Fuera de la Caja

Lo que viene

En la arena política, sin las estructuras autoritarias del viejo régimen y con las instituciones democráticas muy debilitadas, se antoja difícil la intermediación.

La semana pasada comentamos acerca del proceso de deterioro en que nos encontramos. El lunes mostramos que al grupo que está en el poder no le importa nada con tal de mantenerlo; el miércoles revisamos el despilfarro asociado a los grandes proyectos que no darán resultado; el viernes, evidenciamos el uso faccioso de la justicia por parte de los poderosos.

Así funcionaba México en el siglo 20, en ese régimen autoritario construido por los ganadores de las guerras civiles de hace 100 años. El régimen fue obra de Lázaro Cárdenas, se consolidó durante la Segunda Guerra Mundial, y funcionó bien por un cuarto de siglo, aprovechando las inversiones del Porfiriato, la mano de obra que migraba a las ciudades y un campo que tenía todavía espacio. Eso terminó en 1965, cuando ocupamos todo el territorio sembrable, y exportamos maíz por última ocasión. También en ese año empezamos a contratar deuda externa, aunque no mucha porque el sistema financiero mundial no lo permitía.

Luis Echeverría llega a gobernar cuando el régimen ya no tiene holgura. En lugar de corregir o modificar el rumbo, lo acentúa. Sus proyectos absurdos y el uso faccioso de la justicia lo llevan a romper las reglas del régimen e imponer a un amigo de juventud en la Presidencia, confiado en que podría gobernar a través de él. No fue así, el amigo se rebeló, pero cometió los mismos errores que Echeverría, especialmente los proyectos absurdos. La inmensa crisis de 1982 terminó con ese régimen, y en los siguientes 15 años logramos ir abriendo la economía y la política. A partir de 1997, México tenía una democracia, con una Corte independiente y una economía globalizada.

Los desplazados del poder desde 1982, asociados con los damnificados de las reformas estructurales, convencieron a millones de mexicanos de que ese camino no era bueno y que convenía regresar al pasado. Eso hicimos, y ya no hay duda alguna de que estamos repitiendo exactamente lo mismo, pero más rápido. Como ocurrió entonces, para la mayoría de la población las crisis de 1976 y 1982 fueron sorpresa, y en ambos casos no hicieron nada, ni para prepararse ni para enfrentarlas. Así nos ocurre hoy: la mayoría no se da cuenta ni de la inminencia ni de la magnitud de lo que viene.

El derrumbe del régimen de la Revolución se gestó en una crisis fiscal, pospuesta mediante deuda, que terminó destruyendo el bienestar de quienes ya vivían en las ciudades y marginando a quienes llegaron después. Los desplazados insisten en culpar de eso al ‘neoliberalismo’, pero fueron ellos los causantes de la miseria. Entonces y ahora.

El proceso para administrar la crisis y encarrilar la transformación llevó en aquella ocasión dos sexenios. Gracias a la sólida estructura desarrollada en los 25 años previos, logramos transitar sin demasiada violencia, aunque es ahí donde crecen la informalidad urbana y el crimen organizado.

Ahora creo que ya podemos asegurar que tendremos una crisis fiscal de fin de sexenio (muchos colegas creen que sería hasta 2025; yo creo que será antes de 2024). Sin la disciplina política de hace 40 años, con una dispersión significativa del poder coercitivo y con la crisis de legitimidad producto del ‘rayito de esperanza’, no es fácil imaginar escenarios. Más aun con el entorno internacional, poco proclive a la democracia en los últimos años.

Gracias a que nuestra economía está (aún) globalizada, el impacto será menor en esa esfera. En cambio, en la arena política, sin las estructuras autoritarias del viejo régimen y con las instituciones democráticas muy debilitadas, se antoja difícil la intermediación. Un buen ejemplo de ello es la batalla interna en el grupo en el poder, a dos años de la sucesión. Es eso lo que tenemos que atender con urgencia.

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