Costo de oportunidad

Mi asistente digital

En un mundo donde las TI son ubicuas, el potencial que tiene la IA para potenciar las capacidades de comunicación entre humanos y dispositivos electrónicos es casi ilimitado.

Durante dos décadas trabajé en ambientes institucionales, donde hay otras personas que son especialistas en los temas que uno no domina. Uno acaba dando por sentado todo el trabajo que está atrás de que la información que uno recibe esté adecuadamente seleccionada y destilada. Ruego que no me malinterprete, querida lectora, apreciado lector; siempre me he preciado de arrastrar el lápiz (pegarle al teclado) por ser equitativo, y por no quedarme atrás en el uso de las tecnologías. Confieso, sin embargo, que muchas tecnologías ya me rebasan. Por mucho. Hasta que llegó ChatGPT y me ayuda con los detalles enojosos de algunas cosas.

Por ejemplo, las gráficas. Excel es muy básico para la producción de gráficas. Como los datos vienen de una hoja de cálculo, y no tenemos todas las fórmulas enfrente, en el mismo lugar, la posibilidad de cometer errores es alta. Además, si uno quiere ponerle detallitos a la gráfica, como alinear los títulos, poner notas encima de cada barra, o hacer mapas bonitos con datos, Excel se queda corto. Por ello, mis colegas jóvenes siempre han traído a la mesa nuevas cosas. Hace 20 años usé una versión de un paquete estadístico llamado R, que hoy es casi el estándar para todo lo que tiene que ver con estadística. Gente más joven y lista que yo para estas cosas usan R como magos. A mí nunca me salen las gráficas bonitas. Pero, ahora que ahí está ChatGPT, puedo preguntarle cosas muy específicas para embellecer mis gráficas, y me da muy buenas sugerencias.

Es muy bueno para revisar trabajo humano, pero a veces miente, o le da flojera procesar, o quizá tiene muchas ganas de complacer. Le doy una lista de municipios, y le pregunto: “¿Estos son todos los municipios de Coahuila?”, solamente para calarlo. Ya sé que faltan algunos. Me dice “sí, son todos”, y le respondo: “no, no son todos. ¿Puedes identificar los que faltan?”. Inmediatamente me ofrece una disculpa y hace el trabajo de darme los faltantes.

Como si se tratara de un colega muy joven e inexperto, hay que revisar su trabajo. Pero ayuda enormemente a cuestionar los supuestos e ideas preconcebidas que uno puede tener sobre un tema. En ciertas cosas, como revisar la consistencia de una ecuación, es extraordinario. Hay otras cosas en las que puede que se quede corto, pero ayuda al humano a avanzar. Esto es especialmente cierto en el trabajo técnico, por ejemplo, en los distintos lenguajes computacionales. Uno puede ofrecerle algunas líneas de código a ChatGPT, decirle lo que uno está tratando de lograr, y la máquina devuelve código corregido y aumentado, que no siempre funciona, pero que trae a la mesa una nueva forma de hacer las cosas.

En ciertas cosas, como escribir una novela o delinear una estrategia para una empresa, no habrá manera de hacer una comprobación inmediata de si lo que sugiere ChatGPT podría resonar con la gente que toma las decisiones, o de saber si la novela será buena. Con el trabajo técnico computacional, es muy fácil e inmediato corroborar si lo que sugiere ChatGPT funciona o no. En un mundo donde las tecnologías de la información son ubicuas, el potencial que tiene la IA para potenciar las capacidades de comunicación entre los seres humanos y los dispositivos electrónicos es casi ilimitado.

Aunque yo le pida a ChatGPT que escriba un contrato por mí, si ese contrato no me gusta, o no le gusta a mi contraparte, o nadie lo lee, lo que ocurrirá es que perderemos el control de lo que queremos hacer con nuestro trabajo, con el orden jurídico, o con el desarrollo posterior de la tecnología. Claro, siempre podemos contratar un asistente de 14 años; esa es la edad mínima para trabajar en México. Lo que no sería sensato sería encargarle la empresa completa, con todas sus decisiones, por inteligente que sea, a esa joven persona.

La pregunta no es si estas tecnologías son hiperpeligrosas. Siempre puede uno cortarse una mano con una herramienta, o morir atropellado por un coche, o echar a perder años de vida por una decisión mal tomada. Tampoco la pregunta es si deberíamos prohibir la IA para que no nos quiten el empleo. La pregunta es cómo nos hacemos más productivos con ella. Quizá perdimos el control de otras tecnologías en el momento en que ya no entendemos cómo funcionan. ¿Un ingeniero en los 60 que usaba regla de cálculo entendía mejor los conceptos que uno de hoy que usa computadora? Nunca hay que perder de vista cómo funcionan las cosas, por más que haya un especialista, humano o robot, que nos insista en que no nos preocupemos por eso.

El autor es asesor en Agon Economía Derecho Estrategia, Consejero MUCD.

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