Segundo piso

Soberanía y cosmopolitismo: doble nacionalidad a debate

No es una sanción por nacimiento ni sospecha hereditaria. Es una incompatibilidad asociada a funciones excepcionales de soberanía, para cargos con control directo sobre las Fuerzas Armadas, la seguridad, la política exterior y la representación del Estado.

Renuncio absoluta y completamente a toda lealtad y fidelidad a cualquier príncipe, potentado, Estado o soberanía extranjeros…”.

La frase forma parte del juramento que presta quien se naturaliza como ciudadano de Estados Unidos. Después promete defender su Constitución y sus leyes, incluso tomar las armas cuando la ley lo exija. Washington reclama esa definición para conceder ciudadanía. En España se jura lealtad al Rey y a su Constitución. México debate pedir esa renuncia solamente a quien pretenda ejercer el mando Ejecutivo.

La iniciativa presidencial presentada el 27 de agosto reforma los artículos 82, 116 y 122 constitucionales. Quien aspire a la Presidencia, una gubernatura o la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México deberá renunciar a cualquier otra nacionalidad antes de solicitar su registro.

Si obtiene el cargo, tampoco podrá adquirirla, usar pasaporte extranjero, ejercer ante otro Estado los derechos políticos ligados a esa ciudadanía ni acogerse a su protección diplomática. Afecta a 33 cargos; no es una proscripción general de la binacionalidad.

La reforma establece una restricción, pero no cancela los derechos políticos de los mexicanos con dos nacionalidades. Conservan su ciudadanía mexicana, el voto, la participación pública y el acceso al resto de las candidaturas. Para encabezar, uno de los ejecutivos deberá cumplir una condición previa, voluntaria y subsanable.

No es una sanción por nacimiento ni sospecha hereditaria. Es una incompatibilidad asociada a funciones excepcionales de soberanía, para cargos con control directo sobre las Fuerzas Armadas, la seguridad, la política exterior y la representación del Estado.

El 7 de marzo de 2026, un día antes de las elecciones legislativas colombianas, Abelardo de la Espriella hizo campaña en Miami, fuera del alcance de la veda electoral. Desde una iglesia cristiana promovió su candidatura y publicó una fotografía con Christopher Landau y la republicana María Elvira Salazar, “dos grandes amigos de Colombia”. De la Espriella vivió años en Estados Unidos, donde nacieron sus cuatro hijos y se naturalizó en 2023. Un gringo gobierna Colombia.

La escena no demuestra que Washington haya fabricado su candidatura ni que Colombia motivara la iniciativa mexicana, aunque el expresidente Gustavo Petro, en su reciente visita a Ciudad de México, dio su versión sobre la injerencia electoral de EU y advirtió los riesgos para México y Brasil.

La potencia que intervino tantas veces con sus embajadas, agencias de inteligencia y cuarteles dispone ahora también de templos, redes sociales, comunidades expatriadas y dirigentes ideológicamente afines. En el siglo XXI, la injerencia ya no solo entra con botas (sí lo hizo en Venezuela); ahora también lo hace con bots.

La cautela tampoco debe volverse chovinismo. Para miles de familias, la doble nacionalidad significa protección. En 2025, los registros en consulados mexicanos aumentaron 153 por ciento: familias aseguraron a sus hijos nacidos en Estados Unidos posibilidades de retorno, reunificación y derechos patrimoniales ante el endurecimiento migratorio.

La Ley de Memoria Democrática española recibió más de 876 mil solicitudes mundiales de naturalización; cerca de 85 mil correspondieron a México.

En tiempos de hipernacionalismo y de pasividad e impotencia de las grandes organizaciones internacionales ante el genocidio y los crímenes de guerra, la reforma presentada también puede ser un buen motivo para reflexionar sobre el significado del nacionalismo y de la soberanía nacional.

El orgullo nacional y la defensa frente al exterior son pilares en la historia de México, pero no deben alejarnos de una visión global de igualdad y responsabilidad compartida. El cosmopolitismo —pensamiento con raíces tanto en el estoicismo griego como en el budismo— nos invita a dejar atrás el aislamiento nacionalista para asumir los retos del mundo como propios.

Además, nos recuerda que ser un país soberano no está peleado con rendir cuentas ante la comunidad internacional.

El álgido intercambio entre JD Vance y el papa Francisco expuso cómo el trumpismo defiende una visión de nacionalidad basada en una malinterpretación del ordo amoris cristiano: primero Dios (Trump), luego la familia (Melania, Ivanka, Kushner), la comunidad (los empresarios cercanos) y, por último, la humanidad (las naciones alineadas).

La reforma de la doble nacionalidad es necesaria, pero no nos debe llevar a una ceguera nacionalista, ni a la soberanía del avestruz. Para no caer en un ordo amoris priista (primero el partido…), debemos continuar defendiendo el internacionalismo y un cosmopolitismo progresista.

Lectura recomendada: “La tradición cosmopolita: Un noble e imperfecto ideal” de Martha C. Nussbaum (Paidós).

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