Gestión de Negocios

Ritmo, tino y tono: el intangible que sostiene la productividad organizacional

Si las cosas no ocurren en atinada coincidencia de tiempos, nunca se logra el trabajo equilibrado y un flujo sano de las operaciones necesarias para que el ente productivo funcione.

Pocas cosas son tan incómodas en una organización como cuando ‘la mano derecha no se pone de acuerdo con la mano izquierda’.

La analogía es perfecta. Aunque ambas extremidades respondan al mismo movimiento corporal, teóricamente caminando en una misma dirección, no es inusual que un cliente o proveedor las descubra desalineadas, descoordinadas o, en su peor expresión posible, contradictorias en sus criterios de actuación.

Grande o chica, la empresa no sólo requiere claridad de objetivos. Su actuar colectivo —organizado por métodos, procesos y prácticas productivas— requiere de elementos que la hagan moverse con ritmo, tino y sin drama desgastante. Cada individuo o área requiere hacer sus cosas bien, sin duda, pero al tiempo en que cada cosa encaja en su lugar contributivo y en su tiempo productivo.

¿Qué se debe articular y calibrar en una organización para que gane y mantenga el foco y la funcionalidad? Aquí tres puntos para la reflexión operacional:

1) Pulir la sintonía de criterio.- Nada más complejo y relevante que, al margen de la suma de tareas encargadas, los liderazgos nutran de elementos de juicio y trabajen la capacidad de discernimiento en todos los niveles posibles de sus diferentes equipos.

El quehacer se aprende relativamente rápido. El dejar de hacer se forja con el tiempo. La distinción de la diferencia se materializa nutriendo el razonamiento funcional, primero, contributivo después, y conscientemente productivo en su mejor expresión deseable.

2) Observar la sincronía de esfuerzo.- El trabajo organizacional no es la suma de tareas individuales. Es la convergencia de la energía, disposición y esfuerzo oportuno de muchos que logran la coincidencia temporal de eventos en la empresa.

Si las cosas no ocurren en perfecta secuencia o en atinada coincidencia de tiempos, nunca se logra el trabajo equilibrado y un flujo sano de las operaciones necesarias para que el ente productivo realmente funcione y lo haga en razonable armonía.

3) Mantener el enfoque al resultado.- No es nada más hacer lo que se nos pide. Y no basta con que se haga bien y a tiempo. Cada acto, decisión o ajuste necesario debe contribuir a lograr la consecuencia oportuna de lo que se busca desde el minuto uno.

Nada se hace por el hecho de hacerlo. Se hace para nutrir un efecto productivo y bien apreciado por un cliente externo o interno. Y porque nunca debe haber costo donde no haya valor percibido, tirios y troyanos debemos mantener el foco en la contribución final.

Los seres humanos somos constructores perpetuos de significados. Las compañías lo son de razones lógicas para cada uno de sus actos productivos. Esa dualidad produce variaciones eternas de la ecuación valor-resultado y de la presión actividad-resultado. Toda organización requiere responder a esas variaciones circunstanciales.

La armonización de nuestra actividad constructiva no se forja en piedra. Se moldea diario en elementos plásticos que se materializan en la actuación cotidiana de quienes interactúan un día sí u otro también con nuestros clientes y proveedores, entendiendo que un acto aislado puede carecer de valor en instantes si no se mantiene en línea con la expectativa.

Las organizaciones son funcionalidad, sí. Pero son ritmo, tino y tono, también. Bien dicen los que saben que la recalibración directiva no es sólo eliminar lo que sobra y resolver aquello que falta, sino mantener el trabajo de conjunto en sintonía, sincronía y productividad.

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