Maleta abierta

El efecto Alicia

Jorge Xolalpa ha transformado las restricciones migratorias en impulso artístico, creando una prolífica carrera que desafía los límites del “efecto Alicia” para exigir una vida plena más allá de la mera supervivencia.

Alicia muerde una galleta con la orden ‘Cómeme’ y su cuerpo se dispara hacia el techo, volviéndose una mole de carne y hueso atrapada en una habitación minúscula, ahogada en el estanque de sus lágrimas. El cineasta, guionista y escritor mexicano Jorge Xolalpa usa esa escena como referencia de su historia migratoria y artística.

Xolalpa vive desde hace 28 años en Estados Unidos bajo la “protección” DACA, un programa del gobierno que evita la deportación de algunos hijos de inmigrantes y que suele conectar la idea del “sueño americano” con los llamados dreamers. Con DACA, algunos indocumentados que llegaron siendo niños pueden estudiar y trabajar, pero no son ciudadanos, no votan y no pueden salir del país sin un permiso especial. Por eso Jorge rechaza definirse bajo un mito: “No soy un dreamer, yo soy un maker”, enfatiza. De sueño, nada.

Este cineasta vive en un país del que no tiene permiso para salir, a pesar de que su trabajo ya rompió las fronteras. “Mi libro (Ni de aquí, ni de allá: A Soul Suspended Between Two Worlds) se vendió en Alemania, España, Países Bajos, Canadá y México. Hice una gira por 35 ciudades de Estados Unidos. Mi trabajo cruzó fronteras, mientras yo no puedo salir tan fácilmente. Me siento como Alicia: comí la galleta, empecé a crecer y el espacio me quedó chico”, cuenta.

DACA no es libertad; es una correa de dos años renovables. Un permiso temporal para respirar y pagar impuestos sin derecho a voto ni residencia permanente. Si un beneficiario quiere cruzar la frontera para presentar una obra o visitar a un familiar moribundo, debe solicitar el Advance Parole, un trámite que exige justificaciones extremas y que el Estado concede o deniega con arbitrariedad. A Xolalpa le negaron el permiso cuando una de sus películas fue seleccionada para el Festival de Cannes y cuando una cadena mexicana lo buscó para trabajar. Su jaula de oro no tiene barrotes de hierro, pero sí muchas limitantes.

Jorge Xolalpa junto a su esposo, bailarín y coreógrafo, cuyo acompañamiento marcó un punto de inflexión para reconciliarse con su historia migratoria. (Cortesía)

Xolalpa llegó a California un jueves de 1998. Tenía 9 años, una visa de turista y salió de la Ciudad de México con la promesa de ir de excursión a Disneylandia. El engaño era solo una coraza para amortiguar el golpe: el viernes, a la mañana siguiente de llegar, con la misma ropa del viaje, se sentó en el pupitre de una escuela en Los Ángeles. Durante dos semanas no dijo nada; se quedó inmóvil, mirando al piso, mientras el sistema escolar diseñaba un programa para adaptarlo.

Entendió rápido la aritmética de la migración. Su madre ganaba 25 dólares al día y recién había recibido un diagnóstico de cáncer de seno, por lo que el niño de 9 años tuvo que aprender inglés aceleradamente para convertirse en su traductor médico. “Hace unos meses la volvieron a diagnosticar y volví a vivir mi niñez a los 37 años”, cuenta tras añadir que en ambos casos ella fue tratada a tiempo.

Sin embargo, la enfermedad le enseñó la regla básica del indocumentado: la urgencia. Hizo la carrera de derecho en seis años, trayecto que suele llevar 10, y aprendió cine dirigiendo en la calle, sin presupuesto para academias ni tiempo para esperar turnos.

Xolalpa en medio de su gira por 35 ciudades de EU presentando su libro, un proyecto literario que ha logrado cruzar fronteras e internacionales. (Cortesía)

En 2015, en un momento de oscuridad, intentó suicidarse. Falló. “Me dije: si ni para esto sirvo, voy a levantar el teléfono y hacer una película. ¿Qué era lo peor que podía pasar?”. Tenía un iPhone 6 Plus y con él, en 2016, filmó Blue Line Station. Después vinieron Valentina, Sweet Caroline y Your Iron Lady, una cinta basada en la vida de su madre que llegó a los márgenes de los Globos de Oro y fue descrita como ‘una carta de amor a las madres migrantes’. En 2021 dirigió Melancolía; en 2024, Union Station; luego Lolita.

“Me prometí hacer una película al año para que fueran mi escuela. Todo estaba en mi contra: ser latino, gay, indocumentado y no ser conocido, pero el no saber las reglas hizo que no tuviera miedo de romperlas”, asegura.

Hoy, Xolalpa siente orgullo de su apellido azteca pese a la pronunciación defectuosa de los angloparlantes.“Aprendí a reconciliarme con lo que soy: con mi apellido Xolalpa, que antes me daba pena porque no lo sabían pronunciar y con buscar la paz por encima del perfeccionamiento radical. El trabajo me enseñó a no ver la vida solo como una lucha de supervivencia migratoria, sino como un camino para vivir plenamente”, finaliza. Sigue sin poder salir de EU, pero ha crecido tanto que ya no cabe en la habitación donde la migración intenta encerrarlo.

Karla Rodríguez Vargas

Karla Rodríguez Vargas

Periodista especializada en negocios con más de 25 años de trayectoria y actual editora de Empresas en El Financiero.

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