Fuera de la Caja

Sigue cavando

De gobernar, nada. López Obrador no tiene idea de por dónde empezar, y por eso se concentra en sus mañaneras, que le permiten actuar como opositor.

La falta de visión de largo plazo es un problema serio en un Ejecutivo. No lo es en un dirigente político de oposición, cuya actividad fundamental consiste en criticar y atacar a quienes toman decisiones. En este papel basta tener reflejos, identificar puntos débiles y golpear consistentemente. Sin embargo, cuando se tiene la responsabilidad de dirigir a miles de personas, de administrar billones de pesos, de atender en lo posible la miríada de preocupaciones de millones de familias, esos reflejos dejan de ser útiles.

López Obrador fue el gran opositor en México desde 1997. Se enfrentó a Zedillo criticando el rescate financiero de 1995, que logró instalar en la mente de los mexicanos como un saqueo. Se enfrentó a Fox, descalificando su actuación en el gobierno federal mientras la propia, en la Ciudad de México, era notoriamente más deficiente. Logró esconder sus fallas gracias a un programa social que había imaginado desde antes, pero también gracias a la incapacidad de la ‘fuente’, que terminó siendo su base más sólida de apoyo. Con esto detrás, se lanzó a las ocurrencias. Una de ellas, el segundo piso del Periférico; otra, la expropiación arbitraria de terrenos en Santa Fe, que dio como resultado órdenes de la Suprema Corte que él ignoró, y obligaron al desafuero. También en eso logró convencer a muchos de que se trataba de una campaña política en su contra, y no del resultado obvio de un político incapaz de cumplir la ley.

Lo hizo de nuevo cuando fue derrotado en la elección presidencial de 2006: inventó un fraude inexistente, en el que siguen creyendo millones de incautos. No fue la primera mentira, como es evidente en el párrafo anterior, pero tampoco la última. Fue candidato en 2012 en contra del acuerdo firmado con Ebrard, quien lo derrotó en las encuestas, pero no pudo imponerse políticamente. Fue nuevamente candidato, ahora sí ganador, en 2018.

Pero el triunfo no cambió en nada su personalidad. Es un hombre de ocurrencias, no de estrategias. Un enamorado del poder, no un creador de instituciones. Se le hizo fácil cancelar la construcción del aeropuerto de la Ciudad de México, como evento emblemático de su poder. Ahí inició el derrumbe económico que seguimos sufriendo, más de tres años después. Para volver a usar su programa social de cabecera, destruyó toda la política social de los últimos 25 años. En su afán de mostrarse como adalid anticorrupción, dinamitó el sistema de compra de medicinas e insumos médicos. Para equipararse con Cárdenas, decidió rescatar Pemex y CFE.

Esas decisiones, puras ocurrencias, nos han costado una fortuna. La cancelación del NAIM, de forma directa, más de 300 mil millones de pesos, y de forma indirecta, por el desplome de inversión, un billón y medio. Esta misma cantidad se ha hundido en Pemex en estos tres años, sin agregar nada a la producción. Son más de tres billones de pesos perdidos, sin contar el saqueo de fondos, fideicomisos y cuentas. Si la reforma eléctrica que ha propuesto fuese aprobada, será otro billón y medio más.

De gobernar, nada. No tiene idea de por dónde empezar, y por eso se concentra en sus mañaneras, que le permiten actuar como opositor. Después de tres años, sin embargo, los chistes se repiten, el enemigo nomás no aparece y no hay resultados que mostrar. Por el contrario, la evidencia de su incapacidad se acumula, y ahora se le agrega la flagrante corrupción de su entorno, que él ha prohijado por décadas.

Acorralado, tiene que recurrir a su panoplia: chistes, ocurrencias, ataques, infundios, que no puede sostener ni un par de días. Un trágico, pero obligado final. De las cenizas, querrán los vividores sacar un ave fénix que les permita perpetuarse y saquear. Es lo que habrá que impedir.

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