Maleta abierta

Si muero lejos de ti

Migrar por amor: una mexicana cuenta cómo construyó su vida en Alemania mientras enfrenta la nostalgia y el temor de perder a su madre.

Entre el silencio de un bosque en Alemania y el temor a la llamada matutina desde México, Rosa Elena habita la nostalgia de la distancia. Su historia es la insólita victoria de quien cumplió el sueño de mudarse al amor y a otra patria, aprendiendo a vivir con el corazón dividido en los aeropuertos y sabiendo que, aunque la burocracia alemana retenga sus restos, el alma no necesita pasaporte para volver a casa.

“El alma viaja sin pasaporte”. Con esa frase de Dirk, Rosa Elena Luna Dahlmanns clausuró la ilusión de la repatriación. Si muere en Alemania, sus cenizas se quedan ahí. La burocracia europea no permite el retorno de los restos.

Se declara una migrante dichosa. Sin embargo, sabe que hay un hilo que amenaza con romperse: su madre de 94 años, al otro lado del mundo. Para ella, el teléfono que suena a las 6 de la mañana en la penumbra germana no es una llamada; es un susto y las salas del aeropuerto de la Ciudad de México no son cualquier espacio, sino el sitio que ella relaciona con un corte limpio en el estómago. “Me he pasado muchos años llorando en los aeropuertos, con la pregunta silenciosa de si habrá una próxima vez. Ese miedo no se me quita”, asegura sin nombrar directamente sus temores.

Su migración comenzó con un colibrí. En marzo de 2019: sin devoción por la tinta en la piel ni por esas aves —que suelen asociarse en distintas tradiciones como mensajeros espirituales de la alegría, la transformación y el renacimiento— Rosa Elena soñó con un colibrí y movida por no sabe qué se tatuó uno en la espalda. Meses después, en la capital mexicana, conoció a Dirk, un maestro e historiador alemán que, en ese momento, daba clases en una escuela en la Ciudad de México. “Me contó que sus primeros compañeros en el país fueron los colibríes que lo visitaban. Para mí esa conexión fue mágica”, dice.

El mapa de su historia ya estaba trazado. Décadas atrás, a sus 12 años, una fiebre de paperas y una enciclopedia Salvat la habían encadenado a la fascinación por la historia alemana. Luego, ya en su vida adulta, durante más de una década viajó a Alemania cuando su hermano se casó con una ciudadana de este país. “Mi hermano vive en Alemania desde hace 16 años, acá nacieron mis sobrinos, y yo venía dos veces al año a visitarlos”, cuenta.

Rosa Elena vive la insólita victoria de haber convertido su sueño en realidad. (Cortesía)

Cuando conoció a Dirk ambos estaban sin pareja. Ella había terminado la que por más de dos décadas fue su única relación. Así, en 2021, tras la pausa obligada de la pandemia, Rosa Elena armó dos maletas, cerró su departamento en CDMX y viajó para casarse con Dirk. “Me despedí de los hijos que no tuve y de mi familia. Mi mamá y mis hermanas me apoyaron, no fue difícil, ellas sabían, aunque suene cursi, que había encontrado al hombre de mi vida”.

Hace cinco años aterrizó en Dülken-Viersen: una ciudad alemana donde pasa un tren cada hora y donde la frontera holandesa se encuentra a un paso. “En el Registro Civil nos dijeron que éramos la primera pareja mexicano-alemana en casarse aquí”, dice. “En ese momento pensé que hacíamos historia. No calculé que ese sería mi reto, no hay latinos ni nadie con quien hablar en español”, relata.

Su casa es una pequeña torre de Babel donde el matrimonio se sostiene en un idioma neutro, el inglés, mientras el alemán queda para la familia política y el español para la memoria y el trabajo a distancia. “Yo habló un alemán básico, pero nos hemos entendido a través de 7 años de conocernos y 5 de casados”, dice.

Sin embargo, Dülken-Viersen ha sido el reverso del caos. Después de las 6 de la tarde, el silencio. Los domingos, la ley prohíbe el ruido: ni cortacéspedes ni claxones en esta ciudad. La mujer acostumbrada al estruendo de más de 9 millones de almas hizo hogar en medio de un bosque alemán de menos de 2 mil habitantes. El choque de tren ocurrió al tercer año: de visita en CDMX, el camión del gas, el panero, el ropavejero y los ladridos nocturnos le impidieron dormir. Ahí asumió la derrota: la casa materna se había convertido en un hospedaje; el hogar era la silenciosa Dülken-Viersen.

En Alemania la comunidad latina es pequeña, pese a eso Rosa Elena ha intentado adaptarse. (Cortesía)

Hoy divide su felicidad entre Alemania y México, a donde trata de volver al menos una o dos veces por año. Su equipaje de vuelta siempre contempla una maleta extra para el contrabando de la memoria: tortillas empaquetadas, chiles secos, 12 tlacoyos y guayabas congeladas que se dosifican por semanas. Y queda la paradoja de la identidad: la mujer que en la capital jamás escuchó folclor, hoy cocina entre rancheras y salsas. Además, cuando suena México lindo y querido, la garganta se cierra y la lágrima se abre paso. Sabe que nadie dirá que está dormida, pero entiende que su historia —una entre mil— es la insólita victoria de quien soñó un país a los 12 años y terminó por mudarse a su propio sueño.

Karla Rodríguez Vargas

Karla Rodríguez Vargas

Periodista especializada en negocios con más de 25 años de trayectoria y actual editora de Empresas en El Financiero.

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