Hace 16 años, la Suprema Corte de Estados Unidos sentenció a la política electoral estadounidense a estar dominada por el dinero. Hoy, una nueva ola de candidatos jóvenes y antiestablishment parece dibujar otro futuro. En el caso Citizens United vs. la Comisión de Elecciones Federales, la corte determinó que las corporaciones tienen derecho a la libertad de expresión, por lo que no pueden limitarse sus gastos políticos. Si bien existe un límite a las donaciones directas a campañas, entidades privadas pueden desarrollar sus propias campañas paralelas, recaudando y gastando fondos sin límites: nacen así las Super PACs.
El pasado 4 de agosto, una de las principales Super PAC sufrió una derrota estrepitosa en las elecciones primarias demócratas para el Senado en Michigan. Se trata del United Democracy Project, el súper PAC del American Israel Public Affairs Committee (AIPAC), el poderoso lobby proisraelí que durante décadas ha garantizado el respaldo bipartidista de Washington a Israel. En estas primarias, Abdul El-Sayed derrotó a la candidata del establishment demócrata, la congresista Haley Stevens, por apenas 14 mil 893 votos, con todo y que el gasto externo a favor de su rival lo superó once a uno.
El método de AIPAC había sido quirúrgico: inundar de dinero las primarias demócratas para eliminar a cualquier candidato que cuestione el financiamiento militar. Contra El-Sayed —que exige un embargo de armas tras la devastación de Gaza— hizo su mayor desembolso histórico. Pero en el Michigan de 2026, hogar de la mayor comunidad árabe-estadounidense del país y de una clase obrera harta de los grandes donantes, cada anuncio de ataque funcionó como credencial de autenticidad. Al más puro estilo de Bernie Sanders, El-Sayed demostró que la convicción política acompañada de carisma, un duro trabajo de base y la construcción de un discurso que apele al 99% (y no solo a minorías culturales), puede resquebrajar el dominio electoral del “Big Money”.
Michigan no fue una isla. En Colorado, Melat Kiros, socialista de 29 años nacida en Etiopía, jubiló a Diana DeGette. En Nueva York, el “efecto Mamdani” arrastró las derrotas en primarias de los congresistas veteranos Dan Goldman y Adriano Espaillat. Pero no confundamos marea con oleaje: la progresista Cori Bush fracasó en Misuri, y persiste una brecha de clase incómoda dentro de la coalición, pues las bases universitarias se apasionan con causas culturales, mientras el votante obrero exige salarios, rentas y recibos de luz. El progresismo gana cuando habla de dinero y se estanca cuando suena a seminario.
Lo notable es que la insurgencia demócrata no es doctrinariamente homogénea, pero sí metodológicamente. Mamdani es socialista orgulloso en un bastión seguro; El-Sayed se define, sin sonrojarse, como “un capitalista que entiende cómo funciona el capitalismo”; y en Texas, James Talarico, exprofesor y teólogo, lidera la contienda senatorial proponiendo que los centros de datos paguen sus propios costos eléctricos en lugar de trasladarlos al consumidor. Tres perfiles distintos, un mismo método: agenda material, territorio e independencia de los grandes donantes.
Del otro lado del espejo, los republicanos viven su propia purga, pero con signo inverso. La base MAGA ejecutó en primarias a John Cornyn en Texas y a Bill Cassidy en Luisiana. A Cassidy no lo salvó ni haber capitulado para confirmar al fiscal general Todd Blanche: en la lógica del movimiento, la obediencia de último minuto no redime al hereje. El costo es medible: Ken Paxton, verdugo de Cornyn, hoy pierde por cinco puntos ante Talarico. Ahí está la asimetría decisiva: la insurgencia demócrata amplía el mapa mientras la republicana lo encoge.
En el tablero nacional, los demócratas aventajan por 6.7 puntos la boleta genérica; Trump carga una aprobación neta de -20.6 y el 57 por ciento del electorado prioriza el costo de la vida. El escenario más probable es un gobierno dividido: una Cámara demócrata con Hakeem Jeffries de Speaker, muralla presupuestal e investigadora contra la Casa Blanca, y un Senado republicano bajo John Thune. Pero si la ola supera los siete puntos, Texas, Maine y Alaska podrían pintar de azul también el Senado; y si los indecisos vuelven al redil trumpista, todo seguirá igual. Falta la final en Michigan contra el republicano Mike Rogers, la cual ya se califica como empate técnico.
Noviembre dirá si el método Mamdani-El-Sayed es exportable fuera de las burbujas urbanas o si fue un espejismo de primarias. Las midterm también redibujarán el mapa para el 2028, cuando aún no existe un candidato claro ni para demócratas —en donde el establishment se divide entre Gavin Newsom, Pete Buttigieg y Kamala Harris, para enfrentar a Alexandria Ocasio-Cortez— ni para republicanos, quienes viven la disputa entre Marco Rubio y JD Vance.
Lectura recomendada: “Dark Money: The Hidden History of the Billionaires Behind the Rise of the Radical Right”, de Jane Mayer (Doubleday).
Gracias, LGCH.