Durante prácticamente toda la historia humana, la vida fue, como decía Hobbes, pobre, repugnante, bestial y breve. Siempre puede uno encontrar ejemplos en contrario, pero baste recordar que uno de cada cuatro nacidos moría antes de cumplir un año, y la mitad de los seres humanos no cumplía los 15. El crecimiento de la población era muy lento, lo mismo que la disponibilidad de bienes, especialmente la comida. El excedente producido por persona era muy pequeño, de forma que para obtener grandes riquezas se hacía necesario construir grandes sociedades. Lo logramos mediante la evolución de las creencias transcendentales que nos permiten cooperar más allá de lo natural.
En ese camino ampliamos nuestros grupos, la familia nuclear y extendida, o lo que los estudiosos llaman “banda”, que no excedía de 50 o 60 individuos, creando clanes alrededor de una referencia común (un antepasado, eventualmente un pequeño dios). La agrupación de varios clanes en un solo lugar, que obligó a la jerarquización de esos antepasados y dioses, promovió las relaciones de “igualdad” entre ellos. Eso es lo que Graeber y Wengrow celebran en su libro El amanecer de todo. Esa igualdad no debe confundirse con nuestra acepción actual, porque no se trataba de igualdad entre personas, sino entre clanes. Es de ahí de donde viene la célebre frase del código: “ojo por ojo, diente por diente”.
El tránsito a sociedades de grandes dioses transformó nuevamente las relaciones, y es entonces cuando el poder político (la combinación de fuerza, legitimidad y recursos) se impone sobre el resto. Es el tiempo de las ciudades-Estado y las repúblicas, después reemplazadas por los imperios monoteístas. En uno de ellos, gracias en parte a las políticas religiosas dirigidas a terminar con el poder de las familias, y en parte a grupos tradicionalmente individualistas, aparece una nueva forma de organización, que es el Estado moderno.
Ese Estado, en la versión triunfante desde mediados del siglo XVIII, parte de la idea de que todas las personas son iguales, en principio. Ese “todas las personas” solo incluye hombres, educados y ricos, en un inicio, pero dos siglos después ya incluye a todos. Esas personas son individuos, responsables de sí mismos, que pueden elegir gobernantes e incluso participar en el gobierno, que pueden acumular riqueza, que tienen derechos. Para que ese Estado funcione, el proceso de reducción en el número de dioses debe continuar, quitando al último que quedaba.
Por esa razón, ese Estado moderno trae consigo una mayor angustia que cualquier sociedad previa. Ya no hay la excusa de un dios que decidió quién gobernaba y quién no, a quién le tocaba qué riqueza, o qué derechos para qué personas. Hay que hacerlo todo. Ese tipo de sociedad, que florece entre anglosajones y nórdicos, es en el que se logra generar riqueza y conocimientos, como nunca antes. No es totalmente incompatible con otras sociedades provenientes del mismo monoteísmo, pero su avance es limitado en el sur de Europa, y por extensión, en este subcontinente que llamamos América Latina.
Nuestras sociedades se consolidaron hacia mediados del siglo XVII, estructuradas en familias, pueblos y corporaciones que no permiten el desarrollo de los individuos. Es más importante lo que piense la comunidad, y por eso se mantienen tradiciones como la mayordomía, que impiden la acumulación de riqueza. Estas estructuras y creencias están respaldadas por corporaciones como la academia, o los medios de comunicación, para no hablar de las religiosas. La izquierda sufre de este comunitarismo, especialmente la versión latinoamericana. Por eso en este continente ni se genera riqueza, ni se crea conocimiento, ni duran mucho las democracias. Pero lo que sí abundan son estudios de cómo la culpa no es nuestra, y cómo todo sería mejor si los autores tuvieran el poder. Llevamos dos siglos en eso.