Costo de oportunidad

De la escuela de Groucho

Cuando la deuda llega al 60% del PIB los mercados castigan. Brasil, Colombia y Sudáfrica lo vivieron. México va en esa dirección y no está creciendo.

En algún número cómico, uno de sus hermanos le dijo a Groucho Marx que un asunto era tan simple, que cualquier niño de cuatro años podría entenderlo, a lo cual Groucho replicó: “Entonces tráiganme un niño de cuatro años”. Es una puntada bonita para platicar del optimismo reciente que he leído en el ambiente, especialmente de analistas mexicanos que escriben en El Financiero igual que yo, o amigos que manejan fondos de inversión. Muchos de ellos tienen un tono optimista respecto a la calificación de riesgo soberano de México, y dicen que no deberíamos preocuparnos.

Al menos un participante en el mercado de calificación de valores, platicando del tema en días recientes, me confirmó que el precipicio de la calificación crediticia es real. En una presentación de Pedro Aspe que anda circulando por ahí, el exsecretario de Hacienda y doctor en economía por el MIT tiene una lámina brutal. Cuando llegas al 60 por ciento en el cociente de deuda sobre PIB, los mercados de capitales te castigan; las calificadoras te castigan. Colombia, dice el documento del Dr. Aspe, perdió el grado de inversión en 2021 cuando llegó a 60% en deuda/PIB, Sudáfrica en 2020 y Brasil en 2015.

Claro, ahí siguen mi país natal Colombia con su presidente guerrillero negacionista de las elecciones en primera vuelta, y también Brasil con su sindicalista expresidiario que decide los destinos de la Nación, y Sudáfrica con su 32 por ciento de tasa de desempleo. Por supuesto, como todo en la vida, siempre puedes estar peor; desnudo, en la calle, sin llaves y lloviendo. Pero, las consecuencias son reales. Los países que no pueden probar al mercado de bonos que son productivos y que eventualmente van a pagar sus deudas, acaban pagando tasas más altas, el tipo de cambio tiende a depreciarse, el poder adquisitivo se deteriora, y se perjudica aún más la tasa de crecimiento económico.

Ahora, el calificador de deuda que menciono dos párrafos atrás, prefiere que los trancazos gubernamentales se los lleven otros, y mantiene su perspectiva “estable”. Pero, los argumentos de Aspe y otros pesimistas racionales son muy contundentes: el gasto público no está mejorando la productividad. Difiero ligeramente del Dr. Aspe en el gasto de los hogares: las familias son más eficientes para gastar que el sector público. Pero, a pesar de que disfruten sus transferencias marca “Bienestar”, tienen un problema real de coordinación para equipar el hospital público local, elevar la calidad de la educación pública o las condiciones salariales de los policías. Ese problema lo medio resolvía el gobierno antes, y ya no. Los 3 puntos del PIB que el gobierno le está entregando a la gente han salido de un proceso de atrición (matar de hambre) a los sectores salud, educación y seguridad pública. Mientras tanto, los verdaderos elefantes blancos, como Pemex y el Tren Maya, han generado pérdidas.

Platicando con otro conocido del sector bancario cuyo trabajo es hablar con inversionistas extranjeros día y noche, me contó que se encuentra remando duro para convencer a fondos de que inviertan en infraestructura, sector que tradicionalmente no tenía problemas de atracción de capital. Obvio, cuando el gobierno manda la señal de que ante un choque de precios como el que vivimos hoy en el petróleo, vas a pasarle la cuenta al sector privado, el gran capital invierte en otro lado.

Los anuncios de la IED en niveles récord están muy bien, pero hay que pensar que la IED es una séptima parte de la inversión privada. La inversión de mexicanos, como ha leído usted en esta columna, hoy prefiere estar en otros lugares, como Estados Unidos. Como bien explicó O’Farrill el lunes en su columna de El Financiero, la mayor parte de la IED es reinversión de utilidades. No hay casi dólares y euros nuevos.

El gobierno va a tener que hacer más que “pasar de panzazo”. No estamos en una crisis de corto plazo, como las de los 90, de liquidez. Es más: el corto plazo se ve bien. Comercio exterior en niveles récord, buenos niveles de tributación, deuda neta comparativamente baja con otros países, reservas internacionales altas. Aún así, la confianza de largo plazo no levanta. Es algo estructural ya.

La prueba de la risa es que no estamos creciendo, ni en productividad, ni en confianza del inversionista, ni en ingreso, gracias a nuestro marxismo de la escuela de Groucho, que no entiende argumentos aptos para niños de cuatro años. Ojo: cuando el niño cumpla ocho, en 2030, si las políticas no cambian, seguiremos igual.

COLUMNAS ANTERIORES

Usted y su investigación
Adiós a los nietos

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.