Fuera de la Caja

Lo duro y lo tupido

En la encuesta de especialistas que realiza el Banco de México, publicada la semana pasada, hay un ligero incremento en la expectativa de crecimiento, de 1.3 a 1.4% para este año, pero para el próximo se mantiene como antes, en 1.8%.

Desde hace algún tiempo, las discusiones acerca del comportamiento de la economía se han vuelto un poco bizantinas, como suelen decir de aquellas en las que por muy pequeñas diferencias se producen grandes alharacas. Después de cuatro datos un poco excepcionales (octubre y diciembre del año pasado, marzo y julio de éste), algunos encuentran un cambio de tendencia, mientras otros ven golondrinas que no hacen verano. En la encuesta de especialistas que realiza el Banco de México, publicada la semana pasada, hay un ligero incremento en la expectativa de crecimiento, de 1.3 a 1.4% para este año, pero para el próximo se mantiene como antes, en 1.8%.

Por otra parte, se insiste en que no hay crisis, y que además no hay focos rojos en el horizonte, pero se reconoce que el estancamiento en que nos encontramos tampoco parece tener un final cercano. Esta columna ha insistido mucho en la crisis fiscal, porque la espiral en la que entramos desde 2022 terminará en un ajuste, cada vez más cercano, pero la idea no ha tenido mucha resonancia. Da la impresión de que muchos colegas, más que esperar un choque externo que desate ese ajuste, esperan un milagro que altere el curso de la economía y de las finanzas públicas.

Para dar su justa dimensión a estos temas, creo que una comparación con crisis anteriores puede ser útil. Utilizando el indicador coincidente que produce INEGI, se puede medir el ajuste que esas crisis han implicado en relación con la tendencia de largo plazo de la economía. Ésta, medida desde 1980 hasta 2018, arroja un crecimiento anual promedio de 2.5%, o de 2.1% si se mide desde 1986. Comparando con esta última, las tres crisis recientes han provocado una reducción de 22, 21 y 18 puntos. Me refiero a la ocurrida a inicios del siglo debido a la recesión “dot com” en Estados Unidos que, sumada al ingreso de China a la OMC, nos costó esos 22 puntos en una caída que duró 38 meses, de julio de 2000 a septiembre de 2003. La segunda, también de origen externo, es la Gran Recesión, que de mayo de 2006 a agosto de 2009, 39 meses, nos quitó 21 puntos.

La tercera es muy diferente. No tiene su origen fuera de México, de manera que es la primera provocada por malas políticas económicas desde la ocurrida a fines de 1994. En esta ocasión, el detonador fue la cancelación de la construcción del aeropuerto, y hasta este mes de julio ha tenido un costo de 18 puntos, repartidos en 103 meses, porque el punto máximo previo ocurrió en diciembre de 2017.

Los dos golpes previos fueron seguidos por una economía en lento crecimiento, pero el actual no parece haber tocado aún fondo. Mientras el crecimiento se mantenga por debajo de ese 2.1% mencionado, el indicador coincidente seguirá en contracción. Supongo que no se le llama crisis porque en lugar de ocurrir en tres años, se acerca a cumplir nueve, pero su costo es similar a las dos ocasiones anteriores que, insisto, tuvieron su origen en choques externos, y no en malas políticas, como es el caso de la actual.

Al repartirse la caída en el tiempo, la sensación es muy diferente. No se acusa un golpe duro, sino muchos suaves. Si además consideramos que en medio ocurrió la pandemia, a la que siguió la burbuja dirigida a ganar las elecciones, es entendible que por un buen rato no se sintiera el deterioro. A cambio, la gran duración de este proceso me parece que provoca una sensación distinta: agotamiento, desánimo, y entre quienes creyeron en el merolico, desencanto. Y esto, antes del ajuste al que se encaminan las finanzas públicas. No se ha sentido lo duro, sino lo tupido. Cuando, además, venga lo duro, la reacción no creo que sea pacífica.

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