La publicación de la oferta y demanda agregadas nos permite confirmar lo que comentamos hace una semana acerca de los datos ficticios de inversión durante los últimos dos años del anterior gobierno y el inicio de éste, pero además nos ilustran acerca de un fenómeno que en esta columna indicamos hace ya siete años, y que no parece que se reconozca.
Lo primero que conviene entender es que México sigue un camino que no tiene futuro. A diferencia de lo que hicieron Japón, Alemania, Corea o China, que se dedicaron a invertir a costa de reducir el consumo, México lo que ha hecho es incrementar esto último. Eso, sin duda, favorece la recolección de votos, y es un ejemplo de libro de texto de lo que significa el populismo. Repartir dinero, o promover que se reparta, de inmediato se refleja en un mayor consumo, que en el corto plazo implica un mayor bienestar.
Entre 2002 y 2018, el consumo en México representó 68% del PIB. Es una cifra elevada en comparación internacional, pero especialmente frente a los países mencionados, que mantuvieron deprimido el consumo para con ello acumular ahorro que pudiera convertirse en inversión. Pero si esa cifra era alta, en los últimos 12 meses, el consumo en México ha alcanzado 72% del PIB. El único país rico que va a encontrar cerca de ese nivel es Estados Unidos, cuya economía se mueve de forma muy diferente al resto.
Puesto que consumimos mucho, no queda dinero suficiente para ahorrar, y en consecuencia la inversión no puede crecer. Por eso la inversión que se hizo en el Tren Maya y Dos Bocas se financió con deuda, pero además se sobrevaluó, porque de otra manera habría sido evidente la debilidad que tenemos. Aun con eso, entre 2000 y 2018 la inversión fija bruta promedió 23.8% del PIB, mientras que en los últimos 12 meses ha estado un punto abajo, pero con una tendencia claramente negativa. Uno pensaría que no hay gran diferencia, pero en ese mismo lapso hemos tenido una transformación tecnológica que implica un mayor costo de reposición del capital (o depreciación, o consumo de capital fijo), que ha pasado de 14.5% a más de 19% del PIB. Dicho de otra forma, mientras que a inicios de este siglo había una inversión neta de más de 9 puntos del PIB, la de ahora no llega a cuatro.
En segundo lugar, a diferencia del discurso gubernamental, México se ha convertido en un país más dependiente del exterior que nunca. En el caso del consumo, mientras que el consumo de bienes nacionales ha crecido a un ritmo de 0.5% anual desde 2018, el de bienes importados lo ha hecho al 7%, 14 veces más rápido. Aunque este fenómeno es menos grave en el caso de la inversión (porque la construcción, que es esencialmente nacional, representa el 60% de ese rubro), el impacto sobre las cuentas externas del país no es menor.
De 2000 a 2018, el saldo de exportaciones menos importaciones en las cuentas agregadas promedió -3.4% del PIB. Un nivel perfectamente financiable y razonable. De 2022 a la fecha, el promedio es casi del doble, -5.8%, pero si vemos el último año, se eleva a -7.8%, y los últimos datos son para espantar a cualquiera: -9.1% en el último trimestre de 2025, -9.9% en el primero de 2026. Esto significa que, a pesar de lo que tanto hablan de exportaciones e inversión extranjera, nos hemos convertido en dependientes severos del ingreso de divisas, sea por remesas, por buscar altas tasas de interés, o por lo que sea.
En pocas palabras, nos hemos convertido, en los ocho años del gobierno actual, en un país que prácticamente nada más consume, y que prefiere comprar lo hecho afuera. Ya hemos comentado que las finanzas públicas no son sostenibles, pero es que la economía en su conjunto tampoco lo es. Ojalá haya ganado México anoche.