The Economist, el semanario británico, normalmente me sorprende porque sus artículos son mucho más inteligentes que los de la mayor parte de la prensa mundial. Juan Pardinas, ese maestro artesano de palabras de todos los que pasamos por el IMCO antes de 2018, me explicó un día que cada artículo de la casa editorial británica pasa por 6 a 8 pares de ojos antes de publicarse. Periodistas, redactores, economistas, pedagogos, historiadores y expertos temáticos, por ejemplo, contribuyen para convertir una pieza mediana en una obra de arte editorial.
Sin embargo, de repente salen con alguna nota ramplona, y ese fue el caso recientemente. El artículo que comentaré está al menos incompleto, o le faltan consideraciones y análisis. Está fechado el 9 de abril. “Un truco limpio para acabar con la pobreza extrema”, es el título.
La respuesta que da el artículo es ingreso básico universal, pero no igual para todo el mundo. De acuerdo con el equipo editorial de The Economist, investigaciones recientes de Roshni Sahoo de la Universidad de Stanford sugieren que, hay que entregar diferentes cantidades de dinero al público, usando un algoritmo de aprendizaje de máquina. El monto de la transferencia estaría en función de la brecha de pobreza de la persona, tratando de reducirla al mínimo posible. El algoritmo trataría de reducir, eventualmente hasta cero, la probabilidad de que alguna persona se quede por debajo de la línea de pobreza después de la intervención.
Habrá que leer el documento del investigador Sahoo, de Stanford. Estaría buenísimo saber qué opina al respecto un experto de verdad, como Gonzalo Hernández Licona, quien ahora trabaja en el Centro de Estudios Espinosa Yglesias. (Por cierto, felicidades al CEEY y a Gonzalo; excelente fichaje). Mi preocupación con una intervención como la descrita arriba, no considera la acción y motivación humanas, como dirían mis amigos liberales.
Por perfecto que sea el algoritmo sahooiano, el ser humano encuentra la forma de sacar ventaja de cualquier esquema de beneficios sociales. Seguramente, el algoritmo se encontrará con escenarios no previstos y gente que cambia su ubicación, identidad y método, para hacerse del subsidio. Seguramente habrá quien logre apoderarse del subsidio de otros. Existirá algún agente político a quien le caiga el veinte (frase del siglo ídem), y ponga una fábrica de pobres que engañe al algoritmo en cada ciclo de entrega de recursos.
El trabajo de Sahoo mencionado, calcula que, bajo la línea de 2.15 dólares por día, costaría 0.3 por ciento del PIB global reducir la pobreza a solamente 1 por ciento de la población. Aun usando la nueva línea del Banco Mundial, en 3 dólares, la cuenta sube a medio punto porcentual del PIB global. También, el 60 por ciento de gente encuestada en países ricos estaría dispuesta a ceder 0.5 por ciento de su ingreso para abolir la pobreza.
Dicen los periodistas londinenses: “la cuenta no es fija porque conflictos como el iraní o el ucranio suben el costo de cosas esenciales como comida y energía, lo cual hace más largas las filas de los pobres”.
México optó por dar transferencias no condicionadas a partir del gobierno del Lic. López Obrador. Las transferencias antes (desde el presidente Salinas, marca “Solidaridad”) estaban condicionadas. Te daban un poco de dinero si eras pobre, pero ese dinero se entregaba a cambio de que mandaras los niños a la escuela y los llevaras a consultas médicas en tu centro de salud. De esa forma, podía medirse si la gente estaba saliendo de la pobreza o no. Ese diseño de subsidio, creado por Santiago Levy, considera en su construcción la voluntad y motivación humanas.
El subsidio lopezobradorista aspira a llegar a todos los hogares de México. No está condicionado. Tiene un sesgo urbano. Un efecto que no consideraron, si es que hubo alguna planeación, es que el incremento en la demanda agregada presionó los precios de la comida y otras cosas. Ojo, no es inflación solamente, que también hay, y seguirá existiendo, si la política monetaria continúa siendo laxa. Las transferencias marca “Bienestar” cambiaron los precios relativos de alimentos, medicinas, energéticos, educación, no solamente por factores de oferta. También las cantidades demandadas cambiaron cuando los hogares tuvieron más ingreso.
Hay problemas que se resuelven con recursos. Son los más fáciles. Otros problemas de la pobreza, como el constructo social o el estado mental que te mantienen en ella, requieren más que dinero para resolverse.