México y Brasil respaldaron a Michelle Bachelet para dirigir la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Ninguno de los dos vota en el Consejo de Seguridad, donde se decide qué candidatura llegará a la Asamblea General. Ahí comienza la diferencia entre pronunciar un respaldo y conseguir los votos necesarios para hacerlo valer.
La expresidenta chilena entró a la contienda con el patrocinio de ambos países y del gobierno de Gabriel Boric. En marzo, su sucesor, el presidente José Antonio Kast, retiró el apoyo de Chile y ordenó a las embajadas dejar de promoverla. Bachelet siguió, pero sus votos de aliento cayeron de seis en el primer sondeo a dos en el segundo y uno en el tercero. El 19 de septiembre retiró su candidatura.
El giro político chileno debilitó la campaña; no basta para explicar once votos de desaliento. Once exresponsables de la política exterior de Chile denunciaron que Estados Unidos no respondió a la solicitud de Brasil y México para recibirla. Washington hizo saber que esperaba una dirección de la ONU alejada de lo que llamó una agenda progresista. Hay señales de distancia política, pero los sondeos son secretos: no sabemos cómo votó ninguna potencia.
¿Quiénes deciden? Estados Unidos, China, Rusia, Francia y Reino Unido tienen asiento permanente y poder de veto. Entre los otros diez miembros están Colombia y Panamá, los únicos latinoamericanos del Consejo. Esos asientos tampoco pertenecen a una bancada regional. Cada gobierno responde a sus intereses y elige por separado.
Colombia ingresó al Consejo durante la presidencia de Gustavo Petro. Desde agosto la gobierna Abelardo de la Espriella, quien incorporó al país al Escudo de las Américas impulsado por Trump. Panamá, en cambio, invocó ante Naciones Unidas la prohibición de amenazar con la fuerza cuando el mandatario estadounidense habló de recuperar el canal. Ninguno de esos hechos revela sus votos por Bachelet. Sí muestra que, para México, compartir región no equivale a tener aliados asegurados y que la cercanía con Washington tampoco produce una posición idéntica sobre soberanía.
La costarricense Rebeca Grynspan obtuvo nueve votos de aliento en el último sondeo; la guyanesa Carolyn Rodrigues Birkett, ocho. Son las candidatas mejor situadas, aunque todavía se ignora si alguno de los votos de desaliento procede de una potencia capaz de bloquearlas. México deberá decidir a quién respaldar, persuadir a miembros del Consejo y conocer qué defendería esa persona una vez nombrada. Apoyar una candidatura es un acto público; gestionar su elección exige una relación política con quienes votan.
Esa relación importa también fuera de la elección. Esta semana, desde la Asamblea General, Trump llamó a México el «epicentro» de la violencia de los cárteles, exigió que recuperara el control de su territorio y defendió el empleo del poder militar estadounidense contra esas organizaciones. La exigencia fue de Washington, no de la ONU. Trump no anunció allí un plazo para intervenir en suelo mexicano, pero colocó a nuestro país dentro de su argumento regional para el uso de la fuerza.
Una secretaria general no puede detener por sí sola una operación estadounidense. Tampoco es irrelevante su capacidad para invocar la Carta de la ONU y exigir que los conflictos se conduzcan dentro de sus reglas. Más decisivo aún será lo que México consiga de los quince gobiernos que integran el Consejo: interlocutores dispuestos a escuchar su posición, exigir pruebas ante las acusaciones y rechazar que la cooperación contra los cárteles se convierta en permiso para vulnerar nuestro territorio.
No hay evidencia de que Trump haya condicionado su voto en la sucesión a concesiones mexicanas de seguridad. Son negociaciones distintas, ante gobiernos que se conocen entre sí. México necesita resultados propios contra el crimen y debe exigir corresponsabilidad estadounidense frente al tráfico de armas, el financiamiento y el consumo. También necesita defender esas razones en una mesa donde no tiene asiento, antes de que una crisis obligue a buscar apoyos a contrarreloj.
ANTES DEL FIN
Bachelet mostró el límite de anunciar un respaldo sin convertirlo en votos. El discurso de Trump mostró por qué esa capacidad diplomática importa más allá de una candidatura. La influencia mexicana se medirá en quién llegue a dirigir la ONU y en cuántos gobiernos estén dispuestos a defender con México las reglas cuando se pongan a prueba.
