Morena continúa nombrando a sus candidatos a las gubernaturas del próximo año, llamándolos “coordinadores” para fingir que la ley se cumple. Hace ya tiempo que las leyes electorales no se respetan, y ahora menos, con la colonización de los órganos relevantes, el INE y el TEPJF. Van nombrando en oleadas, al parecer empezando por las entidades menos complicadas, aunque en varios lugares ya hay conflictos. Es algo normal en los partidos políticos, especialmente en los poco disciplinados, como es el caso de Morena.
Según las encuestas, Morena tiene una intención de voto de alrededor de un tercio, aunque varía para cada caso. Necesita mantener su coalición con el PT y el Verde para acercarse a la mitad de la votación, y asegurarse de que la oposición no vaya unida. Aunque la opinión casi unánime de los colegas es que el movimiento va en caballo de hacienda, esta columna más bien percibe un jamelgo que va corriendo solo, todavía lejos de la fecha de la carrera.
En números, la intención de voto actual se parece a los tiempos en que el PRI ya venía en caída, hará cosa de 20 años, y no al imbatible de mediados de los 80. La fecha no es arbitraria: fue entonces cuando ese partido tuvo que recurrir al fraude generalizado, amparado en el control de los órganos electorales. El resultado fue un número creciente de conflictos postelectorales, que todavía podían administrarse gracias a las estructuras de aquel régimen que todavía concentraba el poder en el presidente. De ahí las concertacesiones, que en menos de una década llevaron a la breve etapa democrática de México.
Aunque las dirigencias de los partidos no permiten mucha esperanza (ni los oficialistas ni la oposición), de ahí no se debe concluir que no existirá una reacción contra el cascarón que dice gobernar al país. El deterioro económico existe, más allá de los ajustes numéricos que sirven para fingir un crecimiento inexistente. Más de la mitad de los mexicanos tiene que dedicar la mitad de su ingreso a comer, y el impacto de los precios los ha obligado a reducir la calidad de lo que consumen. El gasto de bolsillo en salud se ha disparado desde la pandemia, no por el bicho aquel, sino por el desastre del sistema de salud. La población se sigue sintiendo insegura, sin importar lo que digan las cifras oficiales de homicidios, también sujetas a ajustes numéricos poco creíbles. Por si fuera poco, la evidencia del enriquecimiento logrado en pocos años de políticos que son claramente incapaces, el tamaño del saqueo documentado desde hace ocho años, es insultante para muchos.
Dicho de otro modo, el movimiento sigue demostrando su voracidad e incompetencia, y en este proceso de selección de candidatos, su tendencia a la exclusión y la indisciplina. Esas características, según esta columna, aseguran su caída, cuya fecha depende de los golpes de la realidad y de las reacciones de los votantes. De lo primero, la dinámica económica interna y la turbulencia global no le auguran nada bueno al oficialismo. De lo segundo, que es el reclamo frecuente acerca de la inexistencia de la oposición, creo que debe entenderse de forma distinta.
No debe olvidarse que en 2024 Morena y aliados lograron el triunfo gracias al uso más irresponsable de las finanzas públicas en la historia, y a la colaboración de grupos criminales locales. Esos dos elementos no estarán presentes el próximo año. En los 250 días y una semana que nos faltan para la elección, liderazgos locales, decepción y descontento popular, pueden llevar a un escenario que hoy pocos imaginan. No estoy seguro de que gobierno y oposición sean capaces de encauzar ese fenómeno. Sí lo estoy de que intentarán robarse la elección. Lo que siga es de pronóstico reservado.