Retrato Hablado

‘Lo que aprendí como historiador lo traduje al periodismo’: Carlos Bravo Regidor

Su etapa como productor y presentador de pódcast le encanta porque le permite contar historias y crear explicaciones.

Carlos Bravo Regidor hace una figura: lo sostenía su pie derecho, la academia. Era su punto de apoyo. Pero cambió el peso al izquierdo, los medios, para encontrar otro balance. Desconoce si éste fue un movimiento definitivo. Lo piensa y cae en la cuenta de que, mucho antes, sus padres hicieron lo mismo. María Cristina Regidor es psicóloga y Carlos Bravo, ingeniero. Al cabo de los años, aunque ambos ejercieron sus respectivas ocupaciones, se dedicaron a otra cosa: él a la psicología y ella a su propia empresa.

María Cristina Regidor nació en Barcelona. Llegó a México de brazos. Sus padres soportaron la guerra civil española y los años más duros del franquismo. No eran científicos ni intelectuales, sino una pareja de clase trabajadora que migró por razones económicas. “No era fácil que mi abuelo consiguiera trabajo (figuraba en las listas negras). Quedó huérfano de niño, y tenía triple problema de ser catalán, republicano y rojo”, cuenta Bravo Regidor, quien pasó buena parte de su infancia con los abuelos. “Ellos lo relativizaban todo. Siempre que había problemas decían algo así como ‘bueno, a nosotros nos tocó jugar en los agujeros que dejaban las bombas’. Para ellos, nada era tan grave”.

Bravo Regidor es el hijo de un divorcio más que el de un matrimonio que apenas recuerda. “Nunca viví el trauma del divorcio; para mí lo natural era que mis papás estuvieran cada uno por su lado”. Ambos se volvieron a casar y a divorciar varias veces, lo que supuso sucesivos cambios de casa, de escuela y de amigos.

Su madre perdió prematuramente un par de cuates, fruto de su tercer matrimonio. Su padre renunció a todo para irse con su segunda esposa a India. “Estuvo allá cerca de un año, se separaron, y un día me tocó recoger en el aeropuerto a un señor que decía ser mi papá, pero que era otra persona”.

En la prepa del TEC surgió el interés de Bravo por las letras, la política, las relaciones internacionales y el debate. El modelo de la ONU lo fascinó. “Podías ser al mismo tiempo muy nerd y muy cool”. Entre varias universidades, eligió la exigencia y el rigor colmecas, aunque se procuró una verdadera experiencia universitaria atendiendo como oyente a clases en el ITAM y cultivando relaciones con amigos de otras escuelas.

Había sentido siempre que había disonancias entre el exilio de sus lecturas y el exilio referido por sus abuelos. “Era como si ellos no hubieran sido exiliados, como si pertenecieran a un exilio con minúscula”.

También incoherencias en algunos de sus actos: “En España, votaban por Esquerra Republicana de Catalunya, pero en México votaban por el PAN. A mí me explotaba la cabeza y les preguntaba si se daban cuenta de ese corto circuito que para ellos no era tal. Entendí que votaron consecuentemente en dos etapas de su vida completamente distintas”.

Para titularse, elaboró un proyecto sobre el olvido y la memoria de la guerra civil durante la transición española a la democracia. El abuelo le volvió a hablar sobre su vida, pero evolucionó de la historia despolitizada de un migrante económico a la de un pétreo oponente a la dictadura franquista. “Le prestaba los libros que leía, y él fue modificando su narración en consecuencia. Fue muy divertido, muy estimulante, y muy desconcertante. Ésa fue una de las razones por las cuales me interesó la historia”.

La familia de Carlos Bravo padre proviene de Lagos de Moreno. En ésta se combinaron un flanco católico, conservador y otro agrarista, “que terminó recalando en el PRI”. “Algo que tardé en comprender era cómo mi mamá tenía esta idea de que siendo Franco lo peor, si bien México no era una democracia, no importaba, porque había sido generosísimo. Así que crecí con la idea muy poco sofisticada de la dictadura mala, Franco, y la dictadura buena, el PRI. También entendí que esto sólo me hacía cortos circuitos a mí; que para los otros hacía perfecto sentido”.

Bravo tuvo un breve paso por la Secretaría de Gobernación, en el sexenio foxista. Hacía estudios de política comparada en la Unidad de Estudios Legislativos. Después trabajó en el CIDE como asistente de Carlos Elizondo, que lo dirigía entonces.

Estudiar el doctorado en historia en la Universidad de Chicago “fue una experiencia intelectual increíble, como el Colmex en esteroides”, bromea. Dura al principio, porque su formación no era la de historiador, pero muy estimulante. Antes de irse se casó, y allá nació su primera hija, a la que cuidó durante los primeros seis meses de vida mientras su madre trabajaba en una galería. En ese tiempo también se inauguró como columnista.

Angustiado por la responsabilidad de ser padre, Bravo y su familia regresaron a México. Su país le hizo extraños. “Volví a mi casa, pero no se sentía como mi casa. México cambió en ese tiempo y yo también, así que fue un desencuentro mutuo”.

Tomó una plaza de profesor visitante en la división de Estudios Políticos del CIDE y, más adelante, en la coordinación de Periodismo CIDE encontró un espacio extraordinario: “Lo que aprendí como historiador lo traduje al periodismo: las escuelas de interpretación, las premisas, todo. Podía combinar, sin que se contradijeran, dos disciplinas que normalmente hacen corto circuito, la academia y el periodismo”.

En 2016, “hubo una suerte de reemplazo generacional muy evidente en mi familia con el nacimiento de mi hijo y la muerte de mis cuatro abuelos”.

“Nunca despegué como historiador”, observa Carlos Bravo Regidor, sin rastro de aflicción. Tras sobrevivir dos terremotos, “la pandemia y la 4T”, se estrenó como productor y presentador de pódcast, “y pude reciclar de nuevo mi formación académica y lo que aprendí de periodismo. Me encanta porque me permite contar historias y crear explicaciones, y me queda mucho del entusiasmo del aprendiz, que es un lugar del que muy rápidamente huyes en la academia”.

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