El Nacionalismo Revolucionario es el cuento sobre el que funcionó el régimen político mexicano durante buena parte del siglo XX. Es también sobre el que se sostiene, a trapazos, el actual grupo en el poder. Es un conjunto de mitos construidos para dar legitimidad a los ganadores de las guerras civiles (en aquel entonces), y a sus sucesores, cuya versión fársica es la de hoy.
El punto de partida de ese cuento es la demonización de Porfirio Díaz, necesaria para justificar las cruentas guerras civiles que sólo sirvieron para reemplazar personas, sin cambiar prácticamente nada más, al menos durante los años de los sonorenses. Es Cárdenas quien crea un régimen diferente, corporativo y autoritario, que no ofrece el paraíso en la tierra bajo la guía iluminada de la vanguardia del proletariado, como sus emulados Lenin y Stalin, sino que “la Revolución hará justicia”, bajo el liderazgo del partidazo.
Para darle cuerpo al relato, se fueron sumando mitos en el camino, como el “milagro económico mexicano”. Sin duda la economía tuvo un buen desempeño entre 1940 y 1970, pero nada muy diferente de lo que ocurrió en otras partes del mundo, y en nuestro caso, apenas suficiente para recuperar los 30 años previos, la mitad de ellos en guerras civiles, de franco estancamiento.
Hay instituciones míticas también. El Seguro Social (IMSS) es la primera, creada para ofrecer pensiones y seguro contra riesgos de trabajo (lo que hacían las mutualistas en el Porfiriato), pero rápidamente transformada en un servicio de salud, sin calcular el costo. Como en esos años (1943) era raro el que llegaba a los 65 años de edad, pensaron que podían usar las cuotas para cubrir el servicio de salud a las familias de los trabajadores. Actuarialmente, el IMSS está quebrado desde su fundación. Hoy, las pensiones se cubren de impuestos, y el servicio de salud es deplorable (salvo para quienes tienen la fortuna de pasar a niveles superiores de atención). El pegote del IMSS-Bienestar terminará con la institución muy pronto.
La UNAM es otra institución mítica. Creada por Justo Sierra en el Porfiriato, no era del agrado de Cárdenas, quien intentó destruirla. La salvó Manuel Gómez Morin, su rector en esos años y posteriormente uno de los fundadores del PAN. Cárdenas creó el Politécnico (IPN) para reemplazar a la universidad en lo que él creía importante: la técnica. Las otras cosas no le correspondían a la gente, ni tenían por qué estudiarlas. Para eso estaba el partidazo. La UNAM fue el eje de la educación superior y la investigación en México en los 50 y 60, pero en la década siguiente empezó su deterioro, gracias a Luis Echeverría, fallido imitador de Cárdenas que forzó un crecimiento absurdo en educación y creó millones de empleos ficticios en el gobierno.
Echeverría creó otra mítica institución, el Infonavit, un gran fracaso por casi 30 años, hasta que se convirtió en mecanismo de financiamiento y logró cumplir su objetivo original. Ahora, como en los 70, otra vez quieren construir, y otra vez fracasarán.
En la década de los 80, México se vació de capital humano. Los viejos podrán recordar que un jefe de departamento en el gobierno, o un gerente de sucursal en bancos o comercios, eran personas de alto nivel en los años 70. Nada comparable a lo actual. Las crisis económicas producidas por Echeverría y López Portillo, sumadas a la migración rural a las ciudades y la llegada de millones de jóvenes a edad laboral, dejaron puros cascarones.
Ni Porfirio fue el demonio, ni el régimen de la Revolución logró mejorar la situación de los mexicanos. Sus instituciones tienen destellos, reductos de excelencia, pero son esencialmente monstruos burocráticos dedicados a cubrir una nómina de “estabilidad política”. Son una de las razones del estancamiento económico, ciudadano y político de México. Hay otras, las comentamos la próxima semana.