Fuera de la Caja

Cultura

La izquierda es atractiva en esa primera juventud y, si no se logra abandonarla pronto, se convierte en una forma de vida que impide ver la realidad, obliga al proselitismo y, conforme se acerca al poder se transforma en el cinismo que usted puede comprobar en todos esos intentos mencionados.

Tal vez usted recuerde la ocasión en que Enrique Peña Nieto asistió a la FIL de Guadalajara y le preguntaron acerca de tres libros que lo habían marcado. No podía responder, y fue motivo de burla popular. A mí me pareció un momento terrible, no por él, sino porque es una pregunta casi imposible de responder, a menos que uno nada más haya leído tres libros. Yo no podría responderla.

Pero sí hay libros que recuerdo por haber tenido un impacto en ciertas cosas. Uno en particular me permitió salir de una forma de pensamiento que suele ocurrir en la primera juventud y que atrapa a las personas por décadas. Precisamente lo que el viernes pasado califiqué negativamente: el comunitarismo que, desde la izquierda, se convierte en un evangelio, un conjunto de creencias básicas envuelto en una perspectiva moral. Se aprovecha el entusiasmo y la compasión naturales en esa época de la vida para sostener una ficción que propone construir un paraíso terrenal bajo la guía de la vanguardia iluminada. En todas sus versiones, durante ya más de dos siglos, esa ficción ha terminado siempre en tragedia. Pero no desaparece, porque es atractiva en esa primera juventud y, si no se logra abandonar pronto, se convierte en una forma de vida que impide ver la realidad, obliga al proselitismo y, conforme se acerca al poder se transforma en el cinismo que usted puede comprobar en todos esos intentos mencionados.

Ese fenómeno también ocurre “desde la derecha”, con resultados similares, pero siguiendo un camino distinto: el retorno a la religión, que no ofrece el paraíso terrenal sino una sociedad ordenada y compasiva, refractaria al cambio, subordinada a la guía del hombre fuerte. Por esa vía también se llega a la tragedia y también sobran ejemplos.

El libro que me obligó a pensar en esto, siendo joven, fue una novela de Émile Zola, que en español se publicó bajo el título de La Taberna. En francés, se llama L’Assommoir, que puede traducirse así, pero también como garrote o trampa. Es esto último lo que yo entendí de la novela, que se trata de la vida de una joven, llamada Gervaise, seducida y abandonada, que reconstruye su vida con cierto éxito, pero que es incapaz de salir de la miseria, envuelta en las presiones de su grupo social, las costumbres, el drama de la vida diaria.

En su tiempo, la novela fue criticada por cruda (eso era precisamente lo que Zola buscaba) y ha sido frecuentemente entendida como una crítica al alcoholismo, que juega una parte en las desgracias de Gervaise, pero no creo que la fundamental. Zola mismo insistía en eso. Tal vez por ello se optó por ese título en español y otros similares en inglés.

El gran logro de Zola es haber escrito una novela cruda, pero no moralina. Su gran virtud, en mi perspectiva, es describir el peso que la cultura tiene sobre las decisiones de las personas. Cultura entendida como ese tramado de reglas, costumbres y tradiciones que limitan las opciones que las personas pueden contemplar. Es lo que ahora los economistas llaman “instituciones”, pero que frecuentemente reducen a las leyes y por eso los análisis son tan limitados. De cierto modo, es también lo que en las visiones marxistas llaman “economía política”, asignando al poder todas las explicaciones. Puede usted encontrar lo mismo, en tiempos recientes, en los adefesios foucaultianos.

No son las leyes ni el poder lo que delimita centralmente nuestras decisiones. Por el contrario, son derivaciones de esas reglas, costumbres y tradiciones que venimos arrastrando. Es lo que se refleja en un dicho popular: “puedes sacar a fulanito del barrio, pero no el barrio de fulanito”. Entender esto, me parece, es fundamental para estudiar en serio a las sociedades humanas, su economía, su política y su historia.

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