Fuera de la Caja

¿Desesperanza?

Es evidente que no hay ninguna razón para temer un estallido social como resultado de una votación contraria a AMLO; sería lógica su derrota.

Desde 1996, todos los reclamos populares con alguna posibilidad política fueron acaparados por López Obrador. Empezando por Fobaproa, continuando con el horario de verano, sumando su desafuero, el precio de la tortilla, la Gran Recesión internacional, el escondite del baño, un nuevo invento de fraude, la ‘casa blanca’, Ayotzinapa, el gasolinazo. Sin importar si había razón o no, López Obrador encabezaba las protestas, las convertía en tema nacional, vivía de ellas. Las que le podían afectar, las convertía en marchas de “pirrurris”.

Tal vez por eso no hemos tenido movilizaciones relevantes en su gobierno. No es que falten razones, sino que no hay empresario político dispuesto a aprovecharlas. No tenemos un promotor de violencia popular, como sí lo tuvimos durante todo su tiempo como líder opositor. Por cierto, su insistencia en que eran movimientos pacíficos siempre fue mentira. Nada de pacífico tiene obstaculizar el tránsito de las personas y su forma honesta de ganarse la vida. Y claro que hubo vidrios rotos.

En los casi tres años desde su triunfo, las únicas movilizaciones relevantes han sido de las mujeres, a quienes no entiende, ni valora. No tiene idea siquiera de cómo comunicarse con ellas. Pero han sido movilizaciones acotadas a unos pocos días.

El segundo efecto de la caída de legitimidad de López Obrador tiene que ver con la dificultad de procesar la desesperanza. Lo primero es tratar de identificar su magnitud. Esta columna estimaba, al cierre de 2017, que el voto de López Obrador debía rondar 26 por ciento. En la elección, obtuvo el doble. Estos votos adicionales, ¿de dónde salieron?

Mi impresión es que hay tres razones por las cuales hubo mayor votación por AMLO. La primera tiene que ver con la ola global (occidental) a favor de líderes que yo llamo macho alfa: agresivos, autoritarios, irresponsables, como Trump, Bolsonaro, Bukele, Erdogan o López. La segunda razón es el éxito de las reformas estructurales, que implicaba un costo importante a ciertos grupos que optaron por apoyar a AMLO a cambio de revertirlas: claramente es el caso de los maestros, petroleros, electricistas, e incluso empresarios de telecomunicaciones o servicios financieros. La tercera razón es el pacto con el PRI. Por un lado, Peña bloqueando el avance de Ricardo Anaya; por otro, gobernadores moviendo el apoyo del PRI hacia Morena.

En esos tres grupos, no percibo que haya alguna esperanza que se haya perdido. Votaron por angustia, por interés, por control corporativo. Pero no cabe duda de que entre la elección y marzo de 2019, tal vez 30 o 40 por ciento de los mexicanos, que no habían votado por López Obrador, sí se entusiasmó. Y todos ellos, según se desprende de las encuestas, ya se han desilusionado.

Regresamos entonces al voto original: 26 por ciento de voto duro, más los remanentes de la angustia, de las reformas y del PRI. En contra, juega el desastroso desempeño del gobierno, en cualquier dimensión que uno elija medir. Hace unos días Coneval nos informaba cómo el golpe del último año afectó mucho más a los más pobres: el 20 por ciento con menor ingreso perdió 40 por ciento del mismo, el 20 por ciento con mayores ingresos, ni siquiera el 2 por ciento. Han sido los más pobres, los más vulnerables, quienes más han sufrido en este gobierno. Desde estancias infantiles, medicinas, tratamientos, empleo, salario, precios, y en la Ciudad de México, el desastre del transporte.

Con base en lo anterior, me parece evidente que no hay ninguna razón para temer un estallido social como resultado de una votación contraria al Presidente. Al revés, sería lógica su derrota, considerando los tres años pasados. Pero, regreso al inicio, el único movilizador social, el eje de todas las protestas, ha sido precisamente López Obrador. Nada de raro tendría que intentase descarrilar el voto popular con una movilización más. Está en su naturaleza. Platicaremos de eso.

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