Quería escribir un artículo sobre la UNAM, sin ser injusto, pero sí mostrando que ya no es lo que fue en los cincuenta o sesenta. Decidí incluir en el mismo texto al IMSS, otra institución que ha tenido buenas épocas, pero arrastrando el déficit con que se creó, y en plena decadencia. Salió natural incluir al Infonavit ahí mismo. Son las instituciones míticas del viernes pasado. Después me di cuenta de que faltaba el mito por excelencia, Pemex, así que escribí sobre ello el lunes, junto con la CFE, empresas convertidas en monstruos mitológicos que nos impiden atraer inversión, producir, y están llevando las finanzas públicas a la ruina. Entrado en mitos, el miércoles vimos el de la educación, que está en la base del viejo régimen, y es hoy también una garantía de fracaso.
Resultó una serie no planeada que, al verla en conjunto, me convence del fin de un ciclo largo: el cardenismo. Desde hace 20 años he insistido en que es ese el origen del régimen de la Revolución: un sistema autoritario, corporativo, en el que el presidente fungía como la piedra angular de un arco, que recibe y devuelve las tensiones, y lo mantiene en pie. Tensiones de los grupos, organizados por su función en la sociedad (por eso: corporativo). Es una estructura que recrea el periodo virreinal, pero reemplazando los grupos tradicionales (pueblos de indios, gremios, etc.) por versiones del siglo XX siguiendo los experimentos europeos contemporáneos, el fascismo y el comunismo. Además de esta estructura, el régimen construye un discurso legitimador, el Nacionalismo Revolucionario, que es una variación de la historia liberal del siglo XIX, modificada para convertir a Porfirio en un demonio y a Juárez y a los revolucionarios en dioses. Coincidiendo con la inspiración europea, se ensalza la pobreza, la rebelión, el indigenismo de museo, y se vitupera al empresariado, la Iglesia, España y Estados Unidos.
En su versión original, ese sistema impedía construir una economía sólida. Por un lado, el Estado mexicano no tenía la fuerza del soviético para ordenar la producción, aunque fuera a costa de millones de muertos; por otro, esa versión no permitía acercar empresarios. El ajuste iniciado por Miguel Alemán resolvió la dificultad mediante la creación de empresarios compadres (cronies). Al final de las Guerras de Liberación Nacional, tuvimos un intento de regreso al viejo cardenismo con Luis Echeverría, lo que provocó dos crisis económicas, la segunda fue definitiva.
El cardenismo-echeverrismo se separó del régimen para intentar obtener el poder por fuera. Tardó 30 años en lograrlo. Desde 2018 vivimos en un nuevo intento de recuperar ideas que ya casi cumplen un siglo, que no funcionaron nunca. En su primera versión, fueron desplazadas para poder crecer; en la segunda, nos llevaron a la quiebra; ahora estamos en un deterioro continuo, que amenaza convertirse en una parálisis permanente.
La primera versión, a veces a regañadientes, construyó esas instituciones, empresas y sistemas que sostuvieron el mito del Nacionalismo Revolucionario. La segunda las puso en crisis, pero todavía podían funcionar. El mejor momento del Infonavit y de la CFE fue al inicio de este siglo, por ejemplo. En esta tercera, no solo todas se mantienen artificialmente con vida, sino que se ha destruido el eje fundamental del Estado: la seguridad nacional y la impartición de justicia. No creo que haya duda de que el actual régimen es autoritario, pero no tiene la estructura del original: las corporaciones ya vivieron la autonomía y no la quieren perder, sea que hablemos de los sindicatos de las empresas de gobierno, del SNTE/CNTE, de los empresarios compadres, universidades o medios de comunicación. Aunque López intentó convertirse en la piedra angular, no hay arco que pueda funcionar con dos piedras angulares al mismo tiempo: es un arco partido.
Por eso mismo, no queda sino el derrumbe. No sé ni la fecha ni la magnitud.