Fuera de la Caja

Fin de fiesta

Quienes están en el gobierno necesitaban algo para distraer de su connivencia con el crimen organizado, de forma que detuvieron a Ernesto Ruffo como si debiese decenas de muertes, y lo enviaron a Almoloya.

Ernesto Ruffo se enteró de un posible abuso de confianza por parte de clientes de su empresa. Se acercó a la autoridad para colaborar en la investigación. Quienes están en el gobierno necesitaban algo para distraer de su connivencia con el crimen organizado, de forma que detuvieron a Ruffo como si debiese decenas de muertes, y lo enviaron a Almoloya.

Habrá pocos empresarios dispuestos a invertir en México si ni la edad, ni décadas de vida honorable, ni la cooperación, ni la ausencia de pruebas puede evitar el abuso y la cárcel. Quien no había entendido lo que significaba la destrucción del Poder Judicial, ahora ya no tiene duda.

Habrá pocos que inviertan, pero habrá, porque así se hicieron las grandes fortunas en México hace tres cuartos de siglo: en colusión con el poder político. Por eso esos grandes empresarios nunca tuvieron problema en juntarse con López a comer tamales de chipilín, vienen de la misma cloaca.

Esas escasas inversiones, que se concentrarán en extracción y manufactura simple, no alcanzan para sostener una economía grande. Los ejemplos latinoamericanos abundan: las dictaduras militares de Brasil y Argentina, el peronismo en este segundo país, la docena trágica aquí en México, y los ejemplos extremos de Cuba, Venezuela y Nicaragua. En otras partes del mundo, baste el ejemplo de Rusia, cuya economía depende del petróleo y el gas, gobernada por una oligarquía subordinada a Putin. Apenas logran rebasar el ingreso de los mexicanos. Este sistema de capitalismo de compadrazgo (crony capitalism) da para llegar a ese nivel, y nada más. Esa es la trampa de ingreso medio de los economistas.

Puesto que México ya está en ese nivel, esto significa que el crecimiento esperable será cercano a cero, medido por habitante. Medio punto, tal vez uno, en el agregado. Así puede un país pasarse décadas, siempre y cuando la gente no quiera comer mucho. Cuando el poder se obtiene ofreciendo más consumo, como cuando se reparte dinero, la fiesta dura mientras haya quién preste. Si la economía crece uno, pero la deuda crece cinco, el horizonte no está lejano.

En condiciones estrictas, queda un año. Ya se ven señales: no crece el empleo formal; el consumo solo lo hace cuando el dólar se abarata y la gente compra celulares, pantallas, hasta autos chinos que se venden con “dumping”; no alcanza la electricidad; la inversión ha dejado de caer, pero está prácticamente al nivel de hace ocho años; el comercio exterior depende ahora de ensamblar equipo de cómputo, mientras la automotriz se desploma.

Por diversas razones, el plazo podría extenderse, o acortarse. Cuestiones geopolíticas, por ejemplo, o inestabilidad financiera global, lo podrían reducir. La comparación con otros países, el uso del peso mexicano como moneda de transacción lo podrían ampliar. La confirmación de que, igual que mienten en todo lo demás, ya empiezan a hacerlo con los datos económicos y financieros, también lo reduciría.

En el fondo, la disyuntiva es clara. Una posibilidad es reconocer la derrota y revertir los errores. Otra sería diluir las transferencias de dinero, manteniéndolas en el nivel actual para que la inflación se las coma. Pero en las dos, el grupo que está en el poder pagaría las consecuencias. No lo harán. Queda entonces esperar el ajuste, culpar a la ultraderecha internacional, y rogar por que los mexicanos aprendan a no comer.

Aunque lo intentaron, no lograron construir ni fuerzas armadas que puedan reprimir exitosamente, ni los comités de defensa en los barrios. En algunas zonas, pueden apostar al control corporativo; en otras, a sus socios del crimen. Pero sin un eje que coordine, sin el soporte de la ilusión de comer gratis, se acaba la fiesta. Lo que preocupa es la cruda.

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