Segundo piso

Genocidio y miseria intelectual

Existen pocos con mayor gravedad que el genocidio en Gaza. Llamarlo así no es una metáfora militante, es atender a la conclusión de la Comisión de Investigación de las Naciones Unidas que determinó en septiembre de 2025 que el Estado de Israel comete el delito tipificado en la Convención de 1948, con responsabilidad en los más altos niveles de su gobierno.

La calidad de una democracia se mide, en buena parte, por la calidad de su debate público. Más allá de la crítica voraz al gobierno en turno —ese deporte nacional que tanto nos entretiene—, me refiero a la capacidad de una sociedad para deliberar, desde sí misma, sobre los grandes temas que definen el futuro de la humanidad.

Existen pocos con mayor gravedad que el genocidio en Gaza. Llamarlo así no es una metáfora militante, es atender a la conclusión de la Comisión de Investigación de las Naciones Unidas que determinó en septiembre de 2025 que el Estado de Israel comete el delito tipificado en la Convención de 1948, con responsabilidad en los más altos niveles de su gobierno. Lo mismo había documentado la relatora especial de la ONU, Francesca Albanese, desde su informe “Anatomía de un genocidio” de 2024.

El debate público en México sobre Gaza ha tenido altibajos. Un punto alto lo protagonizan las miles de personas que han salido a las calles a expresar su solidaridad, que han organizado campañas de recolección de fondos para familias palestinas, proyecciones de documentales, conversatorios y sesiones informativas sobre la delegación mexicana de la Global Sumud Flotilla. El nivel más bajo ocurrió cuando la revista Nexos publicó el artículo de Ezra Shabot que, con el título “Genocidio”, se dedicó a decir que no lo era.

El texto sostuvo que Gaza entera “celebraba” el 7 de octubre —dos millones de personas convertidas en cómplices por decreto retórico— y que buena parte de los niños muertos bajo las bombas eran en realidad “yihadistas en potencia”. Conviene detenerse en esta frase, porque no es un argumento: es la racionalización anticipada del infanticidio.

Es, palabra por palabra, el eco de rabinos extremistas como Eliyahu Mali, quien instruye a soldados con la fórmula “hoy es un bebé, mañana será un combatiente”, o Ronen Shaulov, quien deseó públicamente que cada niño de Gaza muriera de hambre. Esos discursos son precisamente los que la ONU identifica como evidencia de la intención genocida. Shabot no opinó: tradujo.

Vino el segundo acto. Enrique Krauze salió en defensa del texto invocando la libertad de expresión y denunciando una “tiranía progresista”. El argumento tiene su encanto vintage, pero confunde conceptos. Nadie propuso censurar a Shabot; miles de lectores exigieron algo más incómodo: responsabilidad editorial. Nexos debió rechazar el artículo no para censurar una “opinión incómoda”, sino por falta de calidad argumentativa, política y, sobre todo, moral en el texto.

Publicar la racionalización del exterminio de niños no enriquece el mercado de las ideas, lo envenena. La disputa nunca fue sobre la libertad de escribir, sino sobre el privilegio de publicar apologías del crimen de Estado sin pagar costo alguno en prestigio.

Aquí apareció, nítida, la brecha generacional. Los viejos mandarines de nuestra cultura descubrieron con horror que las audiencias ya no piden permiso para replicar. Las redes les respondieron de manera horizontal y masiva. Ellos llamaron a eso censura. Habría que recordarles que ser criticado no es ser silenciado. Es dejar de ser obedecido.

Condenar al régimen de Netanyahu no es antisemitismo, como no fue antichileno condenar a Pinochet. Una cosa es denunciar a un gobierno que ejecuta una campaña de destrucción sistemática, y otra cuestionar que deba salvaguardarse el derecho del Estado de Israel a existir. Todo esto, cuando la solución de dos Estados —consensuada internacionalmente— es saboteada por Israel. Además de la destrucción masiva, la cada vez más acelerada colonización ilegal de Cisjordania hace más compleja la posibilidad de un Estado palestino territorialmente cohesivo.

El genocidio también lo condenan voces judías. Por citar algunas: el rabino ortodoxo Daniel Rowe califica de aberración prohibida por la ley judía las justificaciones del asesinato de niños; Naomi Klein llama a abandonar el “falso ídolo” de un nacionalismo que instrumentaliza el trauma del Holocausto para blindar sus propios crímenes; Judith Butler condena las atrocidades de Hamás y al mismo tiempo insiste en diferenciar antisionismo y antisemitismo. Equiparar la crítica a Netanyahu con el odio a los judíos no protege a los judíos, sino a Netanyahu.

Mientras tanto, los magistrados de la Corte Penal Internacional que ordenaron el arresto de Netanyahu —y del líder de Hamás— fueron sancionados por Estados Unidos, igual que la propia Albanese, culpable de documentar el genocidio con demasiada precisión. Castigar a jueces y relatoras, publicar a los apologistas. Así está el orden internacional y la calidad del debate mexicano.

Lectura recomendada: “Cuando el mundo duerme: Historias, palabras y heridas de Palestina” de Francesca Albanese (Galaxia Gutenberg).

Gracias, LGCH.

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