Algo raro empieza a pasar en la lectura. Uno abre la columna de un autor conocido y, de pronto, su voz no es la de siempre, parece demasiado pulida y simétrica. Todo está en su sitio, pero algo brinca. Luego aparece un libro traducido con una sintaxis impecable, aunque con un matiz torcido, una frase que se entiende pero no termina de encajar.
Más tarde llega un caso de inteligencia artificial que inventa una cita, extravía un contexto u ofrece una mentira con aplomo. No falta el legislador con una iniciativa de ley en la que se le cuela la firma de la IA. El problema en la escritura no es que la IA escriba mal. Es que lo hace bien incluso cuando se equivoca.
En las columnas de opinión, la IA deja ciertas huellas. ChatGPT tiende a ordenar el pensamiento por contraste: “No se trata de X, sino de Y”. Delata una voz demasiado entrenada para matizar y reencuadrar. A eso suma una inclinación por frases redondas: “la confianza no se decreta, se construye”, “el liderazgo no se impone, se gana”.
Claude suele ser más sereno e inclinado a acompañar al lector con una suavidad que roza la sobrecorrección. DeepSeek empuja hacia una escritura más seca, más orientada a resolver una tarea que a producir música verbal. Perplexity influye menos en la voz que en la lógica. Arma síntesis ancladas en fuentes, priorizando verificabilidad sobre estilo.
Esas huellas que se señalan como “sospechosas” son, en realidad, virtudes que deberían exigirse a escritores, periodistas y columnistas. Claridad, orden, síntesis, capacidad explicativa, cierres potentes, tono balanceado, ausencia de errores groseros. Nada de eso es una falla de la IA.
El problema aparece cuando la limpieza de un texto borra la experiencia, la observación original, la escena concreta, la voz singular o el trabajo intelectual que distingue a un buen autor.
Comienza a generarse un rechazo a la escritura artificial; empieza a estar de moda el uso de erratas y textos cortos y directos para demostrar la humanidad autoral. Ante esto, surgen herramientas como Sincerely, que adapta textos hiperformales, con estructura perfecta, a otros más cortos, en tono coloquial y con abreviaturas propias de mensajería instantánea.
El creador defiende que son más efectivos para llamar la atención de los lectores que prefieren leer algo que perciben como humano. Otras aplicaciones que “humanizan” textos son fraudulentas. ¡Aguas! La IA simula similitud.
La comunidad literaria, casi en su mayoría, se opone al uso de la IA en los procesos editoriales y escriturales. De nuevo, el argumento más común es que produce textos mediocres y previsibles. No crea nada nuevo porque actúa regurgitando lo ya producido.
Jorge Volpi en su columna “Otra inteligencia”, expone una perspectiva más matizada: debemos ir más allá de la visión excepcionalista del ser humano (“solo nosotros podemos crear pensamiento, arte y literatura”) y entender que la IA puede producir cosas valiosas si sabemos cómo usarla.
Apoyarse en inteligencia artificial para escribir no tendría por qué ser vergonzante. Incluso debería ser digno de presumirse: una señal de que el autor sabe aprovechar herramientas potentes para pensar mejor, ordenar hallazgos, ensayar versiones, tensar argumentos y editar con mayor exigencia.
Lo relevante no es si hay apoyo de una IA, sino qué se le pidió, cómo se le pidió, cuánto criterio humano intervino después, qué preguntas nuevas surgieron y qué tan rigurosamente se supervisó el resultado.
Hace poco, el editor italiano Andrea Colamedici publicó un libro del filósofo hongkonés, radicado en Alemania, Jianwei Xun, sobre la “hipnocracia”, una nueva forma de ejercer el poder en el siglo XXI. Los conceptos propuestos ahí se colaron en un debate en Cannes sobre la “Metamorfosis de la democracia”.
A partir de ahí, algunos investigadores y periodistas los retomaron. Resulta que Jianwei Xun no existe. Es un invento de Colamedici, quien construyó el libro en diálogo con dos plataformas de IA en una suerte de performance o provocación (y quizás construyendo una crítica velada al filósofo surcoreano radicado en Alemania Byung-Chul Han, autor de Infocracia, quien escribe y publica casi tan rápido como una IA).
Al final, el experimento funcionó. Se generó un diálogo con la IA, pero el sentimiento de engaño persiste en los involucrados (medios como El País que cubrieron el debate y citaron a Xun, borraron los artículos).
Roald Dahl imaginó en “El gran gramatizador automático” (1953) a un escritor frustrado que, como ingeniero, construyó una máquina que creaba cuentos y novelas en segundos.
Enriquecido al vender esos textos con seudónimos, intentó persuadir a grandes autores de ceder sus firmas. Los que, por orgullo, se negaban —como ahora algunos críticos— terminaban en la ruina. Entre ellos y Colamedeci: ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre.
Libro sugerido: “Cuentos completos” de Roald Dahl (Alfaguara).
Gracias, LGCH.