No había pensado escribir una serie mitológica, pero así acabó siendo. El viernes vimos instituciones míticas que reforzaron el cuento del Nacionalismo Revolucionario, y el lunes, los monstruos mitológicos en que se han convertido las empresas del Estado. Permítame terminar hoy hablando del mito de la educación. No será sorpresa para usted que los sindicatos de todas estas herencias del viejo régimen se han convertido en un lastre para la economía, pero al mismo tiempo en el soporte de su resurrección. Al final, el cardenismo nos habrá condenado al fracaso económico y al autoritarismo político, ahora aderezado de una profunda incompetencia.
Como tantas otras cosas, la educación pública en México inicia en el Porfiriato, pero el régimen de la Revolución borra ese origen y se apropia del tema. El 20 de julio de 1934, Plutarco Elías Calles lanza su famoso ‘Grito de Guadalajara’: “La revolución no ha terminado... Es necesario que entremos en un nuevo periodo, que yo llamaría el periodo revolucionario psicológico: debemos entrar y apoderarnos de las conciencias de la niñez, de las conciencias de la juventud, porque son y deben pertenecer a la revolución... porque el niño y el joven pertenecen a la comunidad... (y la revolución debe) desterrar los prejuicios y formar la nueva alma nacional”.
Eso hicieron. El sistema educativo mexicano se construyó alrededor de dos ideas: legitimar al régimen y estandarizar a los jóvenes. Lo primero implicaba adoctrinar en el Nacionalismo Revolucionario mientras lo segundo provocaba un aprendizaje limitado: la única manera de garantizar el promedio, en educación, es hacia abajo. Los resultados en la prueba PISA confirman esto: en el promedio, México se encuentra en los primeros lugares de América Latina; en la proporción de jóvenes en niveles de excelencia, estamos en el sótano.
Noventa años después del Grito de Guadalajara, la creación de la Nueva Escuela Mexicana convierte al sistema en un arma de destrucción masiva. Ni hay coherencia en el discurso adoctrinador, ni hay intento de siquiera alcanzar un promedio mínimo de conocimientos. El mazacote de ese viejo Nacionalismo Revolucionario con las Pedagogías del Sur, aplicado a niños que perdieron dos años por la pandemia, nos dará una generación totalmente incapaz de competir. Es el último clavo en el ataúd del capital humano, pero nada más el último. La reforma echeverrista ya había hecho su parte.
Como ha ocurrido en otras partes del mundo, el incremento de la matrícula, desde educación básica hasta profesional, no se ha reflejado en mayor crecimiento de la economía, con lo que en los últimos 25 años hemos visto crecer el número de desempleados y subempleados con mayores credenciales, pero no mayores ingresos. No puede atribuirse la totalidad de ese fenómeno a la mala educación, pero sí en parte. Aprender desde niños que las empresas son malas, recibir pésimas clases de matemáticas, ignorar por completo la educación financiera, impide que el ánimo emprendedor de los mexicanos pueda pasar de la venta ambulante a la creación de valor.
Las masas adoctrinadas en el Nacionalismo Revolucionario, instruidas en un nivel promedio mínimo, fueron el soporte del corporativismo. Pudieron incorporarse en la economía global ensamblando, pero no pudimos movernos a otros niveles de las cadenas productivas. Ahora, esas masas son además dependientes de las dádivas públicas.
Las generaciones que vienen estarán menos capacitadas, pero enfrentarán una economía mucho más exigente. Cuando no puedan ganarse la vida, ni haya suficientes recursos para las dádivas, no van a reclamarle a los maestros que los incapacitaron por mantener sus plazas y privilegios, van a estar enojados con la vida y con la sociedad. Tendrán razón, al menos en parte. Son hijos de la expansión absurda de la matrícula, y nietos de quienes creyeron en el cardenismo y, en su versión fársica, el echeverrismo. Serán producto de la tercera vuelta: la charlatanería.