La historia de María de Haas es la de una tercera generación de migrantes europeos. De ahí el apellido holandés que heredó, que significa conejo. Su abuelo vino a México para dirigir KLM Latinoamérica e inauguró en los 60 el México-Ámsterdam. De Haas proviene de una familia de aviación civil: su padre fue piloto; se retiró con 28 mil horas de vuelo, y su madre fue sobrecargo de Mexicana de Aviación. Como tenía que ser, se conocieron en el aire. Por eso, María de Haas tiene una filia especial por la seguridad aeroportuaria y las aerolíneas. Su familia materna, los Matamoros, descienden de Mariano Matamoros, el prócer de la patria.
A los 15 años, De Haas le preguntó a su papá si podía ser piloto y él le dijo que aún no era una posición de empleo para mujeres.
Como sus padres se separaron cuando era muy pequeña, tuvo una infancia “con poca supervisión”, lo que la dejaba con la libertad de hacer prácticamente lo que quería. Su mamá después fue maestra de inglés. En toda la línea de mujeres de su familia, María de Haas fue la primera en obtener un título universitario.
Haber crecido con una supervisión lejana repercutió de manera definitiva en su personalidad. Fue una lectora precoz y pudo ver películas que no eran aptas para su edad y elegir cualquier clase de música, lo que la convirtió en una mujer ecléctica. Sin limitaciones o disciplinas impuestas sobre lo que “debía ser”, siempre fue dueña de su voluntad. Eventualmente, el Derecho apareció como una forma de justificar esa voluntad libre e insertarse en un sistema de normas. En su casa, compartida con un hermano mayor que es editor y artista, siempre hubo libros y arte.
De Haas estudió en la Universidad del Valle de México y, siguiendo el consejo de su madre, nunca ha dejado de estudiar. Hizo una maestría en Asuntos Internacionales en la Universidad Anáhuac, también una especialidad en Política y Seguridad Internacional y un doctorado en Administración Pública, cuya tesis está en proceso. Su madre sueña con verla convertida en embajadora. Para avanzar en ese camino, pasó por el Instituto Matías Romero, bajo la tutela del embajador Alfonso de María Campos, mientras estudiaba simultáneamente Seguridad Nacional en el ITAM.
Se especializó en seguridad nacional y durante siete años dio clases en el sistema educativo militar, principalmente en la Escuela Superior de Guerra; muchos de sus alumnos hoy son generales. Dejó la docencia cuando la “descubrió” Marcelo Ebrard, y se retiró con el mérito docente de la Sedena. Cursó también la maestría en Administración Militar en el Colegio de Defensa Nacional y fungió como una de las asesoras civiles de la Sedena al inicio del sexenio pasado.
Su preparación incluye el Programa para Altos Ejecutivos en Seguridad Nacional e Internacional por Harvard Kennedy School, de Washington, así como seminarios en Instituciones Políticas de Estados Unidos y Relaciones México-Estados Unidos, por la Universidad de California, en San Diego, y se certificó en Migración y Procedimiento Penal de Estados Unidos de América, por la Universidad de Arizona, herramientas que considera clave para descifrar la compleja relación bilateral.
El entonces canciller Marcelo Ebrard la buscó después de ver una entrevista suya en el Canal del Congreso, en la que ubicó al tráfico de armas como una amenaza a la seguridad nacional. María de Haas llegó con la propuesta de insertar el tráfico de armas en la agenda bilateral bajo un principio de estricta reciprocidad frente a las presiones de Estados Unidos por el fentanilo. Su rigor académico le permitió diseñar escenarios estratégicos para el litigio del gobierno mexicano contra las empresas armadoras estadounidenses.
Ebrard la incorporó formalmente y pronto ascendió a la Dirección General de Asuntos Especiales, un eufemismo institucional para referirse a la seguridad binacional. Fue la primera mujer en ese cargo, y también la primera mujer secretaria técnica de la Comisión Bicameral de Seguridad Nacional en el Congreso. Desde Asuntos Especiales, María de Haas lidió con temas de lavado de dinero, ciberseguridad y narcotráfico. Ahí aprendió lo que denomina “dos bellas artes”: saber leer la verdadera agenda estadounidense más allá de sus palabras, y decir “no” para defender la soberanía.
En un momento tan delicado como el que atraviesa la relación bilateral, María de Haas busca cómo mejorarla. En parte, sostiene, vuela bajo por “malentendidos institucionales”. A la abogada le gustaría contribuir con su experiencia para lograr un manejo estratégico y profesionalizado de la seguridad, la diplomacia y la economía, y evitar los riesgos que conllevan las curvas de aprendizaje de los perfiles netamente políticos.
Sostiene que sí se puede poner límites a Estados Unidos mediante el diálogo estratégico. Frente a dilemas como el que atraviesa la mandataria –el de la extradición–, afirma que el discurso extranjero solo domina si se generan silencios; por eso, dice “es indispensable sostener siempre la narrativa de la soberanía”. Se define como un perfil técnico, ajeno al compadrazgo y consolidado a base de trabajo, lista para “generar un discurso determinante que le abra a México más puertas de las que le cierra”. Aunque eso, es solo el principio.