuerdo especialmente una conversación sobre la baja participación de las mujeres en los consejos de administración. Yo estaba convencida de que el problema era fundamentalmente de equidad de género. Le contaba, entusiasmada, que habíamos identificado a cincuenta mujeres mexicanas extraordinarias que podían formar parte de consejos en empresas. Me escuchó con paciencia y después hizo una pausa. “No necesariamente”, respondió. “Muchos consejos existen por relaciones de confianza y por vínculos familiares.” Con la convicción de quien todavía cree que todos los problemas tienen soluciones relativamente sencillas, le expliqué que precisamente por eso estábamos pensando en un programa para empresas públicas. Entonces hizo una pregunta que todavía me acompaña. “¿Y cuáles son las empresas públicas mexicanas que no son familiares?”

Nunca olvidé esa conversación. No porque invalidara mi argumento, sino porque me obligó a mirar más profundo. Él no estaba discutiendo la importancia de incorporar más mujeres. Me estaba enseñando que rara vez los problemas importantes se encuentran en la superficie. Que antes de diseñar soluciones hay que entender las estructuras, los incentivos, la historia, la cultura y los sistemas que producen esos resultados.

En otra ocasión llegué emocionadísima a contarle una idea de empresa. Escuchó todo con atención y después preguntó, con absoluta tranquilidad: “Nelly, ¿por qué alguien levantaría el teléfono para buscarte? ¿Cuál es el problema que sabes resolver?” Esa pregunta se quedó conmigo para siempre. Me recuerda que el verdadero valor no está en tener muchas ideas, sino en resolver problemas reales y que la pertinencia importa tanto (o más) que el talento.

Vivimos fascinados con las respuestas rápidas. Él, en cambio, confiaba en el poder de las preguntas correctas. Un hombre de rutinas. Los mismos restaurantes, las mismas mesas, los mismos platillos, no dudo que en sus lugares habituales lo estarán extrañando. Un extraordinario sentido del humor. Una capacidad inagotable para convertir cualquier comida en una conversación memorable. Compartir la mesa con él era un privilegio porque uno siempre salía pensando distinto y mejor.

En una ocasión me regaló Novela de ajedrez, de Stefan Zweig. En muchas de sus historias había una reflexión sobre el tiempo, la importancia de habitar el presente y los riesgos de quedar atrapados por nuestras obsesiones. Como en el ajedrez de Zweig, Konzevik parecía recordar constantemente que las mejores decisiones dependen menos de mover muchas piezas que de comprender el tablero.

Una de las mayores generosidades que tuvo conmigo fue aceptar, sin dudarlo, impartir una conferencia a mis estudiantes de la FCPyS de la UNAM. El tema era La revolución de las expectativas, una idea que desarrolló durante años y que, vista desde hoy, resulta casi profética. Era 2018, antes de la pandemia y del trabajo remoto. Les dijo que dejaran de pensar que competirían solo con sus compañeros o compatriotas. La tecnología había cambiado para siempre las reglas del juego, competirían con el mejor profesionista de cualquier parte del mundo. Su tesis era que la revolución digital no solo multiplicaría el acceso a la información, sino también las expectativas de las personas. Comenzaríamos a medir nuestras oportunidades, nuestro éxito y nuestras aspiraciones con estándares globales. Lo verdaderamente difícil ya no sería acceder al conocimiento, sino convertirlo en una ventaja competitiva.

Tal vez esa era una de sus mayores virtudes como analista político. Nunca observaba únicamente las instituciones, miraba la cultura que las sostenía. Entendía que las leyes importan, pero que las costumbres suelen durar mucho más que las reformas. Sabía que los incentivos explican muchas conductas, pero que la identidad colectiva explica muchas más.

Desde que lo conocí soy mucho más cuidadosa con mi tiempo, el activo más valioso que tenemos, como él solía recordarme. Aprendí que decir sí a todo también significa decirle no a lo verdaderamente importante. Comprendí que una buena conversación puede ser una de las inversiones más rentables de la vida y que escuchar con verdadera atención es una forma de respeto cada vez más escasa.

Aunque asesoró a presidentes, empresarios y organismos internacionales y ofreció miles de conferencias alrededor del mundo, nunca cultivó la fama. Prefería las conversaciones privadas a los reflectores. Creo que su mayor legado no está en los auditorios donde habló, sino en las preguntas que sembró en quienes tuvimos la fortuna de compartir una mesa con él y que, muchos años después, siguen encontrando nuevas respuestas.

Al final, uno descubre que los grandes maestros no son quienes nos dicen qué pensar. Son quienes nos enseñan una forma distinta de mirar.

Gracias, al gran pensador, David Konzevik, por las historias, por las preguntas y por el tiempo. Sobre todo, por enseñarme que la verdadera sabiduría no consiste en tener siempre la respuesta correcta, sino en hacer la pregunta que cambia la manera en que entendemos el mundo. Que descanse en paz y permanezca siempre vivo en nuestras memorias.

Nelly Ramírez Moncada

Nelly Ramírez Moncada

Especialista en desarrollo internacional con más de dos décadas de experiencia en América Latina y África.

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