“Recuerda que tú y yo hicimos este viaje juntos a un lugar donde no había nada. A un lugar donde no conocíamos a nadie. Y mira lo que ha salido de ello [...] Todo esto es para ti, para que tengas las opciones que nosotros nunca tuvimos”
Jhumpa Lahiri. The Namesake.
Migrar es firmar un contrato a ciegas plagado de letras chiquitas, con más restricciones y cláusulas de exclusión que un seguro médico. Es llegar a un país extranjero y dejar que la realidad golpeé de frente: un costo de vida que devora los cálculos y un videojuego extenuante donde los primeros niveles exigen máxima atención para evitar el Game Over.
Es sentir la felicidad de superar un trámite que da oxígeno para el siguiente, sabiendo que la pantalla final —el permiso de residente, la ciudadanía, la calma— siempre parece correrse un nivel más arriba.
Ángel Vázquez firmó ese pacto a los 45 años. En la Ciudad de México tenía el control absoluto de su ecosistema: dueño de una consultora de marketing, colaboradores a su cargo, una casa y una familia con esposa e hijos. Todo cambió en 2019, cuando, tras unas vacaciones en Vancouver, un guía soltó una frase sobre las escuelas del norte. La idea anidó de inmediato: buscar un futuro mejor para sus hijos.
La familia aterrizó en Vancouver el 21 de julio de 2021. La ciudad les mostró su muro de cristal: cero historial crediticio, cero referencias e inexistencia. Nadie le renta a quien todavía no es nadie. Unos amigos intercedieron para conseguir un departamento, aunque los muebles tardaron más. “Mi esposa y yo tuvimos que dormir en el suelo, porque sólo teníamos los colchones de los hijos. La primera pregunta fue: “¿Qué necesidad tenemos de estar durmiendo en el piso?”, cuenta. El confort chilango quedó atrás; el reinicio empezó a ras de suelo.
La adaptación fue un maratón extenuante de licencias de conducir, matrículas escolares y un indescifrable sistema médico.
“Poco a poco vas ganando pequeñas batallas que te acercan a la meta. Es como un maratón y cada cosa que se logra es un kilómetro que ya avanzaste. Otras veces es como un videojuego donde cada reto superado es avanzar un nivel y cuando te das cuenta ya llevas cinco años en ese juego”, anota.
Hoy, a punto de cumplir 50 años, trabaja atado a un monitor que lo conecta a México, debido a que emigró a Canadá bajo un modelo llamado Intra-Company Transfer, que permite a una empresa transferir temporalmente a personal especializado de México a su filial en Canadá.
Aunque reconoce la comodidad de no salir de casa para trabajar, admite que el encierro laboral en Vancouver tras cinco años le resulta solitario.
“Existen ciertas barreras para entablar amistad con los locales. Al día de hoy no tenemos amigos de Canadá; nuestro círculo social es reducido y se conforma principalmente por personas de la comunidad latina o mexicana”, relata.
Ríe al recordar las conversaciones entre sus paisanos: “Cuando escuchas a una persona en la calle que habla español, el interrogatorio se centra en dos preguntas: “¿De dónde eres? ¿Y cuánto tiempo llevas aquí?”, suelta.
Ángel viaja a México dos o tres veces al año, sometido a una doble vida que lo fractura por dentro: en México lamenta los baches, la inseguridad y el caos; en los restaurantes de Vancouver extraña el ruido y la calidez de su tierra. Mientras tanto, la residencia permanente sigue atascada en un sistema que reduce cupos y cambia reglas.

Aunque mudarse ha implicado soltar la comodidad construida y atravesar momentos difíciles de duda y añoranza, la experiencia vale la pena al ver el bienestar de sus hijos. “Aquí vienes a sufrir. De alguna forma, todo lo que ya habías construido se esfuma, pero al final, la respuesta de si ha valido la pena migrar te diría que sí, y la respuesta la veo en nuestros hijos”, confiesa.
Dejar el país exige el arrojo de soltar lo construido, soportar el frío y la culpa de ver envejecer a los abuelos a través de una pantalla. Sin embargo, la oscura letra chica del exilio guarda una cláusula redentora: la renuncia al propio reino es el precio para que los hijos echen raíces donde el futuro sea una certeza.

“Yo sigo pensando que esto de migrar no es para todos, porque tienes que tener el valor de soltar lo que hiciste durante muchos años. En nuestro caso, afortunadamente, si tuviéramos que regresar hoy a México, volveríamos a hacer lo que ya sabemos (...) Pero para quienes tendrían que regresar a empezar desde cero, ese proceso debe ser verdaderamente desgarrador”, apunta.
Nota de la autora: Esta columna forma parte de una serie quincenal sobre la vida de los migrantes. Si tienes una historia que contar escribe krodriguezv@elfinanciero.com.mx