De niña, Joanna Pirod nunca se sintió parte de la clase. “Como cuando llegas y no te adaptas para nada”, dice, y luego amplía su propio diagnóstico: inadaptada en el mundo en general. La música fue el único lugar donde nada importaba. Su padre, administrador y director de empresas farmacéuticas toda su vida —“un locutor frustrado”, sospecha ella—, viajaba mucho, sobre todo a Brasil, y regresaba con discos. A él le interesaban más la tornamesa Technics y las bocinas; a ella, lo que sonaba. Podía pasar horas sola en su cuarto, escuchando.
A los ocho años empezó una colección. Acompañaba a su papá a las tiendas de discos de la Zona Rosa, se quedaba en las islas de escucha con los audífonos que los compradores compartían, y él nunca dijo que no: si escogía cinco o 15, se los compraba todos. La guiaban las portadas. Así llegó, en cassette, al primero de The Doors –“¿por qué nunca había escuchado esta banda?”–. Y así, en el Mixup de Perisur, encontró Ride the Lightning, de Metallica: una silla eléctrica bajo un cielo azul lleno de rayos.
De ahí fue hacia atrás, hasta Led Zeppelin y Black Sabbath. Pirod descubrió el metal sin que nadie se lo recomendara. Nunca tuvo referencias; lo hizo por pura intuición.
En casa siempre la dejaron ser. Eran cuatro hermanos y Joanna, la tercera mujer, pasó más o menos desapercibida, cuenta. Entre sus amigas se convirtió en “la de la música”, a la que le pedían “ponte algo”, la que recomendaba. Ella no lo tomaba muy en serio.
–¿Por qué no estudiaste música?
–Mi papá me dijo: ¿quieres vivir como yo te he dado de vivir? Con la música no te va a salir.
Hizo un año de Ciencias Políticas en la Universidad Complutense de Madrid, pero no le gustó. Regresó y terminó Relaciones Internacionales en la Ibero. Nunca supo qué hacía ahí. Obtuvo su primer trabajo en el área de relaciones públicas de Grupo Imagen; organizaba fiestas de lanzamiento y otros eventos. Los locutores empezaron a buscarla: Joanna Pirod sabía de música, y se sabía. Joanna Pirod podía recomendar cosas que acompañaran bien la nota del día. Ella escogía una canción y explicaba por qué importaba. Hasta que en la empresa se decidió que no podía hacer las dos cosas.
En 2008 lo tiró todo. La crisis la dejó sin empleo; sus papás se retiraron a Cuernavaca; ella vivía en el departamento de un novio con quien llevaba tres años y estaba a punto de casarse. Canceló la boda. “No sé si no quería casarme; más bien no quería casarme con él”. Sin casa y sin trabajo, optó por construir de cero y volvió a Imagen a pedir que, ya sin su puesto en relaciones públicas, la dejaran seguir recomendando música. Ganaba la tercera parte, pero era mucho más feliz.
Con el tiempo, le dieron un programa propio en RMX. Al principio se llamó –por falta de nombre– La hora de Joanna Pirod; terminó llamándose Insolente, porque ponía rock, punk y metal, y porque ella también es un poco así, reconoce. Hacía playlists temáticas que acababan siendo clases de cultura musical: recuerda uno entero de asesinos seriales, con el disco que Charles Manson grabó en la cárcel. El programa duró 13 años, hasta que se vendió la frecuencia. “Me tocó la última colita del momento en que valía la pena escuchar radio”, sostiene. Lo que vino después, dice, es radio y streaming programados por quien paga: “la disquera que quiere a Peso Pluma 25 veces al día, el banner de Beyoncé antes de que encuentres lo que buscabas”.
“Después me volví a quedar sin chamba, cosa que pasa muchísimo en la industria musical. Pero hice un compromiso conmigo misma: mantenerme siempre en un trabajo relacionado con la música. No iba a vender seguros”.
Pirod pasó por ECO, la promotora del festival Ceremonia. Elaboraba contenidos acerca de los artistas que presentaban, hasta que llegó la pandemia y arrancó el proyecto de un estudio de grabación, donde revivió Insolente como podcast. Una de las entrevistas con las que se encariñó fue la de Enrique Metinides, el fotógrafo de nota roja que años antes se había negado a hablarle del 68 y esa vez accedió: le contó que entró a Tlatelolco con rollos en blanco escondidos en las botas, hizo sus fotos, guardó los rollos expuestos en el mismo lugar y volvió a cargar la cámara con los vírgenes para que, cuando el Ejército se los quitara, no hubiera nada. Lo relataba, dice ella, todavía con miedo.
Mientras tanto, los amigos con restaurantes y bares siempre pedían lo mismo: “hazme una playlist”. Joanna Pirod cobraba poco, si acaso. Después de curar la música de W Radio —seis u ocho meses, con Carlos Loret como único aliado— decidió tomarse en serio lo que llevaba décadas regalando. La prueba fue Feral, un restaurante en la Condesa, donde sonaba el house genérico que detesta. Llegó a una cena de amigos con una playlist de cinco horas armada a partir de la arquitectura, la cocina y la gente que esperaban en el lugar. Lo pusieron y se quedó.
Así nació Music Wiz, su empresa de curaduría musical. “La música de un lugar es tan importante como la comida”, afirma. Su idea se extiende a supermercados, tiendas departamentales y escuelas; a sus playlists centradas en personajes o construidas a partir de uno inventado: ¿qué escucharía una modelo inglesa que ama la fiesta?, por ejemplo. Music Wiz también se dedica a la supervisión musical para pantalla, que abrió con Reviviendo la Navidad, de Mark Alazraki y luego con Mal de amores –al lado de Camilo Lara– en la que sólo intervienen intérpretes femeninas con canciones de la Revolución, María Grever entre ellas.
Pirod está convencida de que a una persona se le conoce por lo que escucha. “Yo te mando una playlist de mis favoritas y vas a entender muy bien cómo soy, sin que nos conozcamos. Tú me mandas la tuya y a través de ella, te conozco a ti”. Es la misma intuición de la niña que escogía discos por la portada y de la mujer que decide cómo suena un lugar. Al final, la música habla por uno.