Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, visita México en una operación política de mayor calado que la de una gira institucional para fortalecer la relación con México. Se trata de la exportación de una derecha que ha hecho de la polarización, la provocación y la guerra cultural su principal activo.
Su agenda basta para entenderlo. Visita a la Basílica, reuniones con empresarios, acto en la Universidad de la Libertad de Ricardo Salinas Pliego, comida con gobernadores panistas, condecoraciones en Aguascalientes y un homenaje a Hernán Cortés en la Catedral Metropolitana.
Escenificación ideológica y tejido de una red de afinidades conservadoras promovida por panistas destacadas.
Ayuso no representa una derecha moderna, aunque así se venda. Retrata una derecha eficaz en televisión, agresiva en redes y hábil para disfrazar intereses de clase con retórica populista.
Su éxito político se explica por su destreza para convertir cualquier debate en un combate moral: libertad contra socialismo, patria contra decadencia, pueblo contra élites progresistas. El discurso funciona porque simplifica el mundo hasta volverlo consigna, sin profundidad en su proyecto.
Ayuso se formó durante los años del viejo bipartidismo español, hizo carrera en puestos menores de comunicación dentro del Partido Popular madrileño y tuvo un perfil secundario en el gobierno de su antecesora Esperanza Aguirre. El salto llegó tras la caída de Mariano Rajoy y la crisis interna del PP.
Su relevo, Pablo Casado, la impulsó por su eficacia en la confrontación discursiva con la izquierda. Ella entendió que su fortaleza radica en la capacidad de encarnar una derecha emocional y desacomplejada.
Detrás suyo está Miguel Ángel Rodríguez, el veterano spin doctor de José María Aznar, especialista en fabricar personajes y administrar el conflicto como forma de poder. Ayuso se consolidó como uno de los rostros más reconocibles de la nueva derecha, gracias a una comunicación de frases cortas y reflejos veloces, más cercana al sentido común conservador que a la retórica solemne de la vieja derecha española.
Su bandera de la “libertad”, agitada desde la pandemia contra las restricciones sanitarias del gobierno de Pedro Sánchez, la convirtió en referencia para una parte del electorado joven cansado de cierres y controles estatales.
Pero esa libertad opera como consigna ideológica para ocultar la precariedad del contenido: menos Estado, menos impuestos al capital y menos defensa de lo público. Ayuso pertenece a las derechas de Javier Milei y Donald Trump.
El problema para sus anfitriones panistas, es que esa marca también carga equipaje. Ayuso arrastra la sombra de una gestión de la pandemia muy cuestionada por las muertes en las residencias de mayores, escándalos de corrupción en su entorno familiar y una relación tóxica con la prensa.
Ese PAN comete un error elemental de lectura. Si cree que al invitar a Ayuso suma una figura internacional “de peso” contra Claudia Sheinbaum logra exactamente lo contrario. En un país donde el sentimiento nacional sigue siendo una fibra viva, su exaltación de la Hispanidad se lee como arrogancia castiza y una forma de clasismo político que la mayoría social identifica y reprocha.
Lo que la oposición mexicana no termina de entender es que el electorado puede estar dividido en muchos temas, pero rechaza la injerencia extranjera, desconfía de la superioridad moral y tiene un radar fino para detectar el desprecio cultural. El homenaje a Hernán Cortés no ofende sólo a la presidenta.
Agrede, sobre todo, a la intuición histórica del mexicano y la mexicana comunes. Si panistas aparecen como anfitriones entusiastas, el costo lo pagará el PAN.
El patrocinio en la Universidad de la Libertad confirma que no estamos ante una visita inocente. Ricardo Salinas le da tribuna y la integra a un circuito ideológico que ya antes cobijó a figuras del PP como Cayetana Álvarez de Toledo.
Es la consolidación de una red que mezcla empresarios, plataformas mediáticas y dirigentes conservadores bajo un mismo reflejo: antiprogresismo, alergia a toda forma de redistribución y nostalgia de jerarquías.
La gira no se explica sólo por México. Ayuso quiere ser presidenta del Gobierno español. Alberto Núñez Feijóo, actual dirigente del PP, lo resiente. Cada viaje internacional, cada medalla y cada fotografía con aliados conservadores refuerzan esa ambición. Mientras Feijóo administra un liderazgo gris, Ayuso acumula visibilidad, aún insuficiente para competir.
La visita merece atención porque trae consigo una forma de hacer política que convierte la historia en arma, la libertad en slogan y el privilegio en programa. Quienes en México la reciben como un activo deberían preguntarse si no están importando, en realidad, un lastre que confirma su cercanía con una derecha elitista, colonial y estridente.
Lectura sugerida: “Ayuso: Zancadillas, intrigas y venganzas en la corte de Madrid” de David Fernández (Libros del KO).
Gracias, LGCH.