El reciente triunfo confirmado del candidato de derecha en Colombia, Abelardo de la Espriella, confirma una tendencia en aumento en el subcontinente.
En múltiples países que venían siendo gobernados por fuerzas de izquierda (Chile, Argentina, El Salvador en su momento, Ecuador, Perú por confirmarse), candidatos de derecha han logrado resultados victoriosos en las urnas.
Puede haber múltiples explicaciones a este fenómeno creciente; los más pretenden ver a la dominante y protagónica influencia de Donald Trump detrás de estas victorias, aunque en los hechos, no se comprueba respaldo, injerencia, ni siquiera retórica en ello.
Trump, coherente con su personalidad egocéntrica y su estilo protagónico, después de los resultados, se adjudica influencia esencial en lograr los triunfos. No hay tal.
Lo que sí hay es un hartazgo y un creciente cansancio de los electores por propuestas sociales o de una supuesta izquierda progresista, que después del ejercicio de gobierno, no se traduce en beneficios económicos, democráticos, institucionales o, peor aún, de mejora en la calidad de vida.
Sin duda, hay excepciones como el primer gobierno de Lula da Silva en Brasil, antes de Dilma Rousseff, que terminó en una caída estrepitosa.
Según cifras oficiales, Lula impulsó medidas económicas que sacaron a 8 millones de brasileños de la pobreza extrema.
Una cifra descomunal en 8 años de gobierno. Después fue a dar a la cárcel por cargos de corrupción. Y más tarde aún, se postuló y volvió a ganar la presidencia. Veremos el balance de su más reciente gobierno.
Ricardo Lagos y después Michelle Bachelet en Chile encabezaron gobiernos de transformación en las décadas pasadas, que sentaron las bases para un país más democrático, con riqueza mejor distribuida y con derechos fortalecidos. Michelle dirigió dos periodos como presidenta.
Pero los demás gobiernos de izquierda en la región, los Kirchner y su extensión en Alberto Fernández en Argentina, el recientemente derrotado Gustavo Petro en Colombia, Boric en Chile y otros varios, han encabezado gobiernos deficientes, con pocos resultados consolidados y de popularidad a la baja.
Un elemento adicional me parece que figura entre estas administraciones, salvados sus estilos populistas, sindicalistas o de origen guerrillero: el daño institucional al aparato democrático, cuya construcción ha resultado tan cara y tan larga para América Latina.
Jueces electos, tribunales bajo el control del Ejecutivo, legislativos dominados, poca libertad electoral, comicios amañados, restricciones a la libertad de prensa y muchos otros elementos que han ejercido un deterioro regresivo en las democracias de nuestra región.
Esos gobiernos y partidos acusan a la “ultraderecha” internacional de doblegar la voluntad de los electores, de confabular para la derrota de los movimientos de izquierda.
Tampoco existe evidencia alguna de dichas conspiraciones ni movimientos internacionales para desalojar y desacreditar a los partidos de izquierda en el gobierno.
Son ellos mismos. Es su torpeza, su inacabable corrupción, sus vínculos (en México de forma notable y escandalosa) con el crimen organizado los que producen su caída.
Pero, como toda fuerza política en el poder, es incapaz de la autocrítica.
No se trata de un panegírico de la derecha o del neoliberalismo con sus luces y sus muchas sombras también. Se trata de explicar los virajes, cada vez más cortos y rápidos, de un electorado inconforme, insatisfecho y que exige resultados al más corto plazo posible.
Nadie quiere esperar a cuando lleguen los beneficios de una política social que no transforma a las sociedades, aunque el discurso —cada vez más desgastado— insiste en repetirlo.
Se está registrando en Europa y en América Latina un viraje a la derecha, ante la improvisación, chabacanería y superficialidad de los gobiernos de izquierda en muchos países.
México enfrentará elecciones intermedias en 2027 y después federales en 2030.
La presidenta tiene altos niveles de aprobación, pero no es el caso de su gobierno, de los políticos de su partido, de sus evidentes pactos con organizaciones criminales.
Están a tiempo de mejorar, de corregir, de consolidar resultados, antes de que la ola de la insatisfacción los arrase.