El peso colombiano se ha apreciado alrededor de 7 por ciento con respecto al dólar desde que Abelardo de la Espriella ganó las elecciones primarias contra el candidato socialista – oficialista, Iván Cepeda, del partido Pacto Histórico. Sé, por una remesa mensual que envío a la República de Colombia, que hace un año el peso colombiano (COP) se compraba a 210 COP por MXN. La remesa del 1º de octubre la compré a 176 COP por MXN. 16 por ciento de depreciación de la divisa mexicana respecto a la colombiana en un año.
El 2 de octubre, viernes, el Real brasileño tenía un tipo de cambio de 1 BRL = 3.484 MXN. Para ayer, 6 de octubre, el Real alcanzó un precio de 1 BRL = 3.612 MXN; 3.7 por ciento de apreciación. Casi todo el efecto ocurrió el lunes.
Para los capitales internacionales, los golondrinos y los elefantiásicos, el mundo emergente se ve igual. Es una ecuación de riesgo y rendimiento. Si el rendimiento es bueno en Estados Unidos, nos quedamos allá, porque estamos ganando dinero bajo el amparo de las cortes de Nueva York, que son amigables con el capital. Si el rendimiento se pone malo en Estados Unidos, hay que buscar riesgo en el mundo. Bajo esa lógica, Brasil y Colombia se ven buenos, porque parece que serán gobernados por partidos e ideologías proclives a defender los derechos de propiedad.
México no se ve apetitoso para el capital internacional, por varias razones. El gobierno en la mañanera te dirá que es porque somos humanistas, y redistribuimos el ingreso. Los capitalistas malos no quieren que el gobierno bueno le entregue lo que es justo al pueblo sabio e igualmente bueno, y que al final, no importa tanto que no haya inversión. El gobierno no cejará en su labor de generar justicia social.
Pero ese no es el problema. El gran capital no le importa que el Estado use lo que cobró en impuestos para ayudar a la gente. Muchas veces lo aplaude; una población sana y educada trabaja mejor y consume más. El capital huye de lugares como México porque huele la corrupción y las instituciones frágiles. Cuando permites que una familia conocida por la extorsión inmobiliaria, de cuyo nombre no quiero acordarme, capture la Suprema Corte y el Gobierno de la Ciudad de México, los capitales financieros y físicos por igual prefieren Brasil, Colombia, El Salvador y Argentina, por encima de México. Eso aprecia las monedas de esos países, y deprecia el peso de México.
América Latina es muy proclive a la oscilación. Damos bandazos entre izquierda y derecha. Quizá lo único que diferencia a México es que no ha habido dictaduras militares. Hoy hay un Estado de excepción en México. Estamos en un gobierno militarizado, donde hay tolerancia a criminales. No es la redistribución a los más pobres de la sociedad lo que preocupa a los inversionistas; es el autoritarismo y el abuso del sistema. Les espanta la posibilidad de que cambien las leyes, o que un gobierno ataque los derechos de propiedad, y se quede con las acciones o los fierros del sector privado. Si los soldados mandan más que los jueces, la paranoia es mayor. Si el crimen opera con impunidad, el capital huye de México, lógicamente.
Antes de la crisis del Tequila (1994), la mayoría de los gobiernos de la región tenían tipos de cambio fijos y semifijos. Creaban crisis de corrección cambiaria repentinas, cada cuatro o cinco años. El tipo de cambio no arrojaba señales útiles para el inversionista.
Después de 1994, la mayor parte de los países flotaron sus monedas, y el mercado cambiario ayuda a identificar malas y buenas políticas económicas. En el Perú, la economía está desconectada de la volatilidad política. La política peruana es un escándalo, mientras que su moneda (sol peruano; PEN) se apreció casi 17 por ciento respecto al dólar en los últimos 5 años. La economía creció 4.5 por ciento por año.
La flexibilidad cambiaria ha hecho que el tipo de cambio mida la calidad de la política económica. En México, la política económica lo ha depreciado. El superpeso fue una anomalía temporal. Las inversiones de Slim y las 25 familias no son problema. Ellos van a seguir invirtiendo en México, porque saben que pueden protegerse del gobierno. Siempre hay una Altagracia que resuelve los problemas.
El inversionista pequeño o extranjero, que no puede capturar el gobierno, se va. Mejor se van a países donde puedan defender su propiedad. Esos pequeños inversionistas suman grandes capitales norteamericanos en Sao Paulo, Bogotá o Houston, cuyo destino natural era México.