Un gobernante decide que el lago que comparte con su vecino ya no se llama como se llamaba. Firma un papel, declara el cambio “oficial y efectivo de inmediato”. Parece una fábula sobre la vanidad del poder, pero es la orden ejecutiva del 27 de agosto: el lago Ontario se llama ahora, para el gobierno de Estados Unidos, lago América.
El rebautizo llegó tras la ruptura de las negociaciones comerciales con Canadá y la imposición de aranceles del 50 por ciento a sus productos. Se trata de un patrón: ya se puso el apellido presidencial al Instituto de la Paz, a un aeropuerto en Palm Beach y a la fachada del centro cultural que honraba a Kennedy. Trump entiende perfectamente el poder de las palabras y por ello la guerra comercial se libra también en Google Maps.
En Davos, el primer ministro de Canadá pronunció un discurso que dio la vuelta al mundo con la metáfora del comerciante de Václav Havel, quien colgaba en su vitrina un letrero en el que no creía (“¡Trabajadores del mundo, uníos!”), porque el sistema se sostenía en rituales que todos sabían falsos. Mark Carney declaró llegada la hora de que países y empresas quitaran sus letreros.
El orden internacional basado en reglas fue siempre una ficción parcialmente útil; ahora las potencias medias tienen dos caminos: competir por los favores del hegemón o construir juntas una tercera vía.
Carney pronunció un discurso con diagnóstico, categorías, visión y orientación estratégicas. La respuesta de Washington fue un arancel y un rebautizo. Ahí está la diferencia entre dos formas de hacer política con palabras.
La distinción viene al caso porque “narrativa” se ha vuelto el comodín del debate público. El término no nació en la teoría política, sino en el marketing electoral: los spin doctors importaron a la política el storytelling, el arte de empaquetar el poder en relatos con héroes, villanos y víctimas.
El discurso, en cambio, es portador de categorías ideológicas que configuran líneas estratégicas, políticas públicas y un modelo de orientación y significación colectivas. La narrativa dura un ciclo noticioso; el discurso disputa una época.
Toda nominación política responde a tres preguntas: quién nombra, cómo nombra y para qué (Bourdieu). Rebautizar un lago es el acto de nombrar para poseer y no se responde a eso con desmentidos. George Lakoff lo explicó hace veinte años: los marcos mentales no se corrigen con datos, y negar el marco del adversario lo activa —no piense en un elefante—.
A una narrativa solo se le responde efectivamente con un discurso capaz de generar una visión conceptual que la supere. Es exactamente lo que hizo Carney: conceptos vueltos relato, no relato en lugar de conceptos.
México vive su propia versión del problema. El Departamento de Justicia estadounidense pidió la detención de una decena de funcionarios y políticos de Morena en Sinaloa, incluido el gobernador, por presuntos vínculos con el crimen organizado.
El gobierno pidió pruebas, promovió la licencia del gobernador y no ha habido detenciones. Con ese material, la oposición intenta etiquetar al partido entero en una narrativa subcontratada a una fiscalía extranjera.
Del otro lado, la 4T sí intenta formular un discurso, con resultados desiguales. Explica bien la derrota del neoliberalismo, despliega políticas alternativas, y la presidenta Sheinbaum sostiene frente a la presión estadounidense una fórmula que es disputa de marco, no eslogan: cooperación sin subordinación.
Ahora, el discurso debería cristalizar en conceptos. El lema “primero los pobres” es brújula moral, no categoría. El “humanismo mexicano” es, por ahora, una promesa de discurso, concepto y políticas públicas.
La democracia liberal de contrapesos está en crisis en medio mundo, y su único sustituto nominal —“democracia iliberal”— nombra por negación. El neoliberalismo fue derrotado por el proteccionismo y la desigualdad, y el modelo emergente carece de nombre. Hasta Carney recurre a una fórmula prestada: “realismo basado en valores”, del finlandés Stubb.
Donde falta el concepto, prolifera el relato. Y la calidad de una democracia depende de la calidad de su debate. Deliberar es disputar conceptos, no intercambiar narrativas. La tarea intelectual de la década no es contar mejor el cuento, sino nombrar con precisión (metafórica o literal) lo que emerge —el modelo de desarrollo, la forma democrática— antes de que otros lo decreten.
Trump rebautizó un lago; Carney nombró una época. Falta nombrar la que viene. El paradigma que sustituya al neoliberalismo y renueve a la democracia no aparecerá en ninguna orden ejecutiva. Habrá que formularlo.
Lectura sugerida: “La era de la crueldad. El discurso político contra la política” de Fernando Pittaro y Martín Szulman (Siglo XXI).
Gracias, LGCH.