El gobierno de México descansa en un lecho de mentiras. Sobre eso han construido, y es eso lo que los destruirá. Han mentido acerca de todo, y han tenido que elaborar sobre esas mentiras para ganar tiempo. Pero nada dura para siempre.
Ofreció López que la economía crecería más que antes; lo hace a un tercio. Ofreció un aeropuerto de juguete, el AIFA, que daría mejores resultados que el que decidió cancelar, pagando su costo casi completo. Ofreció un Tren Maya que llevaría desarrollo al sureste, una refinería que nos haría “soberanos”, autosuficientes. Todas fueron mentiras.
Ofreció responsabilidad financiera, pero llevó al déficit fiscal al nivel más alto en cuatro décadas, además de anular toda capacidad de gestión pública. Ofreció que habría medicinas, ofreció una “farmaciotota”, ofreció un sistema de salud público como el de Dinamarca. Mentiras.
Las mentiras, sin embargo, requieren mucho trabajo para mantenerse en el tiempo, porque se van desvelando de a poco. Para engañar a los mexicanos y que creyeran que la economía funcionaba, no solo construyó los elefantes blancos y amplió el reparto de dinero, falsificaron datos económicos. Por más de un año, el INEGI publicó información falsa acerca de la industria de la construcción, que años después ha ido corrigiendo sin anunciarlo. Hoy están haciendo lo mismo con los datos de construcción de vivienda, pero también con información acerca de la refinación y del comercio al mayoreo, que van intercalando para no ser demasiado obvios. Con base en esos datos es que hay quien cree que la economía estaría retomando el rumbo, cuando es muy evidente que no es así.
Han mentido acerca de la deuda de Pemex, escondiendo sus obligaciones con proveedores, en buena parte impidiendo que las facturas puedan subirse al sistema. Admitieron la mitad de esa deuda, pero por fuera de las cuentas normales, para fingir que el déficit fiscal se habría reducido en 2025. No fue así, y no es así. Ahora tenemos un comportamiento inusual en los datos de deuda bruta y de los requerimientos financieros, que debía ser el indicador amplio de las obligaciones del gobierno. Ahora no sabemos con certeza su verdadero tamaño. Si, además, están inventando las cifras del PIB para reducir la comparación, están engañando a sus acreedores.
Para quitarse de encima la acusación fundada de ser responsables del contrabando de combustible, usado además para financiar elecciones, acusan de ello a Ernesto Ruffo, empresario honorable, tal vez ingenuo. Ya lo hicieron hace poco con Murillo Karam, a quien culparon de construir una investigación errónea acerca de la matanza de Iguala, investigación que ahora ha aceptado, íntegramente, la Comisión Nacional de los Derechos Humanos. Han perseguido para distraer, para engañar, para mentir, porque esa es su naturaleza: la mentira.
El núcleo de la mentira es la mañanera, y así lo ha sido desde el sexenio pasado. Amenazando a medios y empresarios, esas mentiras se repiten en titulares, en noticieros, en encabezados. Desde los tiempos de “yo tengo otros datos” hasta las declaraciones sin sustento de la señora actual, en la mañanera se miente constantemente.
Confían en que, en los tiempos de las redes sociales, ya nada es verdad ni mentira; se ha alcanzado ese momento en el que la información contradictoria produce desconfianza e ignorancia, y creen que con eso les va a alcanzar. Pero cada día que pasa, alguien más no obtiene sus medicamentos; alguien más pierde a un familiar, asesinado o desaparecido; alguien más pierde tiempo y oportunidades porque se va la luz, porque no se puede viajar de noche, porque nada más no hay empleo.
Al final, si se pierde la credibilidad, se pierde todo. Esto es especialmente cierto frente a los acreedores. Mentir acerca del tamaño de la deuda y de la economía es algo imperdonable. Cuando eso sea evidente, caerá el telón. Faltan pocos meses.