“Tendrás un hijo abogado”. El décimo mandamiento del decálogo del abogado resonaba en la casa de Paloma Merodio no como sugerencia, sino como profecía de familia. El derecho era el aire que se respiraba: sus dos padres son abogados; su abuelo materno fue profesor emérito de la UNAM en la misma disciplina. Pero Paloma Merodio decidió que su forma de buscar la justicia no vendría de los códigos ni de los tribunales, sino de la frialdad y la verdad inobjetable de los números. Su primera gran rebeldía fue anunciar que estudiaría economía.
Merodio es el resultado de varias generaciones de mujeres que rompieron moldes. Su abuela y su madre fueron mujeres trabajadoras. Su abuela paterna, tras enviudar muy joven con tres hijos pequeños, tuvo que enfrentar a su propio padre para decirle que, a pesar de los prejuicios de la época, saldría a trabajar. Por el lado materno, la historia es casi de película: su abuela alemana y su abuelo mexicano se conocieron en Italia, trabajando en un campo de papas como estudiantes. Ella se vino con él a México. Culta y experta en letras alemanas, se convirtió en profesora del Goethe y del Anglo. Fue ella quien, todos los lunes por la tarde, le enseñaba alemán a su nieta en una relación que mezclaba la disciplina académica con la cotidianidad familiar.
Ese espíritu llevó a Paloma Merodio a mirar más allá de la burbuja del poniente de la Ciudad de México. En la preparatoria, mientras sus amigas planeaban fiestas, ella se iba a Villa Victoria a pesar y medir niños para un programa de papillas. “Esos momentos te marcan”, dice. “Cuando sales de tu medio y te conectas con esa realidad, no hay vuelta atrás”.
Tras graduarse del ITAM, esa brújula social la llevó a Bangladesh para realizar un internado en el Grameen Bank con el Nobel Muhammad Yunus. La experiencia fue un choque cultural. Llegó a Daca y su maleta no apareció. Durante días tuvo que navegar la caótica ciudad, comunicándose a señas para comprar ropa básica, enfrentando una pobreza que hacía ver a la de México como algo manejable. La enviaron a una oficina rural donde conoció a una mujer que le contó cómo su vida había pasado de una choza de paja a una casa de lámina, con una vaca y un tractor, gracias a un microcrédito que nunca dejó de pagar, ni siquiera bajo las peores inundaciones. “Ahí entendí que el acceso al financiamiento es, literalmente, la diferencia entre el estancamiento y el progreso para una mujer”, recuerda.
A su regreso, Merodio se volcó al sector público, pero siempre desde la trinchera de los datos. Trabajó en Sedesol y en el IMSS bajo el mando de figuras como Ernesto Cordero, Pepe Toño González Anaya y José Antonio Meade. En el Seguro Social, su obsesión era la eficiencia: medir cuánto tardaba un paciente en urgencias desde que cruzaba la puerta hasta que era atendido. Entendió que la medición no es un ejercicio burocrático, sino una herramienta para mejorar la dignidad del servicio.
Después fue a Harvard. Ahí, en la maestría en Administración Pública y Desarrollo Internacional, recibió una lección que aplicaría el resto de su carrera: para que una política funcione no basta con que sea “técnicamente correcta”. Si no es “políticamente viable” y “administrativamente factible”, se queda en el papel. “Los datos no son suficientes por sí solos; hay que saber venderlos, acercarlos a la gente y generar respaldo político”, reflexiona.
Su etapa en el INEGI coincidió con uno de sus mayores retos personales y académicos. Decidió hacer el doctorado en la UNAM –un regreso a las raíces familiares– mientras trabajaba, viajaba constantemente a Aguascalientes y criaba a dos niños pequeños. Entonces llegó la pandemia. Las clases se volvieron virtuales y el hogar se convirtió en una olla de presión. “Hubo momentos en que pensé en dejarlo, pero el doctorado se convirtió en el tiempo para mí. Encerrarme a leer y escribir sobre imágenes satelitales era mi refugio frente al caos”.
Su tesis doctoral nació de la indignación. Al ver las inundaciones en Tabasco y las imágenes del presidente sobrevolando la zona en helicóptero para decidir a quién apoyar, Merodio pensó que no podíamos depender solo del ojo humano. Se enfocó en usar algoritmos de machine learning e imágenes espaciales para identificar zonas afectadas y cruzarlas con los datos del censo. Así, el Estado podría saber exactamente cuánta gente vive en una manzana inundada y qué ayuda necesita, sin intermediarios ni cálculos aproximados.
Hoy, Paloma Merodio ha dado un giro hacia la iniciativa privada como directora de datos en AT&T. El cambio cultural fue drástico. Al llegar, se enfrentó a un tsunami de información digital que la hizo exclamar, medio en broma: “¡Apáguenlo! ¿Qué vamos a hacer con todo esto?”. Hoy está fascinada. Lidera el proyecto Data for Good, donde utiliza la información de la red para temas de ciudadanía digital y conectividad.
–¿Qué hace una economista social en una empresa de telecomunicaciones?
–Entender que la conectividad es el nuevo nombre de la justicia social. Hoy, si no tienes conexión, estás fuera de la salud, de la educación y del mundo. La brecha digital es la nueva marginación.
Para Paloma Merodio, el mar que tanto apasiona a su padre –un abogado marítimo que siempre lamentó que México no tuviera una flota mercante propia– se ha transformado en un océano de datos. Ella no navega, pero utiliza la tecnología para cartografiar las desigualdades y tratar de cerrarlas, convencida de que la inteligencia artificial solo tiene sentido si, al final del día, ayuda a que una madre en una zona remota pueda conectar con una posibilidad que antes le estaba negada.