Morena ya no está decidiendo únicamente qué hacer con Rubén Rocha Moya. Está decidiendo cuánto está dispuesto a perder por la decisión que tome sobre Rubén Rocha Moya. Hace una semana sostuve en este espacio que las declaraciones de Stephen Miller revelaban un cambio en la forma en que Washington comenzaba a mirar a México. El foco dejaba de estar exclusivamente en los grupos criminales para dirigirse también al Estado mexicano y a las instituciones responsables de enfrentarlos. Si esa lectura es correcta, hay una consecuencia que ha pasado casi inadvertida. Si Estados Unidos llegó al punto de solicitar la entrega de un personaje políticamente tan relevante como Rubén Rocha Moya, difícilmente se trata de una decisión improvisada. Una investigación de ese nivel supone años de trabajo, coordinación entre agencias e integración de información. Bajo esa lógica, resulta poco probable que entregue íntegramente ese expediente a las mismas instituciones cuya actuación cuestiona. No porque exista una condena anticipada, sino porque hacerlo sería incompatible con la propia estrategia de investigación. Ese cuestionamiento no recae sobre un vacío político. Morena gobierna el país, impulsó la reforma judicial, promovió las reformas constitucionales en materia de soberanía y seguridad y, con su mayoría legislativa, redefinió buena parte de la arquitectura institucional del Estado.
Quien reclama el crédito por transformar las instituciones también asume el costo político cuando esas mismas instituciones dejan de generar confianza. Por eso el error consiste en creer que el principal expediente entre México y Estados Unidos sigue llamándose Rubén Rocha Moya. No. Rocha es el expediente más visible. El expediente políticamente más delicado comienza a ser Morena, porque el partido que concentra el poder también concentra la responsabilidad política por las instituciones que decidió construir y defender. Durante semanas el debate se ha reducido a una pregunta: si México debe o no acceder a una eventual solicitud de Estados Unidos. Sin embargo, el verdadero dilema es otro. Morena ya no enfrenta una decisión entre una buena opción y una mala, sino entre dos consecuencias políticas. Si el gobierno mexicano facilitara una eventual entrega —siempre dentro del marco jurídico aplicable— abriría un proceso cuyos tiempos escaparían al control político del oficialismo y podrían acompañarlo hasta la elección intermedia de 2027. Si decide no hacerlo, Washington mantendrá la presión, el expediente permanecerá abierto y la oposición conservará un caso permanente para cuestionar al partido gobernante. En ambos escenarios, el tiempo deja de ser un factor neutro. Mientras tanto, la presión sigue acumulándose. A las acciones del Departamento del Tesoro contra estructuras financieras del crimen organizado y a la cancelación de visas a funcionarios mexicanos se suma una fractura nacida dentro del propio Morena. Jaime Bonilla y Marina del Pilar gobernaron Baja California bajo las mismas siglas, pero rompieron políticamente tras la cancelación del contrato de Next Energy. Desde entonces, el conflicto escaló del terreno político al judicial y al mediático. Marina sostiene que fue víctima de una “emboscada psicológica”; Bonilla afirma que advirtió al entonces presidente Andrés Manuel López Obrador sobre presuntos vínculos de la gobernadora con el crimen organizado. Más allá de cuál versión prevalezca, el desgaste dejó de alimentarse únicamente desde Washington y comenzó a nutrirse también desde el propio movimiento. La política rara vez juzga hechos aislados; juzga la acumulación de decisiones. Ése es el desafío que enfrenta Morena. Si considera que desprenderse de Rocha implica un costo demasiado alto, puede descubrir que mantener abierto el expediente resulte aún más costoso. Ésa es la tragedia del poder. Llega un momento en que los gobiernos dejan de elegir entre ganar y perder; empiezan a decidir la forma en que perderán menos. Entonces el calendario pesa tanto como la decisión misma. Quizá por eso el mayor error sea seguir creyendo que ésta es únicamente la historia de Rubén Rocha Moya. Hace tiempo dejó de serlo. Hoy es la historia de un partido que, al concentrar el poder y rediseñar las instituciones, terminó concentrando también el costo político de su cuestionamiento. Las oposiciones pueden señalar el camino del desgaste; son las decisiones del poder las que terminan recorriéndolo.
