Segundo piso

Ceuta, la trampa de Calipso

Llegaron a nado a la ciudad más de 70 mil migrantes procedentes de Marruecos. En pocas horas desbordaron la ciudad, paralizando la vida cotidiana local por la ocupación del espacio público y el desabasto de productos básicos, y dejando un centenar de víctimas mortales por avalanchas humanas y ahogamientos.

A cuatro kilómetros de la frontera con Marruecos, en la ciudad autónoma de Ceuta, se erige como una metáfora de piedra de más de cinco metros de altura la representación de la ninfa Calipso, aquella que retuvo durante siete años a Odiseo en la mítica isla de Ogigia. Una de entre muchas teorías sitúa a Ogigia en el islote de Perejil, a ocho kilómetros del centro de Ceuta. En la historia homérica, actualizada hoy por Christopher Nolan, Calipso representa el viaje suspendido: la promesa de partir convertida en encierro.

Desde el jueves de la semana pasada, miles de migrantes en Ceuta enfrentan una situación similar. Engañados por mafias y bulos en internet que prometían libre acceso al estado de bienestar europeo, llegaron a nado a la ciudad más de 70 mil migrantes procedentes de Marruecos. En pocas horas desbordaron la ciudad, paralizando la vida cotidiana local por la ocupación del espacio público y el desabasto de productos básicos, y dejando un centenar de víctimas mortales por avalanchas humanas y ahogamientos. Fue toda una exhibición de fragilidad política, diplomática y moral.

Ceuta y Melilla son ciudades autónomas españolas situadas en el norte de África. Esa reminiscencia colonial las convierte en una anomalía geográfica (la única frontera terrestre entre Europa y África) y en un territorio europeo de facto fuera del espacio Schengen, pues cualquier medio de transporte marítimo o aéreo que las conecte con el continente está sujeto a una inspección policial y migratoria adicional. Dado que Europa ha delegado en Marruecos la custodia de sus fronteras, estas ciudades son también un termómetro permanente de las relaciones entre Madrid y Rabat.

En 2021, semanas después de que España acogiera por razones humanitarias al líder del Frente Polisario, Brahim Ghali, miles de personas entraron a Ceuta ante la pasividad de las autoridades marroquíes. Hoy nos encontramos ante un caso similar. Pedro Sánchez acababa de hacer una visita oficial a Argelia para restablecer las relaciones bilaterales interrumpidas en 2022 y reforzar la cooperación energética entre ambos países. Rabat observa con especial desconfianza este acercamiento con un rival histórico con el que se disputa el dominio del Sáhara Occidental. Paralelamente, Mohamed VI se ha acercado progresivamente a Trump (este mes bautizó una autopista con su nombre) y a Netanyahu (se adhirió a los Acuerdos de Abraham en 2020), ambos gobiernos críticos y hostiles al gobierno español.

Aunque el Centro Nacional de Inteligencia español sostuvo que el gobierno de Marruecos no es el autor material de esta enorme avalancha de migrantes, este país ha demostrado antes que la frontera es una palanca diplomática. Y a veces basta con que una patrulla se retire o que miles de jóvenes reciban la señal de que el paso está abierto. Al mismo tiempo, estos éxodos masivos no dan una buena imagen del país magrebí, cuya economía no permite a los jóvenes un futuro próspero.

Pedro Sánchez se encuentra ante su enésima crisis política, a menos de un año del final de la legislatura. La internacional derechista lo culpa por su política migratoria laxa y apunta contra su reciente regulación masiva de inmigrantes irregulares. Lo más probable, sin embargo, es que el efecto llamada se haya producido por una tergiversación de una sentencia reciente del Tribunal Supremo español que prohibía que quienes llegan a nado puedan ser devueltos automáticamente bajo el procedimiento excepcional pensado para el salto de vallas. Deben tener un trámite individual, asistencia legal e intérprete.

La crisis cayó como anillo al dedo al Partido Popular y a Vox. Alberto Núñez Feijóo acusó al gobierno de actuar tarde e insuficientemente; Santiago Abascal encontró en la palabra “invasión” el atajo retórico de siempre. La derecha española no inventó el problema, pero aprovecha el colapso para ordenar el debate en los términos que mejor le convienen. Italia reaccionó restableciendo controles a viajeros procedentes de España. Otros gobiernos europeos elevaron el tono. Es difícil separar esta respuesta del clima político que atraviesa al continente: crece un electorado que identifica migración con inseguridad, pérdida de control y deterioro del Estado de bienestar.

En el fondo, la crisis de Ceuta condensa a la perfección los problemas de nuestro siglo: polarización política, avance de la ultraderecha a través de discursos antimigrantes, ruptura del multilateralismo, falta de oportunidades en el sur, desinformación, fake news y lógicas de la viralidad que dominan el debate público. Para vencer al hechizo de Calipso, Europa necesita una política migratoria real: cooperación, control eficaz, vías legales, responsabilidades compartidas y, sobre todo, respeto a los derechos humanos y una diplomacia que no confunda dependencia con estrategia.

Lectura sugerida: “Fronteras de clase. Desigualdad, migración y ciudadanía en el estado capitalista” de Lea Ypi (Anagrama, 2026).

Gracias, LGCH.

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