Como usted sabe, hubo elecciones en Brasil este fin de semana, y el opositor Flávio Bolsonaro obtuvo una ligera ventaja sobre el actual presidente, Luiz Inácio Lula da Silva. Las encuestas indicaban lo contrario, tres o cuatro puntos a favor de Lula, pero la votación fue claramente a favor de los partidarios de Bolsonaro, que arrasaron el Congreso y las gubernaturas. Aunque habrá una segunda vuelta en tres semanas, se ve difícil que Lula pueda recuperarse, tanto porque Bolsonaro recibirá el apoyo de varios candidatos derrotados, como por la barrida mencionada.
Esta elección confirma lo que hemos visto ya muchas veces: los electores enfrentan una decisión entre dos malas opciones. Lula tiene muchos seguidores en México, pero visto fríamente, fuera de sus dos primeros periodos presidenciales, las cosas no le han salido bien. Ni en este tercero, ni con su sucesora, ni estando fuera del poder, cuando fue procesado por corrupción. Del otro lado, lo mismo, Bolsonaro está ahora en prisión domiciliaria, después de promover una reacción contra el triunfo de Lula que se quedó cerca de ser un golpe de Estado, y tanto sus hijos como muchos colaboradores defienden políticas poco populares, especialmente entre los grupos menos favorecidos.
Lo mismo ocurrió en Colombia, donde había que decidir entre Abelardo de la Espriella, ganador, y el elegido por Gustavo Petro. Lo mismo había pasado en Argentina, donde las opciones eran Javier Milei y el peronista Sergio Massa. Para que no diga que nada más nos quedamos en el subcontinente, tampoco era una decisión fácil entre Donald Trump y Joe Biden, o después, Kamala Harris. Supongo que para muchos esto se simplifica ideológicamente, optando por esa izquierda y derecha que hace tiempo no significan nada, pero siguen sirviendo de ancla para no pensar. Así, Lula, Petro, Massa y Harris son adalides de la igualdad, frente a Bolsonaro, De la Espriella, Milei y Trump, faros de libertad. Y ciertamente alrededor de esos dos temas construyen sus discursos, e incluso a veces sus decisiones, pero los partidos que encabezan son armatostes burocráticos dedicados a obtener espacios, y sus personalidades tienen rasgos que los harían inelegibles para un puesto de dirección en empresas privadas. Y no me vaya a decir que Trump es un gran empresario.
Este fenómeno de muy malas opciones parece haberse desatado después de 2009. Como hemos platicado en varias ocasiones, la transformación de la tecnología de comunicación iniciada con las nuevas redes sociales (2006) y el teléfono inteligente (2007) estalló con la Gran Recesión. A partir de 2009, en todas las democracias, la gente empezó a abandonar a los partidos tradicionales. Lo que ofrecían, un puñado de políticas públicas para resolver “problemas nacionales”, ya no tenía sentido cuando las personas se agrupaban en torno a una multitud de temas muy diferentes, que he calificado como islas: ambientales, de género, bikers, runners, peatones, defensores de perros y gatos, lo que usted quiera.
En ese hiato entre electores y partidos surgieron los nuevos líderes políticos, más bien “influencers”, que tienen la habilidad de navegar entre isla e isla, ofreciendo a cada quien lo que quiere, sabiendo que jamás lo cumplirán. Se requiere una personalidad de embaucador para ello, y por eso somos testigos del deterioro del liderazgo político. Es global, pero también es local.
Rumbo a 2027, eso justamente veremos, en todas las elecciones que tendremos en México, para casi 20 mil puestos de elección. Ya lo puede usted empezar a ver en las candidaturas a gobernador, que Morena enmascara como “coordinadores”, pero que ya han provocado que la oposición reaccione. Vamos a ver mucha más oposición de la que parece, y le va a costar trabajo ganar a Morena. No dudo que intenten robarse las elecciones, para eso controlan INE y TEPJF, pero eso ya será una dinámica posterior. Lo que sí conviene tener claro desde hoy es que las opciones no serán maravillosas. Ni se queje, es lo que hay.