Hoy todos hablamos del Mundial. Analizamos estrategias, entrenamientos, talentos y resultados; discutimos qué selección tiene más posibilidades de ganar, quién llegará a la final y qué jugadores marcarán la diferencia. Pero ningún país se convierte en campeón de la noche a la mañana; antes de levantar una copa hay años de entrenamiento y disciplina que empiezan con las fuerzas básicas.
En el fútbol, los campeones se forman desde pequeños. En la educación debería ocurrir lo mismo. Sin embargo, seguimos actuando como si el aprendizaje comenzara a partir de los 6 años cuando las niñas y niños inician la primaria, mientras la evidencia nos dice que los años más importantes llegan mucho antes.
Los primeros años de vida son decisivos para el desarrollo del lenguaje, el pensamiento, la convivencia y la capacidad de aprender. Es en la primera infancia –del nacimiento a los 5 años 11 meses– donde se construyen las bases que acompañarán a una persona durante toda su vida. UNICEF nos dice en que los años más importantes para el desarrollo humano son los que van del nacimiento a los 8 años, porque en esta etapa se forman las capacidades cognitivas, sociales, emocionales y físicas sobre las que descansa todo el aprendizaje posterior.
México hizo obligatoria la educación preescolar en 2002 y reconoció la educación inicial como un derecho en 2019. Porque aprender no empieza a los seis años; empieza desde el nacimiento.
Reconocer un derecho en la ley implica una obligación para el Estado: garantizar que todas las niñas y niños tengan acceso a espacios de aprendizaje, cuidado y desarrollo. Pero entre lo que dice la ley y lo que viven millones de familias hay una distancia enorme.
Hoy, en México, solo 4 de cada 100 niñas y niños están incorporados a servicios formales de educación inicial y, de ellos, 6 de cada 10 asisten a instituciones privadas. En el caso del preescolar, en el ciclo 2024-2025 apenas 6 de cada 10 niñas y niños de 3 a 5 años estuvieron inscritos en preescolar. Detrás de estas cifras hay millones de niñas y niños que llegan a la primaria sin haber tenido suficientes oportunidades de aprendizaje, socialización o estimulación.
Y es justamente ahí donde comienza la desigualdad. Imaginemos dos equipos que llegan al mismo campeonato. En el primer equipo los jugadores llevan años entrenando, conocen las reglas, dominan el balón y cuentan con acompañamiento constante; el otro equipo los jugadores pisan la cancha y tocan el balón por primera vez. Desde el primer silbatazo las diferencias son evidentes.
Algo parecido ocurre en la educación. Mientras algunos niños llegan a la escuela después de años de experiencias de aprendizaje, lectura, juego y acompañamiento, otros reciben el balón por primera vez a los seis años. No porque tengan menos talento, sino porque tuvieron menos oportunidades.
El Estado mexicano ha fallado en garantizar el acceso universal a estos niveles educativos (inicial y preescolar), pero también persiste una idea profundamente arraigada: que antes de los tres años las niñas y los niños son demasiado pequeños para aprender en espacios educativos y que el preescolar puede esperar porque “ya llegará la primaria”.
La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) presentó recientemente el Estudio Internacional sobre Aprendizaje y Bienestar en la Primera Infancia (IELS 2025), que evaluó a más de 23 mil niñas y niños de cinco años en distintos países. Aunque México no participó, el resultado nos dice que la desigualdad educativa no empieza en secundaria ni en primaria, sino mucho antes. Intentar corregir en la adolescencia problemas que comenzaron en la primera infancia es como pretender competir profesionalmente a los quince años sin haber entrenado nunca.
Los datos reflejan la magnitud del desafío. En México hay más de 12 millones de niñas y niños menores de seis años. Casi seis millones viven en situación de pobreza, más de siete millones no cuentan con acceso a seguridad social y cientos de miles ni siquiera tienen acta de nacimiento. Estas condiciones limitan oportunidades desde el inicio de la vida y profundizan las brechas que después observamos en la escuela y trascienden a lo largo de la vida.
Si queremos un país más justo, más competitivo y con más oportunidades, debemos dejar de ver la educación inicial como un servicio y empezar a entenderla como lo que realmente es: la formación de las fuerzas básicas de México.
Porque en la cancha y en la vida, los partidos no se ganan el día del campeonato, se ganan mucho antes, cuando decidimos invertir —o no— en la educación de quienes algún día saldrán a jugar.