A pesar de los enormes esfuerzos desplegados por el gobierno federal y la propia presidenta de la República, en torno al caso Rubén Rocha Moya, las solicitudes de extradición (que ya vencieron, por cierto) y los inocultables vínculos de Morena y Andrés Manuel López Obrador con sospechosos grupos criminales, Claudia Sheinbaum ha elegido el peor camino: la confrontación con Estados Unidos.
Desde el 2 de junio y el belicoso discurso del aniversario de la victoria, en que la presidenta elevó el tono, defendió a Rocha Moya y a los implicados en el marco de una política que contradice la sobada colaboración, ha venido insistiendo en la narrativa de las pruebas.
La aparición del avión en el que transportaron a El Mayo Zambada en un museo del FBI —una auténtica burla al gobierno mexicano— detonó una vez más el estallamiento de las declaraciones, la bandera que envuelve la soberanía y la errática defensa de un grupo de criminales.
Es indudable que a los ojos de Morena y de la presidenta, entregar a Rocha y sus no pocos cómplices significa reconocer que su partido, la 4T, su antecesor y mentor, tuvieron —¿tienen?— vínculos, relaciones de financiamiento y sin duda ofrecieron protección para el Cártel de Sinaloa.
Si las relaciones con esa organización están a la vista, habrá que encontrar también evidencias con el Cártel Jalisco Nueva Generación, que según muchos expertos igualmente existen de forma destacada.
Pero de fondo, el discurso de la soberanía violada con El Mayo y después con los agentes de la CIA en Chihuahua alimenta esa narrativa de la presidenta. Sin embargo, esto no borra las pruebas ni los lazos. Además, hay un desafortunado “secreto por 5 años” que se impone a las solicitudes desde Estados Unidos y a los mensajes relacionados.
¿Por qué ocultar? ¿Por qué tender un velo de secrecía a una investigación criminal que implica la seguridad de ambas naciones? ¿A qué intereses o personas se protegen?
La presidenta se equivoca. El Mundial de Futbol, con sus luces y sus sombras, está por terminar.
El embate comercial de Donald Trump con el anuncio de la no renovación automática por otros 16 años y la revisión anual del T-MEC, nos coloca en el ámbito extendido y poco productivo de la incertidumbre.
Elevar el tono del discurso, enviar a Monreal a pedir una nota diplomática a la Cancillería para Estados Unidos, solamente enrarece el ambiente y complica la relación con Washington.
Marcelo Ebrard, con aciertos y tropiezos, debiera declarar: ¡No me ayuden! ¡Viene el temporal y no se hincan!
No tenemos cómo ganar porque es evidente que el señor Rocha Moya tuvo relaciones estrechas con el cártel, con El Mayo y con Los Chapitos. Otorgó licencias y negocios multimillonarios a los hijos del gobernador —hay denuncias presentadas ante el Ministerio Público— y su implicación en el asesinato no resuelto del señor Héctor Melesio Cuén no hace sino fortalecer las hipótesis e investigación —en EU, que no en México— de una organización criminal al frente del estado de Sinaloa.
¿AMLO era cómplice y lo sabía? ¿Hubo dineros del cártel en varias campañas presidenciales? ¿Las de quién?
Hay muchas preguntas por responder.
El secreto ordenado por la presidenta no ayuda a esclarecer los casos y, peor aún, imprime el sello de la protección a los “extraditables”.
Para nadie es un secreto que los abundantes temas de narcopolítica en México son utilizados por Washington como palanca de presión en áreas diversas de la relación bilateral: migración, seguridad, comercio.
El gobierno mexicano hace poco por deshacerse de esos instrumentos de presión para poder avanzar en la relación, mantener y fortalecer el T-MEC, mejorar la colaboración en materia de seguridad.
La defensa obsesiva de los extraditables, envuelta en la bandera de la soberanía, representa la inevitable defensa de la 4T y el desmoronado discurso de gobiernos incorruptos e impecables.
Pasado el Mundial, acabada la fiesta, distraídos todos con anuncios de inversión, cifras positivas por primera vez en 19 meses, la mugre vuelve a aparecer, como una mancha imborrable en el rostro del gobierno y del movimiento político que encabeza.
Todo indica que la postura presidencial será la bandera nacional y la soberanía, elevar la percepción de injerencismo norteamericano a las bases populares, la eterna sombra de la invasión americana.
Mientras que los hechos, los vínculos, los negocios y la protección a los criminales terminarán por causar un daño significativo a Morena y sus aspiraciones electorales.