Fuera de la Caja

Alumbrando

Los países latinoamericanos, y especialmente México, se construyeron en el siglo XVII combinando las estructuras que venían de España.

El viernes pasado comentamos aquí, muy brevemente, el nuevo libro de Sebag Montefiore, The Cauldron, que aparecerá en español el 7 de octubre con el título El Hervidero. Me tomé la libertad de comparar el libro con el que publiqué el año pasado, Conspiraciones, en tanto que ambos buscan una perspectiva muy amplia. En mi caso, seis siglos de México; en el de Sebag, un siglo de un territorio amplísimo. No son libros de historia, sino de perspectiva.

Un amigo de redes sociales, Arturo Figueroa, me sugirió que dedicase los viernes a este tipo de temas, y creo que es una excelente idea. Entender lo que pasa hoy en México y el mundo, plantear escenarios, exige precisamente esa amplitud de perspectiva, así que le haré caso y espero que a usted también le parezca un buen camino.

Inicio comentando algo del libro de Sebag Montefiore que no vimos el viernes pasado. Hay dos cosas que marcan la región que él analiza (una especie de amplio Medio Oriente) en los siglos XX y XXI. Primero, la estructura sociopolítica, que viene de lejos, sigue siendo una pirámide de familias, clanes, tribus y reinos. Segundo, las opciones se barajan alrededor de ideologías “importadas”: nacionalismo, comunismo, empotradas sobre las creencias religiosas también de origen lejano.

Aunque no lo parezca, esa combinación también es la nuestra. Los países latinoamericanos, y especialmente México, se construyeron en el siglo XVII combinando las estructuras que venían de España, el último país en sumarse a la modernidad, con las existentes acá, muy compatibles: familias, clanes, tribus y reinos eran nuestra realidad a mediados del siglo XVII, cuando la Europa del Norte empezaba a moverse a otras cosas, y lo siguieron trescientos años después. El monoteísmo que ha sustentado imperios absorbía esas estructuras, igual entre árabes que entre americanos, imponiendo sobre los reinos un nuevo piso, el que dios legitimaba.

Pero esa estructura se fue haciendo anacrónica, conforme la nueva, las naciones del norte de Europa reemplazaban nuestros pisos por una sola base: la ciudadanía, y la estructura completa por una nueva forma: el Estado. Mientras los españoles intentaban darle vida adicional al “Imperio español”, y fueron destruidos por Bonaparte, algo similar ocurría en el otomano. Aunque logramos cosechar algo del ímpetu europeo que conocemos como “Bella Época” o “Patrón Oro”, la Primera Guerra Mundial terminó con todo.

Es ahí en donde llegan esas ideologías que nos han dado un siglo de miseria, en América y en Medio Oriente. El nacionalismo de la derecha europea; el comunismo de Lenin, tal vez la persona más dañina en la historia moderna. La mescolanza nos dio cristeros, yihadistas, y abundantes sectas que cubren casi todo el espectro extremo, de ambos lados de la herradura. Sobre ello se construyeron los regímenes de Cárdenas, Vargas, Perón, pero también Atatürk, Rezah, Assad y los Bathistas.

De la historia del siglo, es pasado. Pero lo que viene tiene que construirse sobre esas bases, porque no hay otras. Si usted tiene la duda de por qué América Latina es incapaz de tener democracias estables, crecimiento económico, producción de conocimiento, encontrará que la respuesta es similar a la que se encuentra en Medio Oriente, en donde tampoco hay eso. La base de todo es el Estado de derecho, y eso exige ciudadanía y Estado, es decir, la anulación de familias, clanes, tribus y reinos, y la reclusión de dios en la casa. Ese paso, que Europa logró en 150 años de violencia (1517-1688), no lo hemos dado. Por eso nuestros intentos de modernización siempre tienen algo de ficticio.

Esta discusión es ineludible, pero será dolorosa. Había tratado de mantenerla un poco oculta, pero creo que es momento de alumbrarla. El próximo viernes le diré por qué.

COLUMNAS ANTERIORES

Festejos
El caldero

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.