Antes del Fin

Los muertos que no entran al T-MEC

Los mexicanos que han muerto bajo custodia migratoria en Estados Unidos no son únicamente víctimas de negligencia, ni solo saldo de una política cruel, ni siquiera simples nombres atrapados en la brutalidad de ICE.

Hay un error de lectura que México comete una y otra vez frente a Estados Unidos: creer que los agravios son episodios, cuando en realidad son estructura.

Nos indignamos por una redada, por una deportación masiva, por una declaración ofensiva, por una muerte bajo custodia, como si cada hecho llegara solo, como si cada uno mereciera su propia carpeta, su propio comunicado, su propia ronda de condenas.

Pero no, lo que estamos viendo no son hechos aislados. Estamos viendo el funcionamiento de un sistema.

Los mexicanos que han muerto bajo custodia migratoria en Estados Unidos no son únicamente víctimas de negligencia, ni solo saldo de una política cruel, ni siquiera simples nombres atrapados en la brutalidad de ICE.

Son la prueba más incómoda de otra cosa: de que la relación bilateral entre México y Estados Unidos ha llegado a un punto en el que la vida del migrante mexicano puede degradarse sin que se degrade, en la misma proporción, la relación entre ambos países. Esa es la verdadera obscenidad.

Porque cuando una relación soporta muertos sin alterar su centro de gravedad, lo que está roto ya no es solo el aparato que detiene, encierra o niega atención médica. Lo que está roto es la jerarquía moral del vínculo.

Estados Unidos eleva el tono, endurece la máquina, convierte la migración en castigo ejemplar, y México responde como casi siempre responde cuando el conflicto viene del norte: administra. Administra el daño, administra el lenguaje, administra el reclamo, administra la dignidad.

No rompe, no condiciona, no reordena la agenda; apenas intenta contener la humillación dentro de los márgenes de la prudencia diplomática. Y así, cada nuevo muerto se vuelve una tragedia, sí, pero también una costumbre. Y una tragedia que se vuelve costumbre deja de operar como alarma y empieza a operar como sistema.

Eso es lo que no se está diciendo con suficiente claridad: no estamos sólo frente a una crisis humanitaria, estamos frente a una relación bilateral diseñada para metabolizar el agravio mexicano sin modificar sus beneficios mayores.

El comercio sigue, la coordinación sigue, la frontera sigue, la retórica de la cooperación sigue. Los muertos no detienen la arquitectura, apenas la ensucian.

Por eso este tema no puede escribirse como si se tratara solamente de derechos humanos, aunque los implique por completo. Es, también, un asunto de teoría del poder.

¿Qué tipo de relación es aquella en la que una parte puede producir dolor sobre los cuerpos de la otra sin pagar un costo político equivalente? ¿Qué tipo de vecindad estratégica es esta, en la que el migrante muerto no alcanza a convertirse en variable central del vínculo?

Lo que se revela aquí no es solo la crueldad de una política migratoria; se revela la posición real que ocupa México en esa relación: útil para cooperar, útil para contener, útil para comerciar, pero todavía no lo suficientemente firme como para volver innegociable la dignidad de los suyos.

Y del lado mexicano también hay sistema, también hay ciclo. Cada sexenio cambia el tono, cambia el estilo, cambia el relato, pero no cambia la lógica profunda: frente a Washington, México sigue pensando que preservar la arquitectura bilateral vale más que alterar sus condiciones morales.

Se eleva la protesta, se endurece el discurso, se llama a consultas, se anuncian visitas consulares, se promete seguimiento. Todo eso sirve, pero no toca el núcleo, el núcleo sigue intacto: la idea de que primero va la estabilidad de la relación y luego, dentro de lo posible, la defensa de los nuestros.

Eso explica por qué este asunto no termina de sacudir la agenda nacional con la fuerza que debería. Porque los muertos migrantes siguen sin ser leídos como muertos políticos; siguen apareciendo como daño colateral de un tema incómodo, no como la evidencia más clara de una asimetría tolerada durante demasiado tiempo.

Antes del fin

¿En qué momento México va a dejar de tratar estas muertes como incidentes consulares y va a empezar a tratarlas como lo que son, una prueba brutal del lugar que ocupamos en el sistema bilateral?

Porque si una relación puede seguir llamándose estratégica mientras los cuerpos mexicanos se apagan dentro de la maquinaria del otro, entonces quizá ha llegado el momento de admitir algo más incómodo: no estamos frente a una alianza entre iguales, sino frente a un orden en el que unos ponen las condiciones y otros administran las consecuencias.

Nadine Cortés

Nadine Cortés

Abogada especialista en gestión de políticas migratorias internacionales.

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