Segundo piso

Manuel Buendía en las sombras: la CIA y la ultraderecha en México

En el centenario de su nacimiento (24 de mayo) conviene valorar sus lecciones de periodismo.

El periodismo de investigación de Manuel Buendía (1926-1984) develó durante años la constelación de fuerzas que operaban en las sombras del Estado mexicano.

A diferencia de otros periodistas de su tiempo, no se conformó con registrar escándalos aislados ni con describir la superficie del poder; su trabajo consistió en identificar las conexiones profundas entre actores que, en apariencia, pertenecían a esferas distintas: agencias de inteligencia extranjeras, organizaciones ideológicas clandestinas, élites políticas y estructuras criminales emergentes.

En el centenario de su nacimiento (24 de mayo) conviene valorar sus lecciones de periodismo.

Uno de los ejes más audaces de su investigación fue la presencia de la Agencia Central de Inteligencia en México. Buendía desmontó la idea de una relación bilateral limitada a la diplomacia formal.

Documentó un entramado de operaciones encubiertas que utilizaban el territorio mexicano como plataforma de vigilancia y control sobre América Latina.

Sus hallazgos apuntaban a una doble dimensión: por un lado, la observación de movimientos de izquierda en la región; por otro, la capacidad de influir, directa o indirectamente, en decisiones del aparato estatal mexicano.

Buendía no hablaba en abstracto. Nombraba agentes, describía mecanismos, reconstruía rutas de operación. Señalaba cómo ciertas investigaciones académicas o proyectos de cooperación podían funcionar como fachadas para actividades de inteligencia, y advertía sobre la vulnerabilidad de la soberanía nacional frente a estas dinámicas.

Ese cuestionamiento se entrelazaba con otro de sus frentes de investigación: el resurgimiento de organizaciones de ultraderecha con vínculos internacionales.

Su trabajo sobre “Los Tecos”, en la Universidad Autónoma de Guadalajara, mostró una estructura que operaba bajo lógicas de sociedad secreta, con ritos de iniciación y conexiones con la Liga Mundial Anticomunista. Buendía describió cómo la educación, la religión y la política se convertían en trincheras de una guerra ideológica que se libraba en redes cerradas y disciplinadas.

Las investigaciones revelaban una realidad inquietante: la cercanía de estos grupos a sectores formales del poder. Buendía documentó flujos de financiamiento, afinidades políticas y puntos de contacto con actores del Partido Acción Nacional y con jerarquías de la Iglesia católica.

No se trataba de acusaciones ligeras, sino de una advertencia sobre la posibilidad de que proyectos profundamente antidemocráticos encontraran cauces de influencia en instituciones legítimas.

Esa capacidad de sostener sus revelaciones descansaba en un elemento fundamental: el archivo. En su oficina, Buendía construyó uno de los sistemas de documentación privada más sofisticados de su tiempo. Lejos de la intuición, de la filtración o del golpe de suerte, su trabajo se apoyaba en la recolección sistemática de datos, en la elaboración de fichas, en el seguimiento de trayectorias personales y en la identificación de redes de poder.

Cada nombre, vínculo o antecedente era registrado y cruzado con otras fuentes, en una lógica que hoy reconoceríamos como inteligencia de datos aplicada al periodismo.

Este “periodismo de archivo” no solo elevó el estándar de la investigación en México; lo blindó. Frente a un entorno donde el desmentido oficial era una herramienta recurrente de control, Buendía construyó textos prácticamente inexpugnables, sostenidos por capas de verificación y corroboración múltiple.

La “ética de la síntesis” fue otra de sus aportaciones clave: la capacidad de traducir tramas densas en piezas breves, legibles y contundentes, capaces de impactar tanto a especialistas como a lectores comunes. Todo sin perder complejidad ni rigor periodístico.

Sus últimas investigaciones apuntaban hacia la consolidación de estructuras del narcotráfico con protección política. El 30 de mayo de 1984, esa línea de indagación se interrumpió con su asesinato en pleno centro de Ciudad de México. La implicación de José Antonio Zorrilla Pérez, entonces titular de la Dirección Federal de Seguridad, evidenció el grado de descomposición de una institución encargada de proteger al país.

El impacto de su homicidio fue inmediato. En el gremio periodístico se rompió la idea de que la notoriedad ofrecía algún tipo de resguardo.

A la distancia, el centenario de Buendía obliga a releerlo. La discusión sobre la injerencia extranjera, la persistencia de grupos ideológicos radicales y la corrupción no pertenece al pasado.

Buendía fue un cartógrafo de las zonas oscuras del poder. Recordarlo hoy exige al periodismo verificar sin concesiones, documentar con rigor las interconexiones entre instituciones y actores, cruzar fuentes oficiales y no oficiales hasta construir una verdad que perdure frente a la desinformación.

Lecturas sugeridas: “La CIA en México” y “Ejercicio Periodístico” de Manuel Buendía (FMB).

Gracias, LGCH.

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