Abraham González entiende el riesgo. Es actuario, entrenado para medir inversiones, probabilidades y calcular daños. En sus sueños no figuraba ser periodista, pero lo es desde hace casi 20 años. Abraham se imaginaba en una casa de bolsa, pero en 2011 alguien vio un potencial que él no sabía que tenía: “Te voy a guardar un lugar en el taller de redacción de Reforma”, le dijo. “No cumplo con el perfil”, replicó. Sin embargo, en ese periódico descubrió su verdadero activo: aprendió a contar historias donde solo había números. Pasó por Reforma, El Financiero y Reuters. Para 2021, sus acciones cotizaban en máximos: buen trabajo, buena vida.
En un momento en que el mercado empujaba a los talentos internacionales a mudarse a la capital mexicana, Abraham y su esposa, Patricia D’Arcy, ejecutaron una orden de venta: liquidar el confort local y mudarse al Reino Unido. “Me sentía cómodo, pero quería explorar nuevas experiencias”, relata. Hace 5 años se fue a estudiar un Máster en Ciencias de Datos a la Universidad de Manchester.
La migración tuvo un colateral suave. Paty, ejecutiva de Amazon, obtuvo un paquete de relocalización con mudanza y visados para los dos. La llegada a Mánchester fue su primera toma de ganancias. Hasta ahí el aterrizaje dócil. Nadie avisa que al emigrar lo primero que se pierde es la elocuencia. El mancunian, el acento sordo del norte inglés, fue el primer golpe bajo: “Escuchábamos palabras, pero no entendíamos nada. Fue súper difícil. Pensaba que hablaba bien inglés, pero comencé a tartamudear”, recuerda. Tuvo que trabajar internamente para superar el problema impredecible de no entender un idioma que pensaba dominado.
Terminado el posgrado, comenzó la competencia voraz en un mercado laboral que expulsa como pelotas de tenis al talento extranjero. “Aquí la competencia es dura. Apliqué a cerca de 200 trabajos. Compites contra profesionistas muy talentosos de todo el mundo”.

El arranque exigió resistencia: dos mudanzas en año y medio y una separación geográfica semanal mientras él buscaba afianzarse en Londres y su esposa seguía en Mánchester. Abraham resistió. La llamada llegó desde Bloomberg en Londres para cubrir mercados de deuda y bonos europeos. Tras emplearse, inició la lucha por la vivienda. “Las rentas son caras y tenemos un perro, pero al final pudimos comprar una casa que ni en sueños imaginamos, aunque requería algo de trabajo”. Ante la escasez de mano de obra y los altos costos en libras, se calzó los zapatos del constructor, del plomero y del electricista: tiró muros, selló tuberías, levantó bardas y aprendió de calefacciones. Migrar le enseñó que lo costeable y accesible en México afuera puede ser un lujo.
No ve el exilio como pérdida, sino como una cobertura financiera. Regresar a México es una opción, pero por ahora busca dejar la puerta abierta en Reino Unido. “En inglés lo llaman ‘one-way door or two-way door’. Hace unas semanas nos dieron la residencia permanente y en septiembre de 2027 seremos elegibles para la ciudadanía”, cuenta. Solo entonces la puerta será de doble vía para transitar entre Londres y la Ciudad de México sin perder el capital acumulado.
En retrospectiva, no ve pérdidas irrecuperables en su migración. “Vine a vivir nuevas experiencias, pero también quiero construir garantías para nuestro eventual regreso a México”, relata. Aunque extraña el confort de jugar de local, sabe que lo construido personal y profesionalmente en el extranjero redituará en el futuro.
En su hoja de balance, el esfuerzo se multiplica. Detrás está el engranaje construido con Paty durante 14 años. “Nada de esto hubiera sido posible sin ella. Ella me ayudó a sobreponerme a mis miedos y yo a los suyos”, enfatiza. Sin el otro, el viaje habría arrojado números rojos.
El actuario que no sabía que quería ser periodista redacta crónicas sobre la deuda europea desde la capital del Imperio británico. Las bardas que levantó no son para atrincherarse del mundo, sólo sostienen la estructura hasta que llegue el día inevitable: ese instante en que el agotamiento de ser extranjero exija cobrar dividendos. Su muro está a punto de asegurar las bisagras de esa anhelada puerta de doble vía. Solo entonces, Abraham podrá liquidar su posición de foráneo sabiendo que, del otro lado, la vida volverá a fluir, mansa en la tierra donde todo empezó.
Esta columna forma parte de una serie quincenal sobre la vida de los migrantes. Si tienes una historia que contar escribe krodriguezv@elfinanciero.com.mx
