En la semana que pasó, el tipo de cambio entre el peso mexicano y el dólar tuvo una corrección. Ya el dólar está a 18 pesos mexicanos. La corrección era de esperarse; este tema del superpeso era una anomalía temporal. Hacer pronósticos del tipo de cambio es un ejercicio inútil, porque hay muchas variables que influyen en el mercado cambiario.
Es una buena cosa, eso sí, que la política económica en México no ha ido por el derrotero de buscar controles cambiarios, o establecer una política de tipo de cambio fijo, como existía antes de la administración del Dr. Zedillo. La economía mexicana tiene sus mecanismos de estabilización automáticos, y el mercado cambiario es uno de ellos. Enhorabuena, Hacienda y Banco de México.
Dicho esto, la atonía mexicana, como le decía el presidente Echeverría a la ralentización del crecimiento, está llegando a límites ridículos. Echeverría vio como el crecimiento del PIB del Desarrollo Estabilizador, cercano y debajo del 10%, se movían en su administración a 4-5%. Hoy estamos hablando de un promedio anual de 0.9 por ciento por año. En términos per cápita, el ingreso está creciendo entre 0.15 y 0.25 por ciento. Eso implica que duplicaremos nuestro ingreso en términos reales, en 250 a 500 años. El panorama de largo plazo es muy malo.
El problema es que nuestro desastre económico ocurre en cámara lenta. Este 28 de septiembre, el exsubsecretario de Hacienda, Dr. Alejandro Werner, publicó una nota muy interesante en su blog del Peterson Institute for International Economics (PIIE). Resumo aquí algunos puntos, pero le recomiendo que lo lea. No tiene desperdicio.
Dice el Dr. Werner: “Aunque los fundamentos económicos [de México] se están deteriorando, no hay banderas rojas en el horizonte. Con un ojo en la probabilidad de reelección del partido [de la Dra. Sheinbaum] en 2030, y sin enfrentar retos financieros inminentes, [el gobierno] podrá evitar reformas duras en las agendas fiscal, energética o de crecimiento, y esa probará ser una estrategia ganadora. Por ello, el escenario más probable de aquí al 2030 es el mismo: bajo crecimiento, redistribución [del ingreso], estabilidad financiera, y nada de reforma estructural”. (Traducción libre de su columnista).
Desafortunadamente, no hay prisa de nada. México puede perder el grado de inversión con las calificadoras, y aun así seguirá participando en los mercados internacionales de deuda. No podrá financiarse al 9.3 por ciento actual a 10 años; más bien enfrentará una tasa parecida a la colombiana (12.7) o la brasileña (14.2; todas de The Economist y Haver Analitics, Septiembre 24, 2024).
El Dr. Werner reconoce que habrá presión derivada de las pensiones y el gasto en salud, el gran diferencial entre la tasa de interés y el crecimiento económico. Sin embargo, con bancos bien capitalizados, buen nivel y crecimiento de las reservas internacionales, y una cuenta corriente que se espera que esté en equilibrio para el 2026, el ahorro interno será suficiente para financiar el déficit. Aunque México llegue a niveles de deuda cercanos al 60 por ciento del PIB, y pierda el grado de inversión, México mantendrá su acceso al mercado de bonos y su capacidad de financiar sus gastos y déficit.
En comercio nos ha ido bien; incluso, comparados con otros competidores en el mercado americano, nos ha ido espectacularmente, a pesar de la incertidumbre comercial que genera el presidente Trump. Banxico ha mantenido su independencia. Todo ello contribuye a una estabilidad financiera que permite a la administración Sheinbaum darse el lujo de no hacer reformas estructurales.
Quizá, la necesaria crisis podría venir en la forma de un déficit presupuestal fuera de control, pero con un poquito de disciplina fiscal, el gobierno de la doctora no enfrentará vientos de tormenta. Incluso, dice Werner, “el esquema cuasifiscal de infraestructura” (v.g., financiada por el sector privado), añade a las obligaciones de mediano y largo plazo del Gobierno de México, pero también retrasa la posibilidad de una crisis.
“No hay que dejar desperdiciar una crisis”, era la frase de Rahm Emmanuel, asesor de Obama y exalcalde de Chicago, dicha durante la crisis de 2008-9. La crisis tiene una raíz común con la palabra “criba”. En las crisis, separamos lo que sirve de lo que no. Sin crisis, la Dra. Sheinbaum podrá llevársela leve sin tomar decisiones económicas fuertes. Esas le tocarán a quienes la reemplacen a ella y a su equipo en el gobierno después de 2030.